Vistió al poder, fue traicionada y murió devorada por las llamas: Elsa Serrano y la tragedia que terminó perdida en una marea de desgracias

“Mamá falleció”.
Ese escueto mensaje de WhatsApp fue el aviso que el 17 de septiembre de 2020 dio una de las hijas de Elsa Serrano a la producción Corte y confección. Ese reality fue el último trabajo que tuvo la modista más icónica de la Argentina, luego de décadas de vestir al poder y a las famosas. De brillar y caer, hundida en deudas y polémicas. De reinventarse una y otra vez.

“Mamá falleció”.
Esas dos palabras confirmaron lo que se temía: era el de Serrano el cuerpo carbonizado por las llamas hallado por los bomberos en el tercer piso del edificio ubicado en la calle Maipú, en el barrio porteño de Retiro. Allí, a sus 73 años, Elsa pasaba sus días encerrada, cuidándose en plena pandemia. Hasta que se desató el incendio.

Las paredes destrozadas, el aire viciado de humo impregnado, los pisos como si hubiera explotado una bomba, pedazos de metal desperdigados: lo único que sobrevivió al fuego que devoró el dormitorio de Elsa Serrano la noche del miércoles 16 de septiembre, cerca de las 20:15. Con esa escena de guerra se encontraron los investigadores al ingresar a la trampa de la cual la diseñadora no pudo huir.

El escape hubiera sido sencillo. Puede que hubiera estado muy dormida”, explicaron los peritos. La diseñadora murió tirada en la antesala de su habitación, asfixiada e intoxicada con el monóxido de carbono del incendio producido por una falla eléctrica. Sus últimos minutos con vida fueron pavorosos.

Así quedó el dormitorio de Elsa Serrano tras ser devorado por las llamas.

“Se fue como vivió: a lo grande. Como era ella: ruidosa, protagonista”, expresaron días después sus tres hijas —Roxana, Soledad y Belén— en una desconsolada carta abierta de despedida. Lo cierto es que, entre los recuentos diarios de los muertos por Covid, y mientras el presidente Alberto Fernández hablaba cada dos por tres por Cadena Nacional y el confinamiento obligatorio se prolongaba, la tragedia de Elsa Serrano quedó perdida en una marea de puras desgracias.

“Murió en remera y calzas”, precisó Rolando Barbano sobre esta mujer tan coqueta que, a solo tres meses de romperse el fémur, había vuelto a treparse a sus amados tacos altos.


Hoy, seis años después de su trágica muerte, las postales de la vida de Elsa Serrano cuentan una historia de película que arranca en Corigliano Calabro, un pueblo de Cosenza, Calabria, donde nació el 13 de julio de 1947. A los 13 años, Elsa Romio —su apellido de nacimiento— llegó a la Argentina con sus padres y sus nueve hermanos tras un viaje de 21 días en barco. Luego volvería a Italia para estudiar Ceremonial y Protocolo, y sería en Florencia donde, curiosa y autodidacta, se sumergiría en el mundo de los talleres de costura para observar y aprender.

Elsa, que en su infancia cosía vestidos para sus muñecas, tuvo una primera boutique de prendas importadas en Belgrano que le abrió su primer marido para que se “distrajera”. Él era un hombre mucho mayor que ella, que tenía apenas 19 cuando se casó. “Pero un día me encontró tomando un ruedo a una señora y no le gustó. Rompió todo el negocio. Machismo. Es una historia horrible”, contó la modista que, calabresa como Gianni y Donatella Versace, nunca perdió su acento italiano.

Elsa Serrano en su taller de costura (Archivo Paparazzi).

Diez años después de dar el sí, Elsa dejó atrás esa vida acomodada pero llena de violencia y se volvió con su pequeña hija a la casa de sus padres, a dormir en “la misma camita” que su mamá nunca había desarmado. El despegue sería en los 70, codo a codo con su segundo marido, el empresario textil Alfredo Serrano, cuando se animó a crear sus propias colecciones. Para 1977, ya había organizado un primer desfile. 

¿El hit inaugural? Un vestido a lunares con cuello blanco y una camelia roja que los vendedores del Interior rechazaron. “Es un vestido para mucama, señora Serrano”, le dijeron. La prenda fue un éxito rotundo. Así llegó a la Quinta de Olivos, con la democracia recién estrenada, cuando Raúl Alfonsín la convocó para vestir a su esposa, María Lorenza Barreneche. Entre asados en familia, platitos de cantimpalo, vino tinto y cafés en la residencia presidencial, Elsa se ocupó del vestuario de la Primera Dama radical, y no paró más.

El teléfono de su paquete atelier de la Avenida Alvear ardía. Todas las famosas la querían y hacían fila para conseguir sus prendas a medida. Susana Giménez, Mirtha Legrand, Graciela Borges, aquel mítico vestido que lució Norma Aleandro al recibir el Oscar en Hollywood por La historia oficial… los modelos que llevaban su marca la volvían cada vez más célebre. Empezaba el mito.

AQUEL VESTIDO DE NOVIA DE BLANCO IMPOSIBLE 

En 1988, Elsa vistió a Susana Giménez cuando se casó con Huberto Roviralta. Aunque es de 1989 su foto más épica: la mega boda de Diego Maradona y Claudia Villafañe en el Luna Park. Un mes antes de casarse, Claudia la llamó desde Nápoles pidiéndole que la vistiera a ella, al Diez y a las familias de los dos. “Viajé a Italia dos días después del llamado, acompañada por Guillermo Coppola. Le tomé las medidas y me dijo: ‘Haceme lo que quieras’”, recordaría Serrano. 

Diego puso solo una condición: que el vestido de su esposa fuera de un blanco absoluto. Elsa hizo hasta lo imposible: de Nápoles voló a Roma, de ahí a Nueva York, donde consiguió la pieza de seda natural en blanco óptico que quería el astro del fútbol. La modista volvió a Buenos Aires y durante tres días, 13 mujeres bordaron los 800 cristales, las 1500 piedras preciosas y los cinco kilos de canutillos que llevaba el atuendo nupcial.

Para Maradona, Elsa diseñó un jacket con hombreras, toda una rareza que solo él, con su personalidad, se podía poner.

“Pude estar a la altura de las circunstancias. Entregué los diseños a tiempo y todo salió perfecto. Era una gran responsabilidad: el mundo entero estaba mirando aquel vestido inalcanzable”, contaría Elsa un año antes de morir, con orgullo, sobre ese encargo para esa fiesta despampanante como nunca se había visto en la Argentina.

Claudia Villafañe y Diego Maradona, casamiento. (Archivo Paparazzi)
Claudia Villafañe y Diego Maradona en su fiesta de casamiento, los dos vestidos por Elsa Serrano (Archivo Paparazzi).

LA MODISTA DEL PODER Y LA FIESTA MENEMISTA

Su nombre estaba en lo más alto en los 90 menemistas, cuando volvió a la Casa Rosada de la mano de Amira Yoma, la cuñada de Carlos Saúl Menem. “Lógicamente soy cholula: me encanta conocer tanta reina, rey, princesa… Tendría que haber vivido en un palacio”, decía en esa época cuando vestía a Zulema Yoma, a su hija Zulemita, a María Julia Alsogaray y demás personajones de la política.

Elsa, feliz, juntaba millas a bordo del Tango 01 como parte de la comitiva oficial, se fotografiaba en la mansión Marbella del traficante de armas Monzer Al Kassar, y coqueteaba de costado con la oscuridad de los negociados que se tejían entre organzas, sedas y capelinas, mientras se comía pizza con champagne. Sin miedo a salpicarse, siempre espléndida.

“Jamás nadie sabrá nada. Jamás contaré nada. Me ofrecen escribir libros, ¿para qué?”, decía, discreta hasta su muerte. Por su maison de Mansilla pasaban todas las mujeres del poder en ese bacanal de lujo, glamour y exhibicionismo. Aunque pocas pagaban

Zulemita Menem y Elsa Serrano. (Foto: X / @zulemitamenem)
Con esta imagen Zulemita Menem se despidió de Elsa Serrano. (Foto: X / @zulemitamenem)

“Soy su vestidora, dama de compañía, su amiga, su madre”, decía la modista del poder —como la llamaban— sobre la hija del riojano. Pero un día Elsa se hartó, y cuando la fiesta menemista empezó a terminar, acusó a Zulema y Zulemita de vestirlas gratis durante años. Las cuentas no cerraban, y Serrano estalló. “Yo no he dormido muchas noches. Pensé que me iban a pagar la ropa que yo hacía, no vi ni un peso”, se quejó. La diseñadora calculó que le debían 2 millones de dólares de por lo menos 600 vestidos. Furiosas, madre e hija la demandaron ante la Justicia por calumnias e injurias. 

EL OCASO DE ELSA SERRANO

Hundida en deudas bancarias y muy mal parada luego de dividir los bienes en su segundo divorcio, el ocaso de la elegida de la moda llegó junto al del menemismo. “Yo no llevaba las cuentas, una creadora nunca está en los números, no hay que olvidar que era una empresa que fabricaba 45 mil prendas por temporada”, diría la diseñadora.

Todo explotó con la crisis del 2001, cuando su negocio quebró y tuvo que entregar las llaves de su coqueto atelier de Recoleta y descolgar los cuadros de las celebrities luciendo sus creaciones. Como a la mayoría de los argentinos, a Elsa le tocó achicarse. Ella, que se había sentado a la mesa con la Reina Isabel de Inglaterra y con cuanta princesa hubiera, empezó de cero.

“Se fue a Easy, compró dos caballetes y un tablón, levantó el cuarto de vestir y arrancó otra vez”, recordó una de sus hijas. De probador usaba el baño, donde había un espejo enorme, y todo lo hacía con la misma obsesión perfeccionista que cuando tenía una maison de tres pisos. 

“Pensé que iba a ser peor. Fue un golpe duro, pero aquí estoy”, sostuvo Elsa luego del remate, cuando terminaron sus problemas legales y, de ahí en más, empezó una vida acorde a su situación económica más austera, a la que, aseguró, se adaptó sin problemas. 

La modista y sus creaciones prêt-à-porter, su sello distintivo (Archivo Paparazzi).

En enero de 2020, cuando la pandemia todavía era una noticia lejana para los argentinos, Elsa Serrano se abrió como nunca en una entrevista, tras firmar contrato para ser jurado de Corte y confección, el reality conducido por Andrea Politti. No sabía que su presencia en el set sería fugaz y se vería interrumpida por la cuarentena: muy pronto la mandarían a su casa. Tampoco sabía que ese sería su último verano. 

“Me arrepiento de no haber estado más tiempo con mis hijas”, reconoció. Quería compensarlo, recuperar el tiempo perdido en tantos años de trajín, exposición y actividad. “Estoy tratando de hacer menos, quiero ver a mis nietos. Ahora vivo al lado de la casa que era de Borges, tengo una terraza con jardín de 400 metros cuadrados. Quiero disfrutar de eso y de mi familia, cocinarles mis pastas con mariscos. Soy mejor cocinera que modista, ¿sabías?”. 

No pudo ser.

Tan solo unos meses después, luego de pasar semanas aislada en su departamento de la calle Maipú, la muerte la encontró. Y fue inclemente. “A simple vista no tienen rasgo distintivo alguno”, dijo el periodista de policiales Federico Fahsbender sobre los restos de Serrano, irreconocibles por el incendio que la consumió, mientras los vecinos del edificio lindero subían videos en vivo de la tragedia, antes de ser evacuados.

El fiscal a cargo de la investigación evaluó realizar un estudio de huellas dactilares o de marcas dentales, pero las familiares de Elsa, que se rehusaban a verla en ese estado, confirmaron que era ella, que vivía sola. Luego de analizar una posible falla eléctrica en un transformador de una lámpara, se supo que el fuego fue provocado por un cortocircuito en el aire acondicionado. Según el informe de los bomberos, ese desperfecto generó un goteo del aire que prendió fuego el colchón de Serrano y, en cuestión de minutos, tomó todo el cuarto.

Después de horas de incertidumbre y angustia, cerca del mediodía, los medios argentinos informaron que el cuerpo calcinado era el Elsa Serrano, la modista del poder.

Elsa Serrano de entrecasa, captada por Paparazzi (Archivo Paparazzi).

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