Claudio Cerini, el peluquero que revolucionó la estética de los 90
Claudio Cerini, el peluquero que revolucionó la estética de los 90

Hace más de cuatro décadas que Claudio Cerini vive de sus manos. Las cuida como un cirujano: evita los golpes, le escapa a las motos y todavía conserva dos días por semana para cortar el pelo. “Siempre me gustaron los fierros, pero no puedo permitirme una caída. Si me lastimo la mano no puedo seguir peinando. Un pequeño accidente podría dejarme sin trabajar, y eso jamás”, dice el empresario que prefiere que lo llamen peluquero. El mismo que en los 90 le cambió el destino a varias modelos.

–¿Carolina Peleritti y Deborah de Corral fueron tus grandes embajadoras de pelo corto?

–Sí, siempre creí que tuve la suerte y el espíritu de estar en el lugar indicado, en el momento justo. Yo venía de estudiar en Londres, así que llegué con una cabeza moderna y mil ideas. Y es cierto, a Carolina Peleritti le hice ese corto que fue emblemático. Todos se acuerdan de su look para el famoso comercial, donde ella aparecía con un jardinero de jean. Y Deborah de Corral lo mismo. La rompió con su estilazo en El Rayo. No puedo negar que lo mío rompió un poco lo que era la estructura de peluquería en los 90.

–Era todo más clásico. Los rubios, los lacios, los largos…

–Sí, yo me formé en Londres, en las academias de Vidal Sassoon y en España, en Toni&Guy. Cuando llegué me acomodé al mercado local. Lo que quiero decir es que me gustaba cortar largo, pero también esos cortos cancheros, novedosos. Y se hizo sentir. Me acomodé en un mercado que estaba liderado por los popes de los 90. Giordano era el que lideraba, pero también estaban Andrea, Pino, Ruben Orlando, Llongueras, Colombo, todos.

–¿Cómo empezó tu historia con las tijeras?

–No fue por mi padre sino por el padre de mi hermano, que tenía una cadena de peluquerías. Y fue justamente mi hermano, siendo muy jovencito, quien me pidió que le abriera un local. Él es un virtuoso de la actividad y heredó esa pasión por quien fue el segundo marido de mi madre, un hombre llamado Dantuan, que tenía decenas de peluquerías en la calle Florida. Él me lo pidió en una típica crisis adolescente, porque ya trabajaba con su padre, y se la puse. Pero al año volvió a su nido y yo me encontré con un salón y un equipo de cuatro colaboradores. ¡Y avancé!

–¿Pero te gustaba, tenías mano?

–No sé si fue mano, intuición, audacia o qué. A lo mejor fue todo eso junto. Pero la realidad es que convertí ese equipo en lo que tengo hoy: una empresa con 700 empleados. Yo agarré la guitarra sin saber el solfeo, fui autodidacta. Me lancé, vi que había algo para crecer y, tomándole un respeto enorme a la actividad, me fui a Londres para estudiar. Me gustó y aprendí mucho. Por supuesto que me podría haber quedado ahí, pero mi cabeza estaba acá. Quería hacer algo grande.

–¿Hiciste tu historia sin jamás haber pasado por otra peluquería?

–Exacto, algo nada común, pero se dio así. Ya tenía el local de Marcelo T. de Alvear, pero volví para hacer mi proyecto. Nunca lavé el pelo en una peluquería ajena. Es llamativo decir que no soy un ex de nadie, algo tan natural en este mundo. Tuve suerte. Enseguida las grandes productoras de la Argentina empezaron a llamarme, guiarme, darme trabajo, presentarme gente. Lo mismo Pancho Dotto, a quien quiero mucho. En poco tiempo toda la primera línea terminó peinándose conmigo.

–¿Qué modelos de la época fueron tu debilidad?

–Deborah, sin dudas. A través de ella pude instalar mi nombre. Porque no era simplemente un corte de pelo; su look encarnaba un cambio social en las adolescentes cancheras. Además ese corte estaba hecho de una manera distinta porque yo cortaba, y corto, con navaja. Ese fue mi gran salto. No era mejor que nadie, pero mostraba otros trabajos. Y después empezaron las campañas, los catálogos. Me di muchos lujos.

–¿Por ejemplo?

–Bueno, haber trabajado para el único desfile que hizo Oscar de la Renta acá en Buenos Aires. Y peinar a Kate Moss, Naomi Campbell, Eva Herzigová y muchas más.

Junto a Kate Moss, una de sus

–¿Confirmado que Naomi es imposible de tratar?

–[Risas] Es cierto que no es una chica fácil, cuando traté con ella justo vi cuando le cerró la puerta en la cara a una productora que le había llevado la ropa. Yo hice mi trabajo y, de acuerdo a lo que había visto, intenté irme enseguida. Pero cuando ella lo advirtió me pidió que me quedara. Había venido para el desfile que se hizo en la Facultad de Derecho, emulando el de Piazza Spagna. Recuerdo que había hecho miles de fotos y tuvo buena onda, me dedicó una sin que yo hubiera pedido nada. Lo gracioso fue que cuando salimos del lugar ella rechazó el remise y pidió ir en mi auto. Se subió como acompañante y nos fuimos a la casa de Valeria Mazza y Alejandro Gravier. Sí, tiene un carácter bestial, pero esa vez fue todo muy simpático.

–¿Y Kate? Cuenta la leyenda que hay una historia de burbujas.

–Ella estaba en un hotel del centro y yo llegué pasado el mediodía con mi asistente. La peiné y, cuando estaba lista, nos dijo de quedarnos un rato y preguntó si tomábamos champagne rosado. Le dije que sí, pero la verdad es que jamás lo había probado. ¡Pero era Kate! La cosa es que pidió una, dos, tres botellas… Se hicieron las siete de la tarde y los brindis continuaban a la par de la música. Desde ya, salimos para el evento de lo más burbujeantes. Pero nadie advirtió nada. Me impactó lo profesional que es, no se priva ni se censura, pero a la hora del trabajo es perfecta.

–Tu favorita.

–Sí, y eso que cuando la conocí a Claudia Schiffer me quedé mudo, es descomunal. Pero yo había elegido muy bien. Kate representaba mi estilo. Yo venía con Deborah, Iván de Pineda. Una belleza distinta, menos clásica. A Iván lo vi con sus 18 años y supe que era él.

–¡Lo tuviste antes que Donatella Versace!

–Pero claro. Muchísimo tiempo antes. Si era un nene.

–¿Cómo te presentás, empresario o peluquero?

–Yo digo peluquero. Jamás querría perder mi espíritu de trabajo. Sigo cortando los jueves y viernes, voy rotando de sucursal. Después paso tiempo en la escuela viendo talentos nuevos, formación de profesionales, capital humano, pagos y demás. Mi pie a tierra son las tijeras.

Claudio en acción.

-¿Cómo se resiste hoy teniendo peluquerías? ¿Qué resigna la gente con la crisis?

-Hoy se resiste porque las condiciones están para resistir. Un momento terrible fue la pandemia. El tema de la belleza hoy no está tan mal por la sencilla razón de que ninguna aplicación puede hacerte un corte de pelo. Podrás comprar una tintura en pomo, pero nunca la vas a aplicar como un colorista.

-¿No cambiaron los hábitos?

-A lo mejor bajó un poco el lavado. Pero si te querés hacer un buen trabajo, hay que ir a la peluquería. Todas las que caen en el invento casero terminan viniendo para corregirlo. En pandemia hubo desastres. Igual sigo pensando que el servicio de peluquería es barato en comparación a cómo está todo. Un almuerzo hoy te sale como un color o un corte de pelo. Pero el detalle es que a la noche tenés la costumbre de volver a comer. En cambio la peluquería te dura 20 días o un mes. No digo que estemos en un momento óptimo, pero a comparación de los textiles, por ejemplo, vamos un poco mejor.

-Por deformación del oficio, ¿les analizás el pelo a todas?

-Sí. No puedo evitarlo, pero solo opino cuando me preguntan. No invado el terreno de la confianza para dar una opinión capilar.

Con Mirtha Legrand, amiga del ambiente

–Si te piden algo que sabés que va a quedar mal, ¿lo intentás?

–No, jamás. Cuando empecé estaban muy de moda las extensiones. Las famosas pedían eso y a mí me parecía un horror, por eso nunca lo hice. Tampoco entré en los cortes asimétricos ni en el formol para alisar. Siempre me respeté.

–¿Un sueño?

–Seguramente en un par de años abra un petit hotel donde se pueda hacer todo: peluquería, spa, bar, restaurante. Como hacen actualmente tantas marcas de lujo en el mundo.

–Descansar, jamás…

–Disfruto mucho con mis cuatro hijas (Madelaine, que va a cumplir 40; Alana, de 37, y tengo mellizas de 19, Renata y Eva). Trabajamos juntos, viajamos mucho, tenemos una linda vida. Pero parar, jamás. Yo creo que siempre hay que tener proyectos.