No recuerdo el horario, si eran las tardes o noches de los fines de semana, pero sí me veo acurrucada en la cama de mis padres, entre ellos dos, frente a la única tele de la casa viendo documentales de animales. Éramos fanáticos, sobre todo mi padre y yo. Aunque mi madre, también podía pasarse horas mirando cachorros de leones y chitas. Las escenas se repetían: un plano del paisaje de la sabana africana, corte a un león agazapado, inmenso; de nuevo la sabana y la voz inconfundible de un locutor leyendo un texto que decía algo en este espíritu:La tarde cae lentamente sobre la sabana africana. El calor comienza a disiparse y las sombras se alargan entre los pastizales dorados. A simple vista, todo parece en calma. Pero entre las hierbas altas, unos ojos observan en silencio.(Plano de una leona).Es una leona. Hambrienta. Paciente. Cada músculo de su cuerpo está preparado para el ataque.(Plano de un espejo de agua).A unos cien metros, una manada de cebras pasta desprevenida. Las crías permanecen cerca de los adultos, aunque una de ellas comienza a rezagarse. Para la leona, esa pequeña distracción puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.(Plano de la leona arrastrándose sigilosa).Sin emitir un sonido, avanza centímetro a centímetro. Sus patas apenas rozan el suelo seco. El viento sopla a su favor. Los animales aún no detectan el peligro.Lo que nos cuenta el viento: el ADN que anida en el aire que respiramos es una verdadera biblioteca microscópicaY después venía la persecución. Mi padre y yo apretábamos los puños, deseando que la pequeñísima cebra rayada se salvara “aunque sea esta vez”. Solíamos tener charlas sobre la cadena alimenticia y cómo sería imposible tener leones si algunas cebras, ñúes o impalas no fueran atrapados de vez en cuando. El locutor confirmaba las explicaciones de mi padre, pero a mí no me convencían. Yo también había visto Bambi.El 8 de mayo pasado, David Attenborough —Sir David Attenborough— cumplió 100 años. Con más de setenta de ellos frente a los micrófonos y las cámaras de la BBC, no solo documentó la naturaleza: la convirtió en el mayor espectáculo dramático de la televisión mundial. Fue la voz que nos susurró al oído el modo en que funcionaba el planeta mientras nosotros estábamos sentados en el sillón; el hombre que nos enseñó a mirar y a maravillarnos por lo que a él mismo lo sorprendía. A veces un ave de un paraíso, otras un gorila o un diminuto insecto.Tuvo un comienzo impensado para quien luego lucharía por el conservacionismo. Su primer gran éxito fue Zoo Quest (1954), donde viajaba a lugares remotos para capturar animales para el zoológico de Londres —algo polémico hoy, pero revolucionario entonces—. Sin embargo, sería su trilogía Life (1979) la que cambiaría la historia: por primera vez se usaban técnicas de cine para filmar la naturaleza, cautivando a 500 millones de personas.“Nadie protegerá aquello que no le importa; y a nadie le importará aquello que nunca ha experimentado”, reflexionaba. Y se ocupó de que nosotros experimentáramos, aunque fuese a la distancia. En esos rincones a veces era un observador maravillado, y otras, protagonista de encuentros memorables. Como en los años setenta, en las montañas de Ruanda, con apenas 250 gorilas de montaña supervivientes de la caza furtiva.Attenborough acabó acostado sobre la maleza mientras una madre gorila tomaba su cabeza, la giraba y lo miraba a los ojos. Las crías jugaban con los cordones de sus zapatos, percibiendo que allí no había peligro, y se acostaban encima de su panza.Attenborough susurró a cámara que hubo “más significado y comprensión mutua en ese intercambio de miradas con un gorila que con cualquier otro animal”. La población de gorilas al borde de la extinción llegaría a más de mil.Años después de ver esa escena hipnotizados, mis padres y yo viajamos a Sudáfrica. Salíamos en jeeps antes del amanecer, y vimos leones, chitas, jirafas, hipopótamos y un pequeño escarabajo estercolero que empujaba una esfera que encerraba a sus crías al costado del camino. Por las noches, desde nuestro bungalow, veíamos pasar elefantes hacia el río. Nunca había silencio. En las caminatas, mi padre me llevaba sobre sus hombros; no podía predecirse el comportamiento de un babuino ante un niño pequeño. Vivimos una semana extasiados en un documental como los que veíamos en la tele.Attenborough es el puente entre los exploradores victorianos y la urgencia climática de este siglo. El que cumplió cien años es un hombre que, irónicamente, pasó toda su vida recordándonos que somos pequeños y que el planeta no nos pertenece, sino que lo habitamos de prestado. “Ojalá el mundo fuera el doble de grande y la mitad aún estuviera inexplorada”, dijo alguna vez. Hoy, mientras el mapa se achica y el clima se tensa, solo nos queda agradecer que, en medio de la incertidumbre, todavía podamos cerrar los ojos y dejar que su voz nos devuelva el asombro, recordándonos que si aprendemos a mirar, quizás todavía estemos a tiempo de salvar nuestra única casa. Navegación de entradasMateriales de construcción: qué conviene comprar en mayo según los precios Rodrigo de la Serna y Belén Francese: el amor imposible que nació a escondidas en una entrega de los Martín Fierro