Mucho antes de convertirse en un actor famoso de televisión, allá por los noventa, Alex Benn fue Alejandro Bengoechea, vivía en San Fernando junto a su familia y cursaba el tercer año de la secundaria. Pero en 1978 los vaivenes políticos del país cambiaron su existencia por completo de la noche a la mañana y de golpe se encontró en otro país, hablando otro idioma y adaptándose a un ritmo de vida diferente.“Mi papá era marino mercante, un capitán de barco que viajaba por todo el mundo y que no tenía nada que ver con los militares. Vio que todo se ponía oscuro y se asustó. Era una época de muchos operativos, sobre todo en zona norte. A mí me habían llevado preso de un asalto (una reunión con música y baile en la casa de un compañero) y fui a parar toda una noche a la comisaría de San Isidro. Y a mi papá directamente un soldado le pegó un culatazo luego de hacerle frenar el auto y exigirle documentos. Fue ahí que pensó: ‘si me agreden a mí, que soy marino mercante, ¿qué le pueden hacer a mis hijos´. Entonces dijo: ‘basta, nos vamos’. Vendió la casa y el auto y nos fuimos con él, mi mamá y mis tres hermanos, rumbo a la aventura, a Brasil. Yo tenía sólo 16 años”, recuerda hoy el hombre que ya alcanzó los 64.El primer destino del autoexilio familiar fue Río de Janeiro. “Tuve que retomar el colegio sin saber una palabra de portugués, pero nunca me quejé. Lo aprendí rápidamente en el colegio, pero también en la calle y viendo mucha televisión, mucha telenovela. Mi vida allí fue maravillosa. Por la mañana asistía a las clases y por las tardes hacía surf en Ipanema o jugaba a la pelota con quien fuera cuando caía el sol. Es que en la playa se juntan todos. Para mí, eso fue un gran aprendizaje social”, admite.Aprendió tan bien el nuevo idioma que al año siguiente se animó a tomar clases de teatro, primero en el Teatro Tablado y luego en el Dirceu de Mattos. Paralelamente, al terminar la secundaria, estudió periodismo en la Universidad Católica de Río de Janeiro y se recibió de licenciado en Comunicación Social. Y como escribía muy bien, un director de cine (que lo había dirigido como actor en un spot de la bebida Guaraná Tai) lo invitó a sumarse a su agencia publicitaria en calidad de redactor creativo.Y fue así que a los 23 se mudó a San Pablo, donde empezó a trabajar en DPZ, una de las agencias más premiadas del mundo. “Allí estuve dos años y casi cambia para siempre el rumbo de mi vida. Tenía un futuro enorme, pero me sentí en una jaula con barrotes de oro. Entonces, junté todos los dólares que pude y me fui a estudiar actuación a los Estados Unidos, en el Milton Katselas Workshop. En Los Ángeles cambié mi nombre y ahí empieza mi historia como Alex Benn”, resume.Estadía en Los ÁngelesA esa ciudad de la costa oeste norteamericana llegó con muchos sueños. Ser rubio y de ojos celestes lo favoreció, pero al poco tiempo se encontró con una traba impensada: el acento. “Yo hablaba perfectamente inglés, porque de chico había ido a un colegio bilingüe, pero todos me decían que tenía acento extranjero. Aún no había desembarcado Antonio Banderas y los latinos no éramos muy bien vistos. Yo quería ser como Sean Penn y Timothy Hutton, los jóvenes talentosos de aquel entonces. Pero todo era no. En todos los castings valoraban mi nivel de actuación, pero me terminaban rechazando por el acento. Mientras, yo asistía dos veces por semana a un taller de teatro de cuatro horas diarias y sobrevivía trabajando en Domino‘s Pizza, haciendo delivery. Estaba solo, sin familia ni amigos, y solo contaba con una visa de turista. El tiempo me empezó a pesar y, además, Los Ángeles era una ciudad muy complicada a nivel drogas. Algunos me aseguraban que debía esperar dos años más para alcanzar a hablar inglés sin acento. Pero al año y medio de haber llegado me cansé de esa vida de segunda clase. La que me ayudó a dar el volantazo y regresar a la Argentina fue Susú Pecoraro. La conocí en un festival de cine, le conté mi historia y me dijo: ‘Si volvés, yo te presento a mis representantes’, que eran Alejandro Vannelli y Teresa Junior. Y así fue, en cuanto pisé suelo argentino, a mediados de 1988, cumplió con su palabra”, reconoce.A partir de ahí su historia es más conocida, al menos para el público de mediana edad. Trabajó en 40 ciclos televisivos, empezando en 1990 en Así son los míos, por Canal 13 (donde conoció a su primera mujer, Alejandra Darín, con la que tuvo dos hijos, Fausto, de 31 años, y Antonia, de 27; ambos actores) y concluyendo en 2008 con Vidas robadas, por Telefe. En el medio participó de programas infantojuveniles como Clave de sol, Montaña Rusa II, Verano del 98, Rebelde Way, Floricienta y la versión brasileña de Chiquititas (que se grabó en el país). También actuó en ciclos para adultos como Chiquilina mía, Solo para parejas, El sodero de mi vida, La Lola y muchísimas ficciones más.Su primer trabajo en teatro fue en 1990, en Gente como uno, la versión escénica del famoso film de Robert Redford (que había ganado el Oscar a la Mejor Película en 1981), donde interpretó a un culposo adolescente con fantasías suicidas. En 2000, ya con 10 obras en su haber, la consagración le llegaría con el protagónico en Bent (donde además debutó como director), la pieza sobre una persona gay que intenta sobrevivir en un campo de concentración nazi. Este rol lo encarnó en cine Clive Owen.También incursionó en el cine, en películas como Ojos azules, Caballos salvajes, Casas de fuego y The Man Who Captured Eichmann, una producción norteamericana donde tuvo la posibilidad de lucir su inglés. Por último, se puso detrás de las cámaras y dirigió seis cortometrajes.-En el comienzo de tu carrera conociste a Alejandra Darín. ¿Qué te enamoró de ella?–Todo, que era linda, noble y buena actriz. Como yo estaba prácticamente recién llegado al país no sabía que era hermana de Ricardo, o sea de alguien tan famoso. Con ella llegamos a hacer una buena dupla, tanto en la vida como en la actuación. Incluso, entre los dos armamos un teatro propio en la planta baja de nuestra casa. Se llamaba La Guarida y estaba ubicado en la esquina de las avenidas Jorge Newbery y Córdoba. Aún recuerdo cuando, junto a más de 20 actores, protagonizamos en esa sala Crimen y castigo, una obra que nunca se había hecho en la Argentina. Cuando nos separamos, después de 14 años de relación y dos hijos, yo le dejé la casa y el teatro. De ahí me fui sin nada. Ahora allí viven mis hijos.-¿Por qué se separaron? -Hubo un desgaste y nos separamos de común acuerdo. Después me enteré que ella no había tomado tan en serio lo de la separación y que pensaba que a los seis meses volveríamos. Y nada que ver, nunca tuvimos una charla al respecto, nunca nos dijimos ‘ahora tomémonos un tiempo y luego vemos’. Ella no entendió que nuestra separación era definitiva y se enojó muchísimo. Yo dije basta y cerré ese capítulo de mi vida. Yo tenía 42 años y en lo único que pensaba era en cómo iba a ser la segunda mitad de mi vida. De hecho, a los dos meses, ya estaba saliendo con la que después fue mi segunda esposa y con quien tuve tres hijos (Agustín, de 20 años; Mariano, de 18 y Francisco, de 15). Con Paula, que tiene 20 años menos que yo, más tarde nos fuimos a vivir a Bariloche y duramos juntos siete años.-¿Por qué te fuiste a vivir a Bariloche?–Era una idea que me venía rondando hacía tiempo. Porque me encantaba el sur y porque pensaba que la vida tenía que ser algo más que estar siempre corriendo atrás de una zanahoria. Pero lo que realmente nos llevó a Paula y a mí a irnos, por no decir a huir, fue un robo violento con armas que sufrimos en una casa quinta en Del Viso. Y como nosotros ya estábamos construyendo desde hacía tiempo una casa en una montaña de Bariloche, allá nos fuimos con los niños. Pero a los cuatro meses nos separamos. Paula se fue y yo me quedé solo con los chicos en una cabaña en medio de la montaña, sin agua ni luz ni gas. Fue una época muy dura. Tenía que salir a buscar leña entre la nieve para calentar el cuarto donde dormíamos con los chicos. Y la plata se me empezó a escurrir de las manos. Hasta que logré acomodarme al ingresar a la educación pública, donde fui profesor de teatro de chicos de cuarto a séptimo grado a lo largo de 13 años. Hasta que me jubilé, el año pasado.-¿Cómo siguió mientras tanto tu relación con Alejandra y con Fausto y Antonia?– Mal. Yo siempre fui un papá presente, lo que pasa es que no tenía un mango y por eso no podía venir a visitar a Fausto y a Antonia. Llegué a hacer obras de teatro con una barba larguísima porque no tenía para comprar una maquinita de afeitar. Cuando me fui a vivir a Bariloche nunca pensé que me sucedería algo así. Estuve dos años sin verlos por falta de plata. Eso realimentó la relación conflictiva con Alejandra. Pero yo no los dejé en la lona, yo les dejé la casa sin pedir nada a cambio. Les quedó la casa y el local, donde antes estuvo nuestro teatro. Ese local, precisamente, les dio de comer todos esos años y aún lo sigue haciendo. De alguna manera eso compensó todo lo que no pude girarles a lo largo de los años. Mientras, al comienzo, pedía plata prestada para poder alimentar a mis otros hijos, los que estaban conmigo en Bariloche, y cuando me iba bien con alguna obra, la devolvía.-¿Con el tiempo reconstruiste la relación con Fausto y Antonia?– Sí, pero no fue fácil. Tanto para ellos como para mí fue un proceso dolorosísimo. Es que se quedaron con aquello de que el papá se fue y no se hizo cargo de nada. Fue un proceso de mucho trabajo, pero logramos recomponer la relación. De todos modos, los tres sabemos que hay años que hemos perdido. Yo me perdí la adolescencia de ellos por no poder viajar, o por hacerlo muy de vez en cuando y por pocos días, y sé que eso generó un enojo terrible. Pero no fue algo elegido, son cosas propias de la vida. Se los pude explicar y ellos lo entendieron. El dolor por las ausencias o por lo que no fue podrá seguir estando, pero al menos tiene una explicación.-¿Cómo te tomó la muerte de Alejandra a comienzos del año pasado? ¿Habían logrado hacer las paces?-Sí, con Alejandra ya estaba todo bien, habíamos hecho las paces hacía rato y teníamos una excelente relación de amigos. Una vez, incluso, hasta me prestó plata para poder venir a ver a los chicos. Y yo se la devolví, por supuesto. Ella quedó muy amiga de mi familia de origen, fundamentalmente de mi mamá. Pasado el vendaval, vino algunas veces a Bariloche y se quedó en mi casa, como yo también me quedé en el que había sido nuestro hogar. Una vez vino en auto con Antonia y su novio y se quedaron como diez días. También pasamos varias fiestas juntos. Además, siempre se llevó muy bien con mis tres hijos de mi segundo matrimonio y hasta me ofreció una habitación de su casa si uno de ellos quería venir a estudiar a Buenos Aires. Yo siempre estuve al tanto de la gravedad de la situación, de hecho me vine corriendo para acá en cuanto le diagnosticaron cáncer. Como en un momento parecía que ya no había rastros del cáncer, se vino al sur para asistir al casamiento de mi hermano Marcelo, que vive en San Martín de los Andes. Pero después el tema recrudeció y empezó a decaer. Hasta que un día me llamaron a la mañana y a la tarde ya estaba acá. Nunca lo dudé: asistí a su entierro por ella y por mis hijos.-En 2004, además de tu separación de Alejandra, viviste otro hecho doloroso.–Sí, la muerte de mi hermano menor en un tsunami. Fue algo durísimo. Fernando era fotógrafo, un divino, talentosísimo, que vivía junto a su pareja (Nate Berkus, un famoso diseñador de arte) desde hacía años en Nueva York. Se habían ido de vacaciones a Sri Lanka (una isla paradisíaca ubicada al sur de la India), un lugar absolutamente apacible, donde sin embargo sucedió algo inesperado y aterrador. Se produjo un tsunami y una ola se lo barrió como si nada. Su pareja logró aferrarse a un poste de luz y luego refugiarse en el techo de una casa, pero él no, murió así a los 39 años, justo un día después de Navidad. En total murieron por ese tsunami 250.000 personas y el cuerpo de Fernando nunca apareció.-¿Por qué volviste? ¿Fue difícil tomar la decisión de dejar la vida de montaña atrás?–Porque vinieron todos mis hijos y el más chico no podía estar solo acá. Agustín está estudiando Diseño de imagen y sonido en la UBA, Mariano va a empezar a cursar la carrera de Historia en la facultad pública y Francisco, que está en tercer año de la secundaria, quiere ser jugador de fútbol y para eso ya se está entrenando. Supongo que será el único de la familia que va a generar plata (risas). Lo mejor de todo esto es que, por fin, puedo tener a todos mis hijos juntos. A ellos junto a Fausto y a Antonia. Lo pude lograr recién ahora, cuando me jubilé y me liberé. Alquilé mi casa de Bariloche y con eso pago el alquiler de una casa acá, en Colegiales. Allí vivo con los más chicos y espero que en algún momento nos acompañe mi novia, Natalia, que es profesora de educación física y también actriz y música.–¿Cómo se conocieron?–No conocimos en Bariloche. Con ella mantengo una relación desde hace cuatro años. Ahora, ya radicado en Buenos Aires, me estoy dedicando con todo al teatro. Estrené recientemente en El Método Kairós (El Salvador 4530) la comedia Si te he visto, sí me acuerdo, que escribí y dirigí y que coprotagonizo con Natalia De Cicco, los sábados a las 18.-La obra que hoy te convoca en Buenos Aires habla de “el amor después del amor”, de las segundas oportunidades con una ex. ¿Te ha pasado algo así? ¿Te podría haber sucedido con Alejandra?–Bueno, un día, cuando ya teníamos muy buena relación, y ella estaba sola aquí y yo allá, en Bariloche, criando tres hijos, le dije por teléfono: ‘¿Sabés lo que soñé?’. Que cuando seamos más grandes por ahí volvemos a estar juntos. Y ella me respondió: ‘Bueno, no tardes mucho porque si no nos vamos a poner muy viejos’. Pero no sé si eso hubiera pasado. Sé que ella estuvo muy enamorada de mí y yo de ella. No sé qué hubiera pensado Ricardo. Yo creo que él está enojado conmigo. En el velatorio de Alejandra me saludó como si fuera una persona más. Para mí se quedó con esa primera versión de que yo era un mal tipo y un mal padre. Le falta un capítulo para comprender bien cómo fue la historia en realidad. Ojalá que algún día la entienda.Si te he visto, sí me acuerdo. Dramaturgia y dirección: Alex Benn. Elenco: Alex Benn y Natalia De Cicco. Sala: El Método Kairós (El Salvador 4530). Funciones: los sábados a las 18. Entradas por Alternativa Teatral.Agradecimiento: Novotel Buenos Aires Navegación de entradasDe un departamento en Queens a Gracie Mansion: la declaración de impuestos que muestra cuánto ganaba Mamdani