Pipi salió de la facultad y se fue directo para el restorán de hamburguesas que su viejo tenía en el barrio de Las Cañitas. Se había escapado de su primera clase de la carrera de Marketing; se levantó así nomás y le dijo al profesor: “Disculpe, esto no es para mí”. En el restorán estaban su padre y su abuelo Astor, que actuaron en bloque: el primero agarró los apuntes y los tiró al tacho sin culpa, pese a que había pagado la matrícula; el segundo le palmeó la espalda a Pipi y, como un Dios burlón, selló su destino. “Qué grande, pibe. Sé músico; sé pobre, pero sé feliz”. Así arranca la historia de Pipi Piazzolla, quien es hoy uno de los mejores bateristas de la Argentina. En esta entrevista con LA NACION cuenta cómo descubrió los ritmos escuchando los bombos de la hinchada de River, cómo revisitó la obra de su abuelo Astor con Escalandrum -el sexteto que dirige desde hace más de dos décadas- y evoca algunas de las bromas más pesadas del genial bandoneonista.Hay en este momento una verdadera “Piazzollamanía”. No solo terminó hace poco, con gran éxito, Astor, Piazzolla eterno, en el Teatro Colón (más de 70.000 entradas vendidas durante el verano), sino que cada vez más artistas de música urbana se le animan a la obra del legendario músico. De hecho, hace unas semanas, Cazzu sorprendió al público en el Movistar Arena con una versión de Yo soy María, de Piazzolla y Horacio Ferrer. No se puede decir que el auditorio entendiera bien de qué iba la mano, pero a Cazzu tampoco pareció importarle (parecía más bien un gusto que se quería dar).“Lo del Colón fue muy bueno, porque lo pensé como lo que era: un musical. Uno está acostumbrado a escuchar la obra de mi abuelo y ver a los músicos en el escenario. En este caso, todos los actores y cantantes eran Piazzolla; no había uno que hacía de Troilo, por ejemplo. Todos eran Piazzolla y entonces no había una figura protagonista. Me pareció genial la idea, y además participaron amigos, como Nicolás Guerschberg -pianista de Escalandrum-, en la dirección musical, y el guitarrista Lucio Balduini”, describe.“Cómo está Piazzola, ¿eh? A full”, se alegra Pipi, sentado a la mesa del comedor de su casa, junto a un gran piano de cola que heredó de Daniel, su padre. El baterista se levantó a las siete de la mañana a estudiar y tiene que dar una clase en una hora, pero se hace un hueco para recibir a LA NACION en su hogar de Coghlan.LA NACION con Daniel “Pipi” PiazzollaLa charla empieza hablando de River y de la partida de Marcelo Gallardo como DT. “Me re dolió que se fuera; no merecía eso, fue tremendo”, admite el baterista, que incluso le dedicó al técnico un tema, “La Gallardeta”. Pipi va a la cancha todos los domingos con su hija, Mora; llegan al Monumental una hora y media antes del partido para conseguir asiento en la platea San Martín alta.Desde esa ubicación, bien a la derecha de la tribuna, tienen una vista y una escucha privilegiada de la sección percusiva de la barra. “Yo veo el partido y al mismo tiempo presto atención a los bombos, que son de murga y tienen platillo”, comenta, y dice que una vez lo invitaron a tocar, pero no se animó. “No es joda estar ahí en la hinchada”.Esa fascinación por los ritmos en el estadio comenzó en 1984. cuando fue a ver River-Deportivo Español en el Monumental. “Veníamos de la dictadura y no es como ahora, que hay murgas en la ciudad y grupos de percusión en las plazas. No había nada; el único lugar donde encontrabas esas movidas era en la cancha”, recuerda. “Esa cosa gutural de los bombos sonando todos juntos me volvió loco. Ahí fue que se me dio por copiar los ritmos en mi casa, en todos lados”, cuenta.De Soda Stereo a Los ÁngelesDe chico, antes de descubrir la música del Monumental, Pipi tocaba piano clásico. A los 17 años fue a ver a Rod Stewart a River -en febrero de 1989- y quedó engatusado por un solo de batería en una parte del show. “No lo podía creer: estaba el bombo de la murga, los tambores, pero los tocaba un solo tipo”, se asombró entonces.“Cuando tenía cuatro o cinco años, mi abuelo tocaba con el Zurdo (Enrique) Roizner y Luis Ceravolo, pero yo los veía desde abajo. Cuando fui a mi primera clase de batería y vi los pedales en el piso, me sorprendí; era todo nuevo y me fanaticé desde el principio”, rememora.—Tu padre hipotecó su casa para que pudieras estudiar afuera. ¿Fue así?—Sí. Me fui a Los Ángeles en 1992, pero antes pasaron cosas… En 1990 fui a ensayar con un grupo de música rioplatense, al que me mandó mi profesor de batería en Buenos Aires. Yo estudiaba con partituras de batería, pero me pusieron a leer partituras de orquesta, en las que no hay ningún ritmo escrito. Es decir: te ponen bossa nova y vos tenés que tocar bossa nova, pero no figura nada escrito. La verdad es que no emboqué una, y al rato el pianista me dijo: “¿No te da vergüenza, siendo Piazzolla, ser un ladrón?”. Yo tenía 18 años. Casi dejo la música. Me fui muy mal. Hasta me olvidé el bombo en la sala de ensayo.—¿Cómo reaccionaste después de ese día nefasto?—Me angustié mucho, pero no le conté a mis viejos. De golpe un tipo grande te grita y te dice que sos un ladrón… Y vos sos un pibe. Y te das cuenta de la magnitud del apellido. Fue una frase muy destructiva.—¿Y cómo terminaste en Los Ángeles?—En esos años leía unas revistas que se llamaban Modern Drummer. Y en un aviso vi: curso intensivo de un año en Los Ángeles, en el Musicians Institute. Los Ángeles es la capital mundial de leer partituras, porque se hace la música de todo: dibujitos animados, documentales, películas. Mandé una carta. A los meses me respondieron que tenía que grabar un casete, tocando. Lo grabé, lo mandé y después me llegó la respuesta: “Entraste a la escuela”. El curso tenía fecha de inicio en septiembre de 1992. Me acuerdo de que costaba 5300 dólares el año y era algo “pagable”, dentro de todo, en ese momento. Hoy debe costar unos 50.000 dólares.—¿Qué dijo tu padre cuando le contaste?—En esa época yo trabajaba en su restaurante de hamburguesas. Le dije: “Pa, me aceptaron en esta escuela de Los Ángeles. Sale 5300 dólares”. Mi viejo no tenía guita, el restaurante andaba muy flojo, un socio lo había cagad… Entonces hipotecó la casa para que yo me fuera a estudiar allá.—¿Te acordás del primer día de clases?—Me tomaron un examen y entré al nivel más alto. Éramos 70 bateristas en ese nivel, y todos eran mejores que yo. Cuando el profesor tomó lista y leyó mi apellido, frenó al toque. “¿Usted tiene algo que ver con Piazzolla?”. Respondí que era su nieto. Entonces le pidió a todos en el aula que me vinieran a saludarme. Fue una gran emoción.—Qué presión, ¿no?—Y… mi padre había hipotecado la casa y yo estaba representando el apellido. Me puse a estudiar entre 14 y 17 horas diarias durante todo ese año. Al final, quedé entre los tres mejores bateristas de la escuela.—¿Seguís teniendo esa disciplina de estudio?—Sí. Hoy me levanté a las siete y practiqué. Me cuesta, ¿eh? No es que amo la mañana; la odio. Pero lo hago igual. Es una gimnasia. No hablo sólo de algo técnico, sino de algo que hago para mí. Cuando vivía en Los Ángeles me levantaba a las cuatro de la mañana para practicar.“Cuando el profesor tomó lista y leyó mi apellido, frenó al toque. ‘¿Usted tiene algo que ver con Piazzolla?’. Respondí que era su nieto. Entonces le pidió a todos en el aula que me vinieran a saludarme. Fue una gran emoción”—¿Qué significa estudiar batería cuando uno toca jazz?—Uno practica para resolver las cosas que no le salen tan bien, como en la vida. Y como yo toco jazz y hay mucha improvisación, es como si tuviera que hablar con la batería. Hablar con un instrumento no es fácil: todos los días te encontrás con algo distinto, con una habilidad y una dificultad nueva. Siempre hay puntos débiles, que hay que trabajar para que pasen a formar parte de tu vocabulario.—¿Qué música escuchabas de adolescente?—Mi grupo número uno era Soda Stereo. Número dos, Virus. Y después Charly García. De afuera, escuchaba a The Police, Queen, Pink Floyd. Y también tuve una época en que escuchaba un poco de techno, como New Order.—¿Nunca te tentó ser baterista rock? ¿Esa cosa medio trillada de la fama y el reviente de los rockeros?—Me preparé para ser baterista de rock, pero la vida me fue llevando para otro lado. O sea: eran más las ganas de tocar y hacer solos de batería propios, que de acompañar a un artista. Fui mutando, aunque también toqué con Las Sabrosas Zarigüellas, un grupo de pop-salsa, de acá; y con Lito Vitale durante cinco años, algo que fue una experiencia espectacular. También toqué mucha música uruguaya, con Daniel Massa, que me introdujo en el universo rioplatense.—¿En qué momento decidiste dedicarte de lleno al jazz?—Mi primer profesor de batería, el Oso (Rolando) Picardi, me pasó discos de jazz. Arranqué con Time Out, de The Dave Brubeck Quartet, y después con Four & More, uno de Miles Davis en vivo, en el que tocaba Tony Williams. En el año 2000 yo estaba colaborando con muchos artistas y tenía que tocar con el mismo sonido de batería que estaba en los discos. En un momento comprendí que, en el jazz, no importa el sonido de moda: importa tu sonido. Entonces me dije: “Yo quiero ir con mi batería a todos lados y tener mi propio sonido”. Largué todos los grupos en los que estaba y me focalicé en el jazz y en la improvisación, que era lo que realmente me apasionaba. Empecé a tocar con el trompetista Juan Cruz Urquiza en su cuarteto y grabamos dos discos.—¿Te molestan los “chistes de bateristas”? [se dice que son “conflictivos” y que tienen que tener auto para cargar todos sus bártulos]—No me molestan, me divierten. Pero creo que los conflictivos son más bien los guitarristas… (risas). Y los cantantes… de hecho, al baterista le dicen que es “el mejor amigo del músico”.El clic de EscalandrumHace un cuarto de siglo nació Escalandrum, el sexteto que fusiona jazz, tango y folklore, integrado por Damián Fogiel (saxo tenor), Nicolás Guerschberg (piano), Gustavo Musso (saxo alto y soprano), Martín Pantyrer (saxo barítono y clarinete bajo), Mariano Sivori (contrabajo) y el propio Pipi en batería. Con seis discos editados y giras por más de 20 países, fueron nominados al Grammy Latino en 2011 como Mejor Álbum Experimental por Piazzola plays Piazzolla.En ese álbum, Escalandrum reinterpretó algunas de las composiciones más emblemáticas del repertorio piazzolliano desde una perspectiva jazzística, combinando respeto por la esencia de las obras originales con arreglos contemporáneos y espacios para la improvisación.—Con Escalandrum empezaron haciendo jazz con una personalidad muy definida. ¿Por qué decidiste meterte con la música de tu abuelo? ¿Te acordás del momento en que hiciste ese clic?—Si, me acuerdo muy bien. La cosa es así: con Escalandrum teníamos cinco o seis discos y varias giras europeas tocando nuestra propia música, que era jazz argentino, con un poco de chacarera, de tango, de milonga. En el verano de 2010 me fui un mes de vacaciones, y a los tres días ya estaba con ganas de tocar. Me puse a escribir un libro, que se llama Batería contemporánea. Pero no fue todo: mientras estaba en la playa, pensé qué pasaba si con Escalandrum probábamos de tocar la música de Piazzolla, pero sin llamar a un bandoneonista ni a un violinista; es decir, sin recrear una formación típica.—¿Y el resto de la banda se entusiasmó?—Me acuerdo que les dije: “Muchachos, tengo una bomba para tirarles”. Nos juntamos a comer un asado en la casa de Martín (Pantyrer) y les conté la idea. Se quedaron muy sorprendidos. Era un desafío, porque hasta entonces las orquestas y grupos tocaban la música de mi abuelo exactamente igual a él. Probamos con un primer tema, que se llama Lunfardo y es bastante complicado, porque tiene muchos cambios de métrica. Lo novedoso es que los vientos empezaron a tocar las melodías originales de forma más jazzística y no como si fuera el saxofón imitando a un bandoneón.—¿Cómo les fue en el debut?—Estuvimos seis meses ensayando. Nos encantaba cómo sonaba, pero también buscábamos momentos para la improvisación, sin faltarle el respeto a la obra original. Nuestro debut fue en el Festival de Tango de Buenos Aires y estaban todos los exmúsicos de mi abuelo. En la primera fila estaban Fernando Suárez Paz (violinista, pieza clave en el Quinteto Nuevo Tango, de Piazzolla) y Horacio Malvicino (guitarrista, pionero del jazz en Argentina y considerado “mano derecha musical” de Astor). Estaban emocionados, recontentos. Después me fui con Suárez Paz de gira, toqué con Pablo Ziegler (pianista del último quinteto de Piazzolla) y con Héctor Console, contrabajista histórico de mi abuelo.“Le pasa el trapo a Mozart”En el documental Piazzolla, los años del tiburón -dirigido por Daniel Rosenfeld-, Daniel Piazzolla, hijo de Astor, mira a cámara y dice: “Mi viejo, si se descuida, le pasa el trapo a Mozart”. En la película se narra una historia conocida, y es que Astor y su hijo estuvieron distanciados durante diez años.La historia cuenta que el vínculo musical entre Daniel y su padre se consolidó a comienzos de los años 70, en una etapa en la que Astor exploraba nuevas sonoridades y ampliaba los límites del tango. En ese contexto, la incorporación de instrumentos electrónicos -entre ellos el sintetizador que tocaba su hijo– derivó en la formación del Octeto Electrónico, uno de los proyectos más experimentales de su carrera, con una marcada influencia del jazz y el rock.El grupo tuvo dos etapas. La primera se presentó en 1976 y cerró ese mismo año, con un concierto en el Teatro Gran Rex. La segunda formación emprendió una gira europea en los primeros meses de 1977. Para muchos, Daniel fue una figura clave en la etapa más audaz y disruptiva de Astor Piazzolla.En 1978, Astor decidió regresar al formato de quinteto, dejando de lado la instrumentación eléctrica. La decisión generó tensiones con Daniel, que la interpretó como un retroceso en la evolución artística de su padre. “Estás dando un paso atrás”, fue la frase textual de Daniel. Ese desacuerdo derivó en un distanciamiento que se prolongó durante más de una década. “Lo que estuvo mal fue la comunicación”, entiende Pipi, y explica: “Mi papá se enteró por un programa de radio que mi abuelo disolvía el Octeto Electrónico”.“Me encantaba ver cómo mi papá y mi abuelo ejecutaban sus bromas. Y eso que eran pesadas en serio, eh… Por ejemplo, esconderle un bandoneón a Troilo, colgar un chelo de la araña del Teatro Colón o meterle un gato muerto en la cama al violinista durante una gira. Esas cosas hacía mi abuelo”—Tu padre estuvo distanciado mucho tiempo de Astor. ¿Qué recordas de ese período?—Mi papá siempre hizo todo lo posible para que, pese a ese distanciamiento entre ellos, yo estuviera en contacto con mi abuelo, como si nada hubiera pasado. Por eso, cuando tocaba en Buenos Aires, mi abuelo me pasaba a buscar para llevarme a los conciertos. Con él estuve en el Teatro Colón en el año 83 y también en lugares más chicos.—¿Cómo era ser chico y ver tocar a tu abuelo?—Era una persona diferente a todos, un genio musical, un extraterrestre, como meterte en la cabeza de Maradona. No sabés qué pasa ahí adentro, porque es gente que está bajo mucha presión…—Hablamos mucho de Astor, ¿pero qué legado te dejó tu padre?—A mí y a mi hermana nos dio apoyo incondicional y libertad para hacer lo que quisiéramos. Y bueno, él también hizo lo que quiso en su vida: fue desde mecánico dental y pintor de casas en Pinamar hasta dueño de una playa de estacionamiento y un restaurante de hamburguesas, además de hacerse experto en inseminación artificial de animales, en una estancia a la que se fue a vivir. Su sueño era vivir de la música, y lo pudo hacer durante un tiempo. De hecho, él tocó el primer sintetizador que existió en la Argentina. Lo puede decir Lito Vitale o cualquiera que lo conozca.—En un texto de despedida de tu padre -falleció en diciembre pasado- que escribiste en redes, decías que ibas a extrañar sus bromas. Tu abuelo también era famoso por sus bromas pesadas. ¿Vos seguís la tradición?—No, no sigo esa tradición, pero me acuerdo de que me encantaba ver cómo mi papá y mi abuelo ejecutaban esas bromas. Mirá que eran pesadas en serio, eh… Por ejemplo, esconderle un bandoneón a Troilo, colgar un chelo de la araña del Colón o meterle un gato muerto en la cama al violinista durante una gira. Esas cosas hacía mi abuelo. Cuando tocaba en la orquesta de Troilo ponía una mecha tipo TNT, como las de los dibujitos animados, y calculaba el momento más romántico de una canción para hacer explotar los petardos. Todas las bromas están compiladas en un libro muy bueno que escribió Oscar López Ruiz (se llama Piazzolla, loco, loco, loco: 25 años de laburo y jodas conviviendo con un genio), guitarrista del quinteto de mi abuelo.—¿A vos también te hacía bromas tu abuelo?—Sí, cuando iba a su casa apagaba todas las luces y se disfrazaba de lobo. O nos perseguía con un cuchillo. Y yo, sabiendo que estaba medio loco, sabía que tenía que ponerme a correr.—¿Todavía te siguen recordando todo el tiempo que sos “el nieto de…”?—Yo llevo con orgullo el legado de mi abuelo. De hecho, toco Piazzolla porque es mi música favorita, la que más me gusta, pero también estoy activo profesionalmente desde 1993… ya son más de 30 años. Quizás por eso está pasando algo bastante nuevo y es que, cuando mis hijos dicen su apellido por primera vez, ahora los reconocen como hijos míos y no solo como bisnietos de Astor Piazzolla. Eso me da muchísima felicidad. Navegación de entradasEl cinematográfico viaje del Papa León XIV al principado de Mónaco “Paisaje de mujer”: la sensualidad del cuerpo femenino, en la paleta de Juan Lascano