Hay una fotografía de Francesco Tonucci a los cinco años en el jardín de infantes en la que se lo ve serio, usando un guardapolvo blanco y rodeado de compañeros. Ninguno de los chicos sonríe. Tampoco las maestras. Es la imagen clásica de un curso escolar, pero Tonucci la recuerda especialmente porque sabe que aquel niño que miraba a cámara estaba en realidad deseando que terminara la jornada escolar para salir a jugar.Ese recuerdo es uno de los tantos que han motivado a este pedagogo e investigador italiano de 86 años —también conocido por su seudónimo como caricaturista, Frato— a dedicar la mayor parte de su vida a pensar cómo deberían vivir, aprender y jugar los chicos de todo el mundo.Nacido en Fano, una pequeña ciudad italiana sobre el mar Adriático, 25 días después de que Mussolini declarara la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, Tonucci identifica claramente su primer recuerdo infantil: tenía tres años y, mientras las bombas caían sobre la ciudad, él no sintió miedo. Estaba maravillado por la forma en la que las bengalas iluminaban el cielo. Aquel recuerdo, que podría ser una escena de terror, quedó en su memoria con una extraña belleza.Quizás por eso, cuando Tonucci habla de la infancia, no parece hablar solamente de una categoría sobre la que ha investigado durante más de medio siglo. Habla de un territorio que recuerda con mucha claridad y al que de alguna forma todavía pertenece.La guerra y la pobreza de la posguerra, los hermanos, los juegos en la calle, el barro, los árboles y unas cajas de medicamentos vacías que se transformaban en casas o barcos forman parte de una infancia que Tonucci conserva con precisión.La escuela fue, durante años, una sucesión de horas sentado y callado en la que nadie parecía interesarse demasiado por aquello que a él sí le importaba. Sin embargo, casi por casualidad —algo que parece haberse repetido a lo largo de su vida—, terminó profundamente vinculado con la escuela.Tonucci es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones de Italia y creador del proyecto internacional La ciudad de los niños, que busca escuchar a los chicos y pedirles su punto de vista para generar políticas públicas que los pongan en el centro de la planificación urbana. Durante los últimos 32 años, más de 300 ciudades de Europa y América Latina han adoptado este enfoque, entre ellas Rosario y la Ciudad de Buenos Aires.Ahora, desde su casa en Roma, impulsa una nueva campaña, #YoSalgoAJugar, que propone un pacto entre chicos, familias y escuelas: que los niños puedan renunciar al celular a cambio de recuperar algo que alguna vez pareció natural y que hoy resulta casi revolucionario: salir de casa a jugar con amigos sin adultos que los acompañen.—¿Cómo era ese niño antes de convertirse en el hombre que dedicó su vida a pensar justamente la infancia?—Creo que las dos cosas tienen relación. Mi actividad profesional tiene mucho más que ver con mi infancia que con mis estudios. Mi primer recuerdo de niño es el bombardeo de mi ciudad. En 1943 yo tenía tres años y mi ciudad, Fano, donde nací, fue bombardeada por los aliados que intentaban frenar el regreso de las tropas fascistas y nazistas que ocupaban Italia por entonces. Es interesante reconocer que en realidad es un recuerdo muy bonito en mi memoria. Es difícil porque debería ser un recuerdo espantoso, pero para mí, el bombardeo fue como ver fuegos artificiales. Era el atardecer y las bengalas hacían una luz enorme y las pelotitas que bajaban de los aviones explotaban. Para un niño tan pequeño era algo mágico. A este recuerdo se suma otro inolvidable de una noche en un refugio que era una gruta en la pared del río donde varias familias estaban defendiéndose de los peligros. Para mí era una emoción enorme porque lo normal era acostarnos muy temprano. Esa noche la pasamos despiertos, con otras personas. Ese es mi primer recuerdo de la infancia. Después, con los años, me di cuenta de que esa fue la primera vez en la historia moderna en que la guerra se vivía en las ciudades las que destruía. Justamente, esta reflexión sobre ciudades destruidas fue un poco la idea que comenzó el proyecto La ciudad de los niños. Yo pensaba “las ciudades tenían que reconstruirse y se podría haber elegido cómo reconstruirlas”—Qué importante el recuerdo de aquella noche diferente, que es un poco lo que hace el juego en la infancia. En ese sentido, ¿qué lugar ocupaba el juego cuando usted era niño?—Para contestar esa pregunta necesitaría una semana. Si me hicieras la misma pregunta sobre la escuela, podría resolverla en pocos segundos. Es decir, el juego en mi infancia fue la vida. Yo viví la infancia jugando. Cuando no podía jugar, estaba programando el juego. Esta era mi ocupación principal en el tiempo escolar: pensar cómo pasar la tarde. Por suerte, en aquella época la escuela tenía una duración de solo cuatro horas, no como hoy que en Italia es muy frecuente una escuela de ocho horas, que, paradójicamente, se considera un regalo a los niños. Para mí, las cuatro de la mañana eran preparatorias de las dos o tres de la tarde, en las que salía con mis hermanos o solo para encontrarme a jugar con amigos, y nunca, pero nunca, con la presencia de los padres. La idea de que un padre acompañara a un chico a jugar era simplemente ridícula y podía provocar la risa de los vecinos. Eso no existía; estaba fuera de la imaginación, incluso en Fano, que era una ciudad bombardeada muy peligrosa, y aun así se salía todos los días y así fue por mucho tiempo. En Roma, a mis hijos tampoco los acompañé nunca a jugar, y eso que se trataba de una ciudad con tres millones de habitantes y un nivel de peligro mucho más alto de lo que tenemos hoy en día. Esto para decir que se reconocía que los niños, como no tenían cosas importantes para hacer aparte de la escuela, una vez hechos los deberes podían salir a jugar y perder el tiempo.—¿A qué jugaban particularmente? —Era una época en la que aún no había columpios ni toboganes en las ciudades. Se jugaba de manera totalmente distinta. Jugábamos en la vereda debajo de casa, pintábamos rayuelas con tiza en el asfalto, jugábamos en la tierra con canicas de barro. En terreno con hierba jugábamos a subirnos a los árboles y soñábamos con construir cabañas que nunca se realizaban. Se jugaba mucho en la ciudad, pero también en el campo cuando se iba a visitar a los abuelos. Había cañas, que fueron un material de juego de toda la infancia, cambiando los juegos con el cambio de las mismas plantas. Eran distintos los juguetes con la caña verde o la caña seca. Se hacían flautas para tocar, escopetas para lanzar trocitos de madera. Se hacían pipas para imitar cómo fumaban los adultos. Se hacían barcos con las hojas. Íbamos al río. Se aprovechaba mucho la naturaleza y transformando cosas. El barro fue el juguete de toda la infancia. Y aparte había un montón de juguetes que se fabricaban en casa. Hay que tener en cuenta que éramos una familia humilde en plena posguerra. No había dinero ni juguetes, por lo cual una parte importante de jugar era la construcción de los juguetes y esto desarrolló en nosotros una habilidad manual que sigo usando hasta hoy. Mi padre era enfermero y un papel fundamental en mi formación han tenido las cajas de los medicamentos que mi padre llevaba a casa. Eran cajas vacías que se transformaban en casas, coches, y muchísimas cosas. Éramos cuatro hermanos siempre peleándonos para elegir las mejores cajas. Han sido una referencia en mi mundo infantil y sigo pensando que muchas veces a los niños les interesan más las cajas que los juguetes que llevan dentro.—¿Diría que fue una infancia con más uso de la imaginación que la que hacen los chicos hoy?—Totalmente. Hoy los chicos no necesitan imaginar porque el mundo de los adultos ha reconocido a la infancia como un mercado. Un mercado poderoso y fácil. Y como los adultos estamos viviendo con bastante sentido de culpabilidad en ese sistema mercantil, esta culpa se paga con dinero. Por lo cual, la industria del juguete, que no existía en mi infancia, no había tiendas de juguetes, hoy es una garantía para un mercado rico. Más tengo culpa y más tengo que comprar cosas de valor para que la culpa se reduzca. Es una pena que todo se resuelva de esta manera. Pensemos, por ejemplo, en la forma en que los juguetes para niños entraron en las farmacias. ¿Por qué? Si no es una medicina. Pero uno se queda más tranquilo ante la idea de comprarlo en una farmacia y entonces se está dispuesto a pagar el doble.—Mencionó varias veces a sus hermanos en los recuerdos de infancia. Hoy atravesamos una época de baja de natalidad en la que el formato de familia con hijos únicos empieza a ser el más habitual. ¿Qué rol tuvieron sus hermanos en su infancia?—Yo tenía mucha relación y pasaba mucho tiempo con un amigo que vivía enfrente y era rico. Nuestra casa tenía el tamaño de una habitación de la suya. Tenía juguetes y cosas, pero me envidiaba mucho porque yo era más creativo que él y cuando venía a nuestra casa admiraba que yo siempre estaba con tijeras en mano recortando juegos de papel. En su casa me daba papeles enormes para que hiciera lo mismo, pero más grande. Pero también tenía mucha relación con mis hermanos porque era una petición fuerte de nuestra madre, la de jugar juntos, especialmente los tres primeros, que éramos muy pegados y compartíamos los juegos literarios y artísticos. El mayor temor de mi madre era que el más chico se quedara aislado, porque era algunos años menor y le interesaba más la mecánica. Mi hermano mayor tenía una vocación religiosa muy grande y a los once años se fue al seminario para ser cura, por lo cual jugábamos muchísimo a la misa. Y el problema fundamental era que al pequeño no le interesaba nada. No quería asistir a misa, pero como estaba esta imposición tan grande de mi madre para que jugáramos juntos, tuvimos que inventar algo para que pudiera asistir, entonces lo nombramos obispo. Le preparamos el sombrero, se sentaba en una silla y con esto él soportaba la misa porque tenía un rol importante. Ya ves la variedad de juegos que teníamos en casa.—Se jugaba más con el contexto y el ambiente, ¿no?—Claro, y como dije, la naturaleza jugaba un rol importante también… era una ciudad de mar, entonces también todo cambiaba cuando llegaba el verano e íbamos a la playa y podíamos jugar con la arena. O en casa la escalera iba cambiando, por ejemplo. Era escuela, teatro, mercado. Cuando poníamos el mercado en la escalera y un vecino quería pasar, desmontábamos todo y lo volvíamos a armar. Creo que había más paciencia tanto por parte de los adultos como de los niños.—Hablemos un poco sobre sus recuerdos de la escuela. En su biografía usted cuenta que le llamó la atención una foto de usted mismo en el jardín de infantes en la que nadie sonreía. Ni niños ni maestras. ¿Cómo recuerda la escuela?—Yo siempre digo que durante toda la escuela obligatoria, es decir, primaria y secundaria, yo iba todos los días esperando encontrarla cerrada, envidiando a todos los que me cruzaban en el camino que no tenían que ir a la escuela. Esa era mi esperanza. Para mí la escuela fue un sufrimiento, un tiempo perdido.—¿Por qué?—Tanto tiempo sentados y callados. Tenía que hacer cosas que no me interesaban. Nadie se interesó porque me gustara algo. O mejor dicho, lo que me interesaba a mí, como me salía tan bien, no preocupaba ni tenía importancia. Yo siempre fui el mejor en dibujo, pero esto no interesaba a nadie. En la secundaria sufrí mucho por álgebra. Los binomios fueron mi tormento y hasta hoy sigo pensando si tuvo sentido que la escuela se preocupara durante tres años solo por esto, que no me interesaba, no lo entendía y no lo sabía. Todo el esfuerzo de la escuela era para que yo recuperara este tema.“El juego hay que reconocerlo como la experiencia más importante de la vida, no solo de la infancia; es la experiencia en la que los niños aprenden más, mucho más que en la escuela”—¿Todos los niveles escolares los recuerda de la misma forma negativa?—Primaria y secundaria sí, tanto que las olvidé o recuerdo cosas feas o ridículas. Mi maestro de primaria, por ejemplo, tenía una varita para pegarnos en las manos. Yo estaba aterrorizado por esa varita y me cuidaba mucho para no entrar en ese peligro. Una vez otro maestro sacó una manzana a un compañero y se la comió, para explicar tiempos verbales.—En este contexto escolar tan poco feliz, ¿hubo alguien que lo salvara?—Todo cambió, de casualidad, cuando pasé a la escuela superior. La casualidad fue algo que me acompañó toda la vida. Yo pensaba que me tocaba ir al liceo, que es la escuela más alta como nivel escolar en Italia y es el pasaje a la universidad. La formación preuniversitaria básicamente. Pero como en mi familia éramos cuatro hijos y teníamos problemas económicos, mis padres me dijeron: ¿Qué hacemos? Nosotros no podemos mantener a dos hijos en la universidad. Y como mi hermano menor, el tercero, estudiaba con gusto y buenos resultados, en el verano previo a inscribirme al liceo me propusieron que estudiara para ser maestro, que era una formación más breve y daba acceso a una plaza de trabajo. Para mí fue un regalo, una lotería, porque esto era más fácil y más breve.—¿Y la perspectiva de ser maestro lo entusiasmaba después del desagrado que le había causado la escuela? —No. Para mí el magisterio era simplemente una escuela más corta y más fácil. Hasta ese momento no tenía ningún interés en la enseñanza. Lo raro que ocurrió es que como fue una escuela tan fácil salí siendo el mejor de la escuela y uno de los mejores de la provincia. Esto me dio acceso a dos becas, una para estudiar en Roma y otra para una residencia estudiantil de la Universidad Católica de Milán, que fue la que finalmente acepté.—¿Cuándo apareció entonces la vocación por la educación y el estudio de la infancia?—Nunca. Es decir, nunca apareció como vocación. Yo me recibí como doctor en Pedagogía, que debería ser la formación para la escuela, pero en aquellos años estudiar pedagogía era estudiar filosofía prácticamente. Después de recibirme, enseñé dos años, pero no porque me interesara, sino porque no tenía dinero. Y ahí cambió mi vida. Fui a enseñar a Saló, un pueblo en el Lago de Garda. Ahí conocí a mi mujer. Nos casamos y tres años después me ofrecieron entrar en el Consejo Nacional de Investigación italiano, en el Instituto de Psicología, y ahí empieza una vida distinta que, en teoría, no tenía relación con la escuela ni la educación. Entonces siguieron ocurriendo cosas casuales. Leí Carta a una maestra [libro publicado en 1967 por los alumnos de la Escuela de Barbiana, bajo la guía del sacerdote y educador Lorenzo Milani], que fue el libro de mi conversión. En los dos años que enseñé, me había hecho una idea de cómo debería ser un buen docente, alguien preparado, capaz de enseñar a los alumnos, creativo, interesado en sus alumnos y justo. Bueno, resulta que este libro dice lo contrario, que el maestro no puede suspender. El papel de la escuela debe ser siempre aprobar.“Mi maestro de primaria, por ejemplo, tenía una varita para pegarnos en las manos. Yo estaba aterrorizado por esa varita y me cuidaba mucho para no entrar en ese peligro. Una vez otro maestro sacó una manzana a un compañero y se la comió, para explicar tiempos verbales”—En una época en la que ese discurso no estaba para nada difundido…—Tal como no está difundido hoy. Es decir, sigue siendo un discurso revolucionario. La escuela sigue evaluando. Suspende menos, sobre todo en los primeros años, pero lo sigue haciendo. Cuando leí este libro, reconocí que tenía razón y creó una profunda crisis. Yo ya estaba empezando una relación con el mundo de la escuela como formador, no como enseñante, y me encontré con dificultades porque este cura, el autor, había muerto ya y quería hacerle muchas preguntas. Empecé entonces a leer todo lo que encontré suyo y así encontré un segundo libro que cambió mi vida: El país errado, de Mario Lodi. Mario, por suerte, estaba vivo. Le escribí y empezamos una relación; fuimos muy amigos hasta su muerte, en 2014. Estos dos libros y estas dos personas fueron para mí fundamentales para orientarme a la educación de una forma desde el principio transgresora. Desde ahí supe que la forma para educar no puede ser la enseñanza, debe ser algo que haga protagonista al alumno y no al docente.—¿En qué momento aparece Frato?—Yo pasé mi vida acompañando todo lo que hacía con la pintura. Dibujé toda la vida. Tengo la casa llena de dibujos, pinturas, esculturas. Eso podría haber sido mi vida, pero no he tenido el valor de elegir esto. Esa era la vocación más clara de mi infancia.Frato tiene dos apariciones. En 1966, cuando entré al Consejo Nacional, un colega que conocía mi capacidad gráfica y naturaleza artística estaba estudiando el problema de la agresividad infantil y quería hacer un test gráfico para medir esa agresividad. Entonces me pidió que me encargara de dibujar las viñetas del test. Ahí yo dibujo ese cuadernillo que son los personajes hoy más conocidos de Frato. Pasaron dos años y, en el 68, cuando fue un momento de revolución mundial de los jóvenes, los jóvenes empezaron experiencias de democratización de la cultura. Allí empecé a publicar viñetas en la contratapa de una revista mensual, pero como pensaba que no era un trabajo artístico, no quise firmar con mi nombre y usé un seudónimo: Frato.—Después de más de medio siglo trabajando por los niños, ¿qué lo mueve a lanzar una nueva campaña, #YoSalgoAJugar? —Cuando propuse La ciudad de los niños, en 1991 en Fano, la primera petición que hice fue que los niños pudieran salir de nuevo de casa sin adultos para vivir la experiencia del juego y la autonomía. El juego hay que reconocerlo como la experiencia más importante de la vida, no solo de la infancia, es la experiencia donde los niños aprenden más, mucho más que la escuela. En mi infancia, pero también en la infancia de mis hijos, los niños salían de casa todos los días para jugar. Después de algunos años esto desapareció de la vida de todos los niños y niñas, y la gente justifica este cambio diciendo que las ciudades dejaron de ser lugares tranquilos y seguros para ser peligrosas e inseguras. Y no es verdad. Las ciudades han mejorado y disminuido el peligro en todos lados. Esto fue una motivación para que los niños vuelvan a salir. Salvar el juego, restituir el juego a la infancia. Y el otro elemento dramático y motivación de esta campaña es la presencia del celular en la vida de los niños y niñas desde muy temprano. El niño hasta una edad no debería poseer ni tener en sus manos un celular. Esto no es suficiente prohibiéndolos en la escuela ni controlando el uso en las familias ni el acceso a las redes a cierta edad, ¿qué podemos hacer? Ofrecer a los niños algo que les interese más que un teléfono. Nosotros proponemos un pacto entre niños, familia y escuela. Los niños renuncian al celular si la familia lo deja salir todos los días a jugar con los amigos sin acompañarlos y la escuela renuncia a dar tareas. Si las tareas son necesarias, y yo como pedagogo pienso que no tienen un sentido significativo; que se realicen dentro de la escuela bajo el control y garantía de los maestros.Esta campaña, lanzada hace dos años, cuenta con el apoyo de la Red Internacional La Ciudad de los Niños y la colaboración del Instituto Interamericano de Niños y Adolescentes de la Organización de Estados Americanos IIN-OEA, pero fundamentalmente se trata de fomentar el diálogo sobre el juego libre y la autónomo de los niños en las escuelas, con los pediatras, con las autoridades municipales, con los psicólogos infantiles y dentro de las familias.—¿Qué cree que el Francesco adulto conserva del Francesco niño?—Antoine de Saint-Exupéry escribió en El Principito: todos los adultos un día fueron niños, pero casi nadie se acuerda. Como ves, yo me acuerdo bastante y creo que conservar esos recuerdos de infancia es lo que me ayuda a entender a los niños. Navegación de entradasUna recreación para traducir lo inadaptable