IA y Educación: la batalla desigual en el aula y una pista para docentes abrumados
IA y Educación: la batalla desigual en el aula y una pista para docentes abrumados

La evolución de la tecnología avanza a una velocidad tan alta que lo que se enseña hoy, quizás sea viejo pasado mañana. Por eso, el punto más complejo frente a esta batalla que ya es desigual en las aulas de todos los niveles es difícil de resolver. Y, seguramente, no tiene una solución única. Los alumnos, queriendo o no, se convierten en “clientes” de la inteligencia artificial (IA), a la que le piden que les resuelva buena parte de sus tareas del aula: desde el resumen de un libro de literatura a cálculos matemáticos. Los docentes se enfrentan al desafío de dilucidar quién hizo qué. ¿El trabajo práctico entregado fue al menos revisado por el alumno que le encargó a la IA la faena?

En algunos niveles educativos, es sencillo saber cuándo hay ayuda de la IA y cuándo el estudiante se desentendió totalmente de su misión de adquirir conocimiento y pensamiento crítico. Aquí, una pista para docentes abrumados: la IA utiliza mejores palabras que sus estudiantes. Los docentes que dialogan con sus alumnos pueden saber en pocas semanas qué trabajos son genuinos y cuáles ni siquiera pasaron por una revisión para adaptarla a las palabras que conocen los chicos.

Ese lenguaje neutro, casi de aquellas inolvidables telenovelas mexicanas de Televisa de los 80 y 90, les suelen jugar a los alumnos muchas malas pasadas. “Las mejoras ayudan a evitar el desasosiego de los estudiantes”, escribe un adolescente ante la consigna de redactar una crónica sobre el inicio de clases. La máscara se cae cuando el docente le pregunta al autor de ese trabajo práctico a qué se refería cuando planteaba el “desasosiego”. El alumno, pícaro, acepta rápido la trampa tendida por la IA. Confiesa que no sabe el significado de la palabra y confirma que ni siquiera había hecho una relectura del texto al imprimirlo para entregar.

Hace años que la educación argentina cae y, aunque algunos parches frenan la catástrofe, no se ven curvas esperanzadoras de mejoras. En los 70 y 80, los manuales en la escuela primaria eran amplios divulgadores de la información necesaria para aprender varias asignaturas. Los libros de lectura se compartían durante todo el año y hasta se recitaban en voz alta en el aula. Ya en los 90, comenzó la “tiranía de la fotocopia”. Se empezaron a desguazar los libros para convertirlos en fascículos, según el tema que fuere necesario. Entonces, hasta los propios docentes diseccionaban un volumen y lo convertían en copias en serie que se distribuían entre los pupitres.

Esa práctica aún está vigente, incluso en claustros universitarios. Ya avanzado este nuevo siglo, los buscadores de internet sumaron su ayuda a la catástrofe: poder buscar por ítem una respuesta. Y el alumno, siempre discreto en el esfuerzo, tomaba como válida la primera opción que se le ofrecía. Si el sitio era fake o verdadero, se vería dentro del aula cuando coincidieran o no las respuestas de sus compañeros ante las preguntas del docente.

La pérdida del pensamiento crítico es un proceso que, al menos en el ámbito educativo argentino, ya lleva años. Y no será veloz, como cualquier ayuda de la IA de moda, recuperarlo. Para eso, no solamente será necesario un trabajo profundo de los docentes y un compromiso de los estudiantes para entender que la educación es la verdadera escalera de ascenso social.

Quizás, la primera pregunta a formularse es para qué tenemos que aprender algo determinado si ya viene formateado y listo para usar. La siguiente pregunta debería ser: ¿queremos ser clientes o ser protagonistas de los procesos de mejora? La respuesta, aunque parezca exagerada, puede determinar si se formará capital humano de primer nivel, capaz de emprender y progresar, o si solo se producirán en masa personas apenas listas para misiones básicas.

En todo caso, más allá de la euforia de muchos divulgadores de los beneficios de la IA y muchos detractores anticipando el apocalipsis de la humanidad, dentro del aula habrá que dar la batalla más seria: alumnos y docentes deben trabajan mancomunadamente en comprender y aprovechar una herramienta que puede ayudarlos a encontrar muchas más respuestas que las preguntas que inicialmente le hicieron.

El Estado –tanto el nacional como el de las provincias que tienen a cargo la administración educativa- también tiene que reflexionar sin ideologías qué modelo de sociedad merecen sus ciudadanos. Esa reacción debe ser casi tan veloz como el proceso de “promptear” a la IA para que nos ilumine sobre cuál es la mejor receta culinaria para tratar de lograr la inmortalidad.