Leonardo nació y creció en Godoy Cruz, provincia de Mendoza. Desde muy chico, soñaba con ser independiente y construir su propio camino, tal vez por ello a los 15, mientras cursaba sus estudios, decidió que también quería trabajar. Tras culminar la secundaria comenzó dos carreras distintas, pero ninguna lo terminó por conquistar. Su camino iba por otro lado, el de los grandes sueños, donde se imaginaba de viaje, conociendo el mundo y desplegando sus alas a nivel profesional. Se visualizaba en su propia empresa y fantaseaba con lograr algo similar a lo que sus propios jefes habían alcanzado: “Sin embargo, en la Argentina de esos años me costaba imaginarlo posible”, dice.El punto de partida fue una conversación con su mamá, Nelly. Un día ella le preguntó si no le gustaría irse a vivir a Estados Unidos y, en ese instante, algo que ya habitaba en Leonardo terminó de despertar: comenzó con los trámites necesarios y, gracias a un familiar, contactó a una persona que alquilaba habitaciones en Nueva Jersey.Fue así que Leonardo vendió su auto viejo, compró un pasaje y el 3 de junio del 2000, con 21 años, se subió a un avión rumbo a Estados Unidos, sin recursos económicos pero cargado de un gran puñado de ilusiones: “Mi vida en Argentina era muy buena. Tenía a mi familia, a mis amigos y un trabajo. No me fui porque estuviera mal o escapando de algo. Me fui porque sentía que quería crecer, conocer el mundo y comprobar hasta dónde podía llegar”, asegura hoy, mientras rememora aquellos tiempos.La propia película lejos de Mendoza y los lujos impensados : “Cuando vivía en Argentina, lamentablemente, tenía que pensarlo”Leonardo nunca tuvo miedo, sus ganas de `comerse el mundo´ eliminaban toda posibilidad de sucumbir ante el temor: “Hoy, con los años, pienso que probablemente fue la audacia propia de la juventud”, reflexiona.Llegó a Nueva Jersey casi sin inglés, pero eso tampoco fue un impedimento para intentar una nueva vida en un territorio que lo impactó en lo más profundo desde el comienzo. Ante él, todo surgió tan distinto, tan grande y tan como en las películas, que comenzó a vivir su propio largometraje.Se instaló en la casa de un matrimonio que alquilaba habitaciones y cobraba por absolutamente todo, pero Leonardo, independiente por naturaleza, salía a buscar las soluciones: preguntaba, caminaba, resolvía, lo que provocó el resentimiento de los propietarios. Finalmente, el joven decidió mudarse transitoriamente a un hotel.Consiguió trabajo en una estación de servicio: “Los dueños eran cubanos, excelentes personas. Yo llegué a trabajar 16 horas por día, por mi elección, no porque me obligaran”, cuenta el argentino. “Luego de un mes me fui a vivir a Miami, pero no me gustó y decidí volver a New Jersey, donde los cubanos me devolvieron mi trabajo”. En aquel regreso, Leonardo alquiló una casita, listo para vivir una de las mejores épocas de su vida, ya que su madre había decidido irse a vivir con él. El día de su arribo, alquiló una limusina para buscarla en el aeropuerto, sus jefes le sugirieron que la agasajara con otra cosa, como aguardarla con la heladera llena, pero igual lo ayudaron con su elección: “Me endeudé, fue la mejor decisión porque es un recuerdo hermoso”. “Luego, mi padre también llegó para estar cerca. Algo que recuerdo que me hacía sentir la diferencia de la vida que teníamos era, por ejemplo, ir al supermercado y hacer una compra sin fijarme en el gasto, simplemente comprar lo que queríamos. Siempre les digo a mis hijos que hoy, 26 años después, sigo agradeciendo poder comprarme una gaseosa en una estación de servicio cuando cargo nafta. Cuando vivía en Argentina, lamentablemente, tenía que pensarlo”.Un codo de la vida y un deseo profundo: no estar ilegalCon el paso del tiempo, Leonardo y su madre siguieron caminos separados, él se fue a vivir a Houston, donde fue manager de un bar y agente de bienes raíces. Tras algunos años prósperos, quiso probar suerte en Hawái, un paraíso donde halló dificultades para crecer. Regresó a Houston, y en territorio familiar conoció a su mujer y le dio la bienvenida a su hijo, Gian.Una nueva época de su vida había comenzado y con ella, el deseo de otro volver a empezar. Aunque había podido crecer, tenía un buen trabajo e incluso había comprado una casa, había algo que ya no quería: estar ilegal y no poder salir de Estados Unidos. España se ancló con fuerza en el horizonte y Leonardo decidió emprender un nuevo camino, ahora con su propia familia: “En todo mi tiempo en Estados Unidos conocí mucha gente de diferentes lugares. Tuve una relación cercana con gente nativa que no llegué a afianzar. No puedo decir nada negativo, solo que yo estaba tan enfocado en el trabajo que creo que eso no me permitía tener relaciones con la gente y formar lo que tenía en Argentina… Mi gente y mis amigos de mi tierra nunca salieron de mi vida… Claro que algunos van tomando caminos diferentes, la distancia es muy cruel”, dice pensativo.El sueño fallido de volver a empezar en España y la llegada a un país inesperado: “Elegimos uno de economía más fuerte”Pero España tuvo que esperar. En diciembre de 2005, después de tantos años de exilio sin salida, el primer destino fue Mendoza, Argentina, una experiencia que quedará grabada en la memoria de Leonardo para siempre: “Los míos conocieron a Gian y en ese viaje nos casamos formalmente con mi esposa, Sandra, y luego, en enero, iniciamos nuestro viaje a España, a la ciudad de Valencia”.Pero en España las cosas no salieron como Leonardo lo había imaginado. Lo intentó, tuvo diferentes trabajos, pero en el fondo soñaba con emprender por su cuenta. Y lo hizo, fundó uno de los primeros clubes indoor de pádel de la ciudad, y con ese paso, se sumergió en un universo que lo conquistó para siempre. Sin embargo, luego de darle la bienvenida a su hija Agustina e intentarlo todo en Valencia, el argentino no consiguió los resultados esperados. Dispuesto a seguir por aquel camino, optó por volver a cambiar de país: “Elegimos uno de economía más fuerte”.“Viajamos con mi esposa a Noruega, Austria y Alemania y, luego de pensar y analizar muchas cosas, nos decidimos por Alemania”, revela. “Así que, otra vez, a vender lo que podíamos. Nos vinimos los cuatro a Alemania, casi sin nada de dinero, sin contactos ni amigos, sin trabajo y sin hablar alemán. Yo hablo inglés, pero acá no es suficiente”.El gran sacrificio en Alemania y los ángeles germanos en el camino: “Son gente hermosa”A su llegada alquilaron un departamento pequeño, no apto para cuatro personas. El dueño no podía permitir que se quedaran y, aun así, fue un ángel en sus vidas. Fue él quién les recomendó dónde buscar trabajo y los ayudó a encontrar otra vivienda. Gracias a los consejos, Leonardo obtuvo empleo en los almacenes de Amazon: “Pedí trabajo y lo obtuve casi de inmediato. No puedo describir la alegría de ese día, ya que no teníamos dinero para mucho tiempo”.Más tarde, el argentino y su esposa consiguieron empleo en la industria del metal y se mudaron a otro pueblo, donde otra familia alemana de gran corazón los aceptó para el alquiler: “Sin un buen trabajo y sin garantías es muy difícil alquilar, y ellos confiaron en nosotros. Son gente hermosa con la que, al día de hoy, todavía tenemos relación”. Con aquella nueva estabilidad, en su tiempo libre, Leonardo planificó una vez más su propia empresa. Implicó mucho esfuerzo, ya que trabajaban por turnos, mañana, tarde y noche. Hubo muchos días sin dormir: “Detrás de eso hay mucho sacrificio que la gente no ve; muchos ven solo el resultado”. “En un momento colapsé y me dio burnout, pero seguí trabajando, gracias al apoyo de mi familia: mi esposa, mis hijos y, por supuesto, mi mamá, que nos acompañó. Y de papá, que también se instaló para estar cerca de sus nietos. Fue una etapa muy dura, en la que muchas veces pensé en renunciar, pero seguí porque sabía que no había otra opción”.Una buena vida en Augsburgo, un gran reconocimiento de la ciudad y la fantasía de volver a Mendoza: “Ver las calles, la gente, el olor a café en el centro…”En 2015, Leonardo y su familia tomaron un crédito y compraron su casa, en Schwabmünchen, una ciudad en el distrito de Augsburgo en Baviera, a 20 km al sur de Augsburgo, una de las ciudades más antiguas de Alemania, con una variada arquitectura que incluye construcciones medievales, la catedral de Santa María, del siglo XI, y la abadía de Sankt Ulrich und Afra.El bienestar había llegado para quedarse y, sin embargo, durante esos años el sentimiento por Argentina se había hecho cada vez más intenso. Ese 2015, Leonardo decidió volver de visita a su querida Mendoza, tras siete años de ausencia: “Ver las calles, la gente, el olor a café en el centro, es algo indescriptible”, dice pensativo.Tras aquel reencuentro, una fantasía se instaló en el argentino y no paró de crecer: de alguna manera volver a vivir a su tierra de origen. Y justo cuando creyó que era tiempo de lanzarse, llegó la pandemia para paralizarlo todo.A pesar de los contratiempos, poco a poco, avanzaba en su proyecto de pádel y, finalmente, inauguró una de las primeras canchas en el sur de Alemania, cuando ya nadie creía que funcionaría. Luego pusieron otra en Schwabmünchen. Lleno de orgullo, Leonardo recibió una invitación de la ciudad de Augsburgo, habían reconocido a cincuenta personas con historias inspiradoras y lo habían seleccionado: “Así que me entregaron un diploma y una medalla al contar mi historia en el ayuntamiento de la ciudad”, dice con una sonrisa.“Luego, con el tiempo, renuncié a mi trabajo y me dediqué 100% a mi negocio de pádel y, paralelamente, empezamos a plantearnos nuevamente la idea de volver a vivir a Argentina. Fue allí donde tomamos la decisión de hacerlo, de intentarlo, tal vez no con una mudanza definitiva, pero sí progresiva… Yo seguiría con mi negocio en Alemania y mi esposa e hijos en Argentina”.El reto de emprender en la propia tierra y los aprendizajes: “Papá, las calles están rotas, algunas cosas se ven viejas, pero me encanta Argentina”Veintiséis años han pasado desde que Leonardo decidió dar un salto al vacío. Lo hizo con dos deseos: ver el mundo y, un día, ser dueño de su propio negocio. Estados Unidos y España atravesaron su vida hasta llegar a Alemania, un país con el que jamás había soñado, pero que, inesperadamente, le dio una de las mayores contenciones humanas y laborales.Hoy, desde su rincón de la región de Augsburgo, piensa en su Mendoza querida. Allí están su mujer y sus hijos. El sueño está encaminado, un desafío enorme, un tanto subestimado, donde su familia ya se instaló en Argentina y él pasa algunos meses en Alemania y otros en su tierra, en pos de llevar adelante sus empresas: “No puedo dejar de agradecer poder hacerlo, pero el no compartir el día a día con mis hijos es algo muy duro… más de lo que imaginé”, confiesa.“La parte laboral en Argentina está basada en el acuerdo con una fábrica de césped a la que representamos en Argentina, y está funcionando, con las dificultades que presenta tanto abrir un mercado nuevo como la parte impositiva en Argentina. Pero justamente ese día a día, con los afectos, amigos… con tu tierra, son los factores que me llevaron a empujar este proyecto. Amo Argentina, amo Mendoza… y amo nuestra gente y costumbres”, continúa.“Alemania es un país espectacular, con gente muy linda y amable. No he sufrido jamás racismo ni malas experiencias, pero no es mi tierra, no es mi lugar… Y debo citar una frase que dijo mi hijo hace unos años en un viaje que hicimos de visita a Mendoza. Me dijo: `Papá, las calles están rotas, algunas cosas se ven viejas pero me encanta, me encanta Argentina´. Y eso me llenó de emoción. Mi hijo, que solo había estado un par de veces en Mendoza de visita, me decía eso… Él se siente argentino, llora conmigo en el Mundial y tenemos las Malvinas tatuadas en el brazo”.“Hoy, en esta etapa, están los dos allá terminando los estudios y luego podrán decidir qué camino seguir. Por mi parte, mi sueño es en unos años estar permanentemente en Mendoza y conocer más mi país. Emigrar no es para cualquiera, la vida en el exterior no es fácil y hay que sacrificarse mucho para lograr cosas, pero cuando nos vamos no somos conscientes de lo que perdemos, de lo que dejamos atrás. Navidades, cumpleaños, un simple mate por la mañana con tu vieja… o poder acompañar a amigos en momentos difíciles. Es volver a nacer. Tenés que conocer y aprender casi todo desde cero y no es fácil”.“Claro que a veces tiene su recompensa, pero el precio es muy alto. No me arrepiento en absoluto, pero tampoco estoy seguro de si volviera a ese día en que me subí al avión por primera vez, si lo volvería a hacer. Por suerte hoy no tengo ese dilema, y puedo seguir construyendo mi camino de regreso a mi amada Argentina”, concluye.*Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales. Navegación de entradas“Muy contenta”. Chule von Wernich presentó su disco rodeada de su familia y amigos famosos y con una ausencia muy especial