Los derroteros del coronel Narciso de Bengolea
Los derroteros del coronel Narciso de Bengolea

Estuvo en todas. El último cuarto del siglo XIX fue clave para el devenir histórico de la Argentina. Durante ese período se consolidó el Estado Nación, se ensancharon sus fronteras y floreció el modelo agroexportador. En lo estrictamente político, coincide con el auge del orden conservador. Quien participó de los principales acontecimientos militares de aquellos años fue el coronel Narciso de Bengolea, por eso digo que estuvo en todas.

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Leyendo el libro Tras las huellas de un soldado me entero que fue cadete del, por entonces, recientemente fundado Colegio Militar de la Nación. En 1874 fue abanderado en la batalla de La Verde. Episodio que estudiamos arqueológicamente durante años con el equipo de investigación del que formo parte, recogiendo en el terreno los testigos mudos de aquella confrontación entre hermanos, plomos de Remington y casquillos de antiguas balas. No lo sabía entonces, pero los arqueólogos también andábamos tras las huellas del jovencísimo portaestandarte del ejército de Arias, que no era otro que Narciso Bengolea.

Fue expedicionario al desierto en 1879, como teniente primero del Batallón del Primero de Infantería de Línea, al mando de Teodoro García. Un año más tarde, en la cuestión de la Federalización de Buenos Aires, participó en los combates de Puente Alsina y Los Corrales Viejos, siempre en el Primero de infantería de Línea, cuerpo al que Narciso siempre denominó coloquialmente como “el Batallón”. En la denominada Revolución del Parque, en 1890, asistió como integrante del Estado Mayor, siendo nombrado posteriormente edecán del presidente Sáenz Peña, y luego de Roca, en la última de sus presidencias.

Retirado del Ejército y ya entrado el siglo XX, fue nombrado por el presidente Irigoyen gobernador de La Pampa en 1919, finalmente, al margen de cualquier función pública, murió en Buenos Aires en 1932. Fue, con todas las letras, un prócer menor. Borges, que mucho conocía de la valía de estos personajes que entretejen con sus acciones la urdimbre de una época, les dedicó valiosas ejecuciones literarias como el relato “La señora mayor”.

Toda esta amalgama de datos, fueron recabados por su nieto, Jorge Bengolea Zapata quien lo conoció y a partir de sus relatos, fue tomando apuntes de su puño y letra en cualquier papel que tuviera a mano. Tarea que se agradece y se valora y que es el esqueleto fundamental del citado libro. La pasión por los hechos de vida de su abuelo, los personajes que conoció, y por aquella época fantástica de cargas de caballería, cuadros de infantería y encontronazos a cielo abierto, se conservaba fresca en la memoria del escriba. En el libro se relata de manera vívida como cuando alguno de sus nietos llegaba a Buenos Aires desde La Carlota, él rememoraba inmediatamente a los Ranqueles, cuando alguno de sus bisnietos lo hacía desde Azul, él preguntaba con total naturalidad: “Y ¿cómo está Catriel?”, y si otro venía desde Trenque Lauquen, no faltaba la referencia al cacique Pincén.

Se agradece en una familia la existencia de un Jorge Bengolea Zapata, en la mía no lo tuvimos. Del padre de mi tatarabuelo, Lázaro Gómez Rospigliosi, algo detalla Pastor Obligado en Tradiciones Argentinas, de su expedición a la Sierra de la Ventana en 1786, para rescatar al padre de Rosas, Don León Ortiz de Rozas, prisionero de los indios o de su valiente muerte, defendiendo las murallas de Montevideo en la segunda invasión inglesa en 1807. De su nieto, Fortunato Gómez, poco sabemos, peleó muy joven en el Paraguay y luego, al igual que Narciso Bengolea, en la federalización de Buenos Aires, en 1880, y estuvo preso de los indios en el malón de 1876, cuando era agrimensor municipal del Azul, pero nada se sabe de su carácter ni de detalles de su vida privada.

Porque, más allá de los oropeles y del crujido del viento en las banderas, subyace la incomparable magia de la historia oral, la más primigenia y válida de todas las historias. Esa que, entre bambalinas, recoge el espíritu y la esencia de cada época. Esa que planea en la voz de la gente reunida alrededor del fuego, porque era ahí, en los fogones, según Lucio V. Mansilla, en donde campeaba la camaradería entre los gauchos- soldados que efectuaban las expediciones hacia la “Tierra Adentro”, esas de las que fue parte, y de las que mucho sabía, el coronel Narciso de Bengolea.

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Arqueólogo