El tiempo fue una de las grandes obsesiones de Jorge Luis Borges: “El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica”, escribió en Historia de la eternidad. Pero puestos a escribir sobre el paso del tiempo (a cuarenta años de su muerte), lo primero que viene a la mente es cómo solía burlarse de nuestro apego por las fechas exactas, esa “superstición del sistema métrico decimal”. Porque si Borges es indiscernible de su inteligencia, lo es también de su acerado sentido del humor.¿Qué pasó en todo este tiempo, al menos en la literatura argentina, con Borges? A grandes rasgos, mientras el pensamiento académico rehabilitaba su figura (la canonización borgeana por la universidad democrática), la generación de escritores de la década del 80 escribía, mayormente, contra Borges. Los poetas de los años 90 se miraron en otros espejos. Y los escritores del nuevo milenio terminaron de asimilarlo por completo: Borges era algo que venía dado con la decisión misma de ser escritor.Podríamos arriesgar que hoy la influencia de Borges es menos directa que oblicua. Solo que lo abarca todo. No hay, por supuesto, quienes crean necesario escribir como él. Pero hay gestos borgeanos –la abolición total de fronteras entre géneros, la imposibilidad de leer de forma ingenua un texto de ficción– que están absolutamente naturalizados por la literatura argentina contemporánea.Existe, sobre todo, una manera de ser escritor en la Argentina que fue diseñada por Borges a mediados del siglo pasado. En “El escritor argentino y la tradición” dice: “Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y que tenemos derecho a esta tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental (…) No debemos temer y debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no concretarnos a lo argentino para ser argentinos”.Ser borgeano es, al mismo tiempo, una forma de ser argentino. Lo somos incluso al practicar el arte de la injuria, una de nuestras más íntimas pasiones (apenas una como ejemplo: “Mallea tiene una notable capacidad para elegir buenos títulos. Es una lástima que se obstine en añadirles libros”).Ser maliciosos pero honestos, conocer la tradición y faltarle el respeto, procurarse una educación y al mismo tiempo tener calle, practicar la humildad y aspirar a la sabiduría: son lecciones borgeanas. Así nos quiso, a su imagen y semejanza.*Crítico literario y director del Centro Cultura Recoleta, el autor es curador de la exposición Borges. Ecos de un nombre Navegación de entradasEl Gobierno busca ampliar el blanqueo permanente y flexibiliza los controles Tras las huellas de Borges en Ginebra: de la casa familiar de su adolescencia al departamento donde pasó los últimos días