Si existe, nos vemos ahí
Si existe, nos vemos ahí

El domingo se festejó mi cumpleaños. Una decena de familiares –entre hermanos, cuñados, sobrinos y mi señora madre– se congregó alrededor de un banquete que incluyó picada, pastas caseras, masas finas y torta de chocolate. Solo faltábamos dos personas: mi mujer y yo, el agasajado, que pasamos la tarde en una clínica veterinaria. Allí debimos despedir a Dochi, nuestro gato de diecisiete años.

Dochi –oficialmente Donato, aunque también lo llamábamos Docho, Dochito, Dochers, Donovan y varios apodos más– fue primero el gato de mi suegra, luego el de mi esposa y, desde el año pasado, un integrante más de nuestra familia ensamblada. Tenía el pelaje blanco y suave, y unos ojos enormes que a mí se me hacían demasiado tristes. Era un engaño: nada en él era triste. Tenía un apetito prodigioso –y un oído absoluto para detectar cuándo se abría la heladera o una lata de atún– y era, además, un buscador descarado de mimos. A la hora de dormir, se te acurrucaba sobre el pecho y empezaba a ronronear. No un ronroneo suave y reconfortante, sino ruidoso y enérgico, como el motor de una lancha. De madrugada, cuando bajaba de la cama para atacar un plato de alimento balanceado, no dudaba en pisotear nuestra cabeza o caminar encima de alguno de nuestros perros. Era muy fácil quererlo.

Los diecisiete años –el tope de la expectativa de vida para la mayoría de los gatos domésticos– trajeron numerosos achaques de salud: el pelo se le llenó de nudos que no se dejaba peinar, se le dificultaba saltar y caminar derecho, se perdía de noche en lugares donde antes se movía con soltura y empezó a caerle mal la comida que antes devoraba sin miramientos. El último fin de semana se descompensó y dejó de comer y de tomar agua. Remontó un poco tras una visita a la clínica veterinaria, pero el alivio no duró. Menos de un día después, estábamos de nuevo en aquella sala de espera, con un pronóstico que resultó ser mucho peor. Esa tarde acariciamos a Dochi por última vez.

Mientras caminábamos de regreso a casa, con los ojos hinchados y un bolso transportador vacío, pensé en la gente que elige despedir a sus animales. Algunas personas llegan al punto de organizar exequias y ceremonias en cementerios exclusivos para ellos. Lo que no tenía del todo claro era qué decían las religiones al respecto. ¿Todos los perros –y gatos– van al cielo, como afirmaba esa película animada de los ochenta que me hizo llorar tanto? ¿O la vida eterna está reservada exclusivamente para los humanos?

Conocía, a grandes rasgos, la postura del catolicismo. Según la Biblia, solo los humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, únicamente ellos poseen almas inmortales. Al menos esa fue la doctrina hasta 2015, cuando el papa Francisco publicó la encíclica Laudato si. Allí escribió que “la vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados”.

¿Y qué pasa con los demás? En el judaísmo, por ejemplo, la Torá reconoce que los animales poseen “nefesh chayah”, el aliento de vida, aunque es distinto del alma humana. No se dice mucho más. Tampoco en el budismo ni en el hinduismo, donde, según el karma, cualquier criatura puede reencarnar como persona y viceversa.

Hace poco conocí una leyenda ajena a las grandes religiones. Es la que habla del “Puente del Arcoíris”, una pradera infinita donde los animales esperan para reencontrarse con sus humanos y partir juntos hacia el más allá. Allí están todas las mascotas que nos acompañaron a lo largo de la vida –desde la infancia hasta la vejez–: perros, gatos, canarios, lo que sea. Vaya para todos ellos un saludo desde acá por el Día del Animal.

El “Puente del Arcoíris” suena un poco cursi, sí, hasta infantil. No importa, igual me parece una idea hermosa. Si existe, Dochi, nos vemos ahí.