COLUMNA- PAREJAS >> Las vacaciones, el momento más esperado del año, la tregua al aplastante día a día, el paraíso que por unos breves momentos se cuela en nuestras vidas, pueden ser una trampa mortal para las parejas mal avenidas, que anestesian sus existencias con el trabajo, el chat de padres de alumnos, la vida social y Netflix. Pero cuando todas estas cosas pasan, momentáneamente, a un segundo plano, solo queda un espacio vacío que amplifica los conflictos, que ahonda en las diferencias y que da cuerda a esos rencores que se niegan a pasar página.

Las vacaciones son la prueba del algodón en la que las parejas felices salen mucho más fortalecidas y las enfermas vuelven con heridas de guerra. A veces curables, a veces no. “De hecho, hay un chiste ya muy viejo que dice: ‘¿Las vacaciones bien, o en familia?”, cuenta Raúl González Castellanos, sexólogo, psicopedagogo y terapeuta de pareja del gabinete de apoyo terapéutico A la Par, en Madrid. “Es un momento difícil, donde los problemas que se guardaban en la mochila salen a la luz; agravados, a veces, por la convivencia con la familia política, que siempre es un asunto delicado”.

La tolerancia a los problemas o al desastre se reduce considerablemente en las vacaciones, donde todo debe ser perfecto, como en las fotos de Instagram. Es como si, por un momento, olvidáramos que esas imágenes son, en el fondo, trucadas, llevan filtro y muestran solo la parte menos estropeada de nosotros mismos. Pero, además, como apunta Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, “algunos modelos nuevos de vacaciones fomentan las peleas o los conflictos. Por ejemplo, la moda de las caravanas, con muy poco espacio, sobre todo si se tiene hijos, o el caso de una pareja que vino a consulta. Rondaban los 40 años, tenían dos niños pequeños y separaban las tareas al 50%; aunque el ocio lo gestionaban por separado, para tener cada uno su espacio. Él se iba una semana con sus amigos y ella lo aceptaba, aunque la idea le enfadaba un poco. Generalmente, estas cosas no funcionan porque estaban centrados solo en los hijos y en los quehaceres, y no en su vida de pareja”.

Si las vacaciones han sido como una declaración de guerra, las parejas pueden volver y esperar a que la rutina y el trabajo amordacen, de nuevo, los conflictos o bien hacerles frente. “En realidad, la gente que acude a terapia de pareja es un porcentaje muy pequeño, porque todavía hay mucha reticencia”, comenta Miren Larrazabal, psicóloga clínica, sexóloga y presidenta de la Sociedad Internacional de Especialistas en Sexología (SÍSEX). “Muchas parejas vienen buscando la extremaunción, para que les confirmes que la relación ha muerto y romper así con la confirmación de un profesional. Claro que un terapeuta no aconseja ni decide, su labor está en visibilizar la situación y que los miembros de la pareja tomen decisiones. Están también los que te confiesan que no creen en la terapia, pero que han venido porque su pareja les ha puesto un ultimátum (’o vas, o me separo’). Estos son generalmente hombres arrastrados a la consulta por mujeres. Y luego están los que realmente creen en nosotros y piensan que podemos ayudarles”, apunta Larrazabal.

De una forma u otra, la terapia hace su trabajo. “Yo siempre digo que siempre funciona, ya sea porque ha ayudado a sus integrantes a reconocer que han llegado a su fin, y contribuye a una ruptura menos dramática, o porque ayuda a buscar mejores maneras de relacionarse”, reconoce Francisca Molero.

Generalmente, llegan a la consulta con demandas y problemas que ellos ya han identificado y que quieren solucionar: ausencia de sexo, infidelidades, pérdida de confianza, etcétera. “A veces, no siempre son los que nosotros identificaríamos como los más acuciantes, pero la pareja decide qué es lo prioritario y todo se planea y se pacta con ellos”, afirma Molero.

La comunicación es algo básico y no siempre es fácil cuando la relación está muy deteriorada. “Siempre hablo de la importancia del sexo oral en una unión”, cuenta Raúl González, “refiriéndome a la capacidad de verbalizar nuestros deseos, quejas, inquietudes y también de saber escucharlos. Si la comunicación no es un problema, lo demás son solo dificultades”. De hecho, como apunta Larrazabal, “la diferencia entre una pareja que se lleva bien y otra desgraciada no son los conflictos, sino las habilidades para solucionarlos. Y cuando hablamos de habilidades tenemos que saber que siempre se pueden aprender. En terapia enseñamos estrategias de afrontamiento, tanto a nivel cognitivo como a nivel conductual, junto con habilidades de comunicación y negociación”.

Llegados a este punto, la sociedad, la educación y la convivencia brindan cursos gratuitos e intensivos de cómo echarle la culpa al otro y sobrevivir en el intento; cómo convertirse en especialista de los defectos ajenos, al mismo tiempo que se desarrolla una ceguera hacia los propios, o cómo sentirse decepcionado porque la pareja no es muy ducha en el arte de leer los pensamientos y no logra anticiparse a nuestros deseos. Esther Perel, psicoterapeuta y escritora belga, especialista en temas de pareja, tiene un vídeo recomendable en YouTube donde habla de un enfoque distinto: “Lo más difícil de entender en terapia de pareja es que si quieres cambiar al otro, primero tienes que cambiarte a ti”. En él la experta propone empezar por preguntarse: “¿Soy la pareja que me gustaría ser? ¿Quién he sido hasta ahora en mis relaciones? ¿Cómo me he mostrado?”, en vez de enfurecerse porque el otro no está hecho a nuestra medida.

Francisca Molero entronca con esta idea y reconoce que uno de los deberes que siempre les manda a sus pacientes es hacer un registro de los comportamientos positivos del otro y de nuestra respuesta hacia ellos. “Esos gestos cotidianos, no siempre apreciados, sobre todo cuando hay conflicto. Creo que es fundamental trabajar en la erotización del buentrato (si existe la palabra maltrato, debería existir también su contrario); en empezar a pensar que el afecto, los cuidados, el cariño, la empatía, la comprensión son cosas muy sexis. La idea de que el seductor siempre era el canalla o el malote empieza a desvanecerse. Un estudio australiano publicado en el Journal of Sex Research apunta que las mujeres tienen más deseo si sus parejas comparten las tareas de la casa”.

Además de carecer de herramientas para gestionar los problemas, muchas parejas pecan de poner expectativas muy altas en su partenaire. “Buscamos a alguien que lo haga todo bien: que sea buen amante, amigo, compañero, padre/madre, que sea guapo, que tenga sentido del humor, el perfecto compañero de viaje. Buscamos el amor eterno y pasional y cuando esto se acaba lo vivimos como el mayor de los dramas”, señala Raúl González. Esther Perel comenta en el mismo vídeo cómo las parejas se han ido perfeccionando a través de la historia de la humanidad. Lo que empezó siendo una mera unión de supervivencia pasó a ser un contrato y luego una relación también emocional. Hemos ido sofisticando el concepto ideal de pareja y “las buenas relaciones de hoy son las mejores de la historia, pero son muy pocas”, asegura la psicoterapeuta belga.

¿De qué se quejan entonces las uniones desafortunadas? ¿Cuáles son sus objeciones más comunes? Según Miren Larrazabal lo que más se escucha en la consulta son tres frases ya típicas: “mi pareja no me escucha”, “no me entiende” y “no me valora”. “Lo que podemos deducir es que las habilidades estrella para que una unión sea feliz y duradera son la escucha activa, la empatía y la validación personal”, añade.

Escuchamos también últimamente esta idea reiterada de que hay que ir a la pareja con los deberes hechos, sin grandes necesidades que cubrir y no buscando en el otro la tabla de salvación. Todo correcto, pero, como argumenta Perel, “estoy cansada de eso, de arréglate a ti mismo primero y luego ve a una relación, porque la cosa es interactiva”. Crecemos al mismo tiempo que los demás nos ayudan a madurar y a reconocernos, y una buena pareja es un gran instrumento para eso. Por el contrario, permanecer en una relación en la que ya ha expirado la fecha de caducidad puede llevarnos, como dice Raúl González, “en el mejor de los casos a una situación de anodinia, a perder las ganas de vivir e incluso a cuadros de depresión y ansiedad. Una factura muy cara que no merece la pena pagar”.

Rita Abundancia es periodista, sexóloga y autora.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

doce − 1 =