La inspiradora idea que les devolvió “vida” a dos casas a punto de desaparecer
La inspiradora idea que les devolvió “vida” a dos casas a punto de desaparecer

Hay casas que desaparecen sin hacer ruido. Una mañana simplemente dejan de estar. Donde antes había un jardín, una cocina o una ventana desde donde alguien vio crecer un barrio, aparece un cerco de obra. Días después, la demolición borra las paredes, pero no necesariamente aquello que sucedió entre ellas.

Quizá por eso, la propuesta de Experiencia Laberinto resulta tan singular: intervenir un espacio que pronto dejará de ser. No para conservarlo, sino precisamente para aceptar su condición efímera y su transformación hacia próximas formas de habitar.

Intrigada por la propuesta, visité la exposición. Frente a una plaza de barrio encontré las dos casitas -como la llamaban los expositores- con las puertas abiertas. Bajas, gemelas, de arquitectura simple y suburbana. Al entrar, las casas deshabitadas cobraban una segunda vida: artistas, invitados del mundo de la fotografía y el arte, la comunidad del barrio y visitantes en general circulaban libres por habitaciones, cocina, baños, jardín.

Durante tres días, Ecos del tiempo en una tarde de domingo, tal como se llamó la muestra, convirtió esos ambientes domésticos en una obra en sí misma. Las paredes, los pisos gastados, escombros acá y allá, pastos altos, rincones vacíos y hasta las marcas del uso cotidiano se convertían en parte del lenguaje artístico fusionándose con fotografías, intervenciones, objetos jugando en cada rincón, paredes con mensajes y grafitis de los visitantes. La arquitectura aparece como escenario, pero también como memoria, como identidad y como registro de las historias mínimas que nos atraviesan puertas adentro. Al recorrer la muestra, espacio y obra perdían sus límites.

Ni Punta del Este, ni José Ignacio: la zona de Uruguay que promete un boom inmobiliario con propiedades que se revalorizaron hasta 80% en cuatro años

No había una curaduría tradicional ni un recorrido lineal. El hilo conductor era otro: apropiarse simbólicamente de un hogar que estaba a punto de desaparecer y construir un ritual de despedida.

“La muestra es la acción en sí misma”, me explica Paula Palavecino, publicista, artista visual y fundadora de Experiencia Laberinto. En este proyecto, el espacio no funciona como un simple contenedor de obras. Es parte esencial de ellas.

Los artistas en acción dejando sus creaciones en las paredes con aerosoles

Cada habitación dialogó con las intervenciones de los 22 artistas convocados, la mayoría provenientes de la fotografía, aunque expandiendo el medio hacia instalaciones, objetos y nuevas materialidades. “El resultado fue un recorrido donde las obras transforman el espacio y, al mismo tiempo, el espacio resignifica las obras”, cuenta Ana Sánchez Zinny, fotógrafa, curadora y gestora cultural que colaboró activamente en la gestación del proyecto.

Cada habitación dialogó con las intervenciones de los 22 artistas convocados

Hay algo profundamente arquitectónico en esa decisión. Porque una casa nunca es solamente una construcción. También es la acumulación de gestos cotidianos, recorridos y silencios. Las paredes conservan historias invisibles de quienes las habitaron y esa memoria fue uno de los materiales con los que trabajó la muestra.

Ana Zorraquín, una de las artistas participantes, contó que durante el montaje una mujer pasó por la vereda y reconoció la vivienda donde había vivido años atrás. La invitaron a entrar. Ella prefirió quedarse en la puerta. “Ya está”, dijo simplemente con una sonrisa en la cara.

En esas dos palabras parecía caber toda una vida.

Mientras ella reconstruía mentalmente jardines, habitaciones y escenas familiares, los artistas construían nuevas capas de significado sobre esos mismos espacios. Un último uso para una arquitectura cuyo destino ya estaba decidido. Un final después del final.

Una de las cocinas intervenidas

“Estas casas traen su propia historia de vida, un lugar con alma, al que los artistas nos permitimos transformar en un espacio donde se respira arte, dándoles un último atisbo de vida y sentido antes de ser demolidas”, expone Claudia Beherense, otra artista.

Las escaleras como soporte de una instalaciónLejos de plantear una mirada nostálgica, la propuesta invitó a detenerse un instante antes de ese cambio inevitable

El lado B de los lugares elegidos como Patrimonio Mundial de la Unesco: cuáles son y qué problemas enfrentan

La experiencia también dialogó con una transformación que atraviesan muchos barrios del área metropolitana: viviendas familiares que desaparecen para dar lugar a nuevas tipologías residenciales. Lejos de plantear una mirada nostálgica, la propuesta invitó a detenerse un instante antes de ese cambio inevitable.

¿Qué ocurre con la identidad de un lugar cuando deja de existir? ¿Qué parte de una casa permanece viva después de su demolición?

Más que responder esas preguntas, la muestra las dejó abiertas.

Experiencia laberinto propone intervenir casas antes de ser demolidas

El último domingo antes de desaparecer

El cierre fue quizás el gesto más simbólico. Se realizó el apagón final que permitió recorrer las viviendas únicamente con linternas. Un ritual de despedida. Una invitación a mirar con nuevos ojos lo vivido. Cada uno de los visitantes que estábamos ahí reconstruimos el espacio desde otra percepción, como quien intenta retener por última vez el recuerdo de un lugar antes de despedirse definitivamente. El último adiós.

Los expertos en psicología coinciden: quienes tienen una silla con ropa acumulada no son desordenados y lo hacen por practicidad

A las 18 horas del domingo se realizó el apagón final que permitió recorrer las viviendas únicamente con linternas

En ese gesto final residió el corazón y sentido de la muestra Ecos del tiempo en una tarde de domingo: producir una experiencia, ser interpelados como espectadores y adueñarnos del espacio para completar la obra. Entender, al final del día, que hay vivencias -y viviendas- que no buscan perdurar, solo dejar huella.