Vengo pensando en epitafios.No es que me vaya a morir pronto. Bueno, nunca se sabe.Días atrás, mientras perdía tiempo en Instagram, la foto de una lápida llamó mi atención. Sobria, apenas tenía talladas unas pocas líneas: “Joey / 1987-2004 / Él no era el amanecer. Él no era el atardecer. Él era el sol”.La inscripción no rendía homenaje a un chico muy joven, sino a un perro muy viejo llamado Joey, un schnauzer que murió a los 17 años.Conozco algo sobre los epitafios. Sé que la palabra viene del griego y que se originaron en el Antiguo Egipto.En Internet, las funerarias señalan que un buen texto en la lápida debe reflejar “los valores y la personalidad del fallecido” y no “chistes internos o frases hechas”. ¿Extensión aconsejada? Entre 30 y 70 caracteres.Invariablemente, esas líneas dedicadas a Joey me hicieron pensar en Lisa, mi perra anciana. El tiempo me recuerda con gestos crueles que ya no es una cachorra: empezó a perder la vista, se cansa más rápido en los paseos. Solo su cariño se mantiene invariable.Casi como un juego, intenté imaginar qué podría decir de ella al final, pero abandoné el proyecto enseguida. No pude. Odio pensar en un mundo sin ella.“Odio pensar en un mundo sin ella”. Son 30 caracteres. Puede ser. Navegación de entradasEncontraron muerta a Narela Barreto, la argentina que estaba desaparecida en Los Ángeles Buena Vibra 2026: la grilla completa de artistas, precios y cómo comprar las entradas disponibles