Se encuentra en su piso del barrio de Salamanca, esa zona residencial que dialoga con el parque de El Retiro y la calle de Alcalá. Madrid de pura cepa. Desde ese rincón adoptado, y que lo acogió desde hace varios años, Oscar Martínez conversa con LA NACION, aunque no serán pocas las referencias, a lo largo de la entrevista, en las que el reconocido actor hará referencia a su Buenos Aires querido, nostalgia que matizará con una nueva e inmediata presencia en Argentina.En las próximas horas, arribará a nuestro país para acompañar el estreno de El último gigante, film escrito y dirigido por Marcos Carnevale, que llegará a la plataforma de Netflix el 1 de abril.Pausado, pensante. Es de las personas que no dicen porque sí. Como si hurgara profundo antes de verbalizar sus ideas. Dinámica que se da la mano y va en sintonía con la construcción que hizo de su trayectoria artística. Nada librado al azar.A lo largo de la charla se permitirá ahondar en cuestiones personales -algo no habitual en él- y hasta recordar aquel momento final de su padre, como una llave que le facilitó entender aún más el misterio de la trascendencia. No reprimirá los ojos húmedos. No se trata de vulnerarse ante la mirada ajena, sino de abrir zonas que se despliegan desde la empatía.“A mi padre lo venero, pero tuve muchos desencuentros con él”, confiesa Martínez, estableciendo, de movida, el realismo y vigencia de la temática abordada por la flamante producción que protagoniza.Si de ausencias se trata, también echará de menos a la ciudad que lo vio nacer, a un sistema del espectáculo del tiempo aquel que pudo conocer como espectador y partícipe actuante y, en consecuencia, no evitará sumergirse en la mirada crítica ante una Argentina fragmentada y con heridas abiertas.Quizás esas mismas cicatrices que le machacan su migración elegida, pero no por eso menos dolorosas. Acaso el arte sea la parábola que mejor lo expresa para concebir la vida. Su vida.“Yo no he abandonado nunca mi tierra, estoy plantado en ella como una cepa”, esbozó, alguna vez, el escritor Antonio Tabucchi, nacido en Pisa, pero que había electo a Lisboa para pivotear su éxodo. Bien le caben a Oscar Martínez las palabras del autor de Nocturno hindú.Pendientes“Julián tiene la necesidad de redimirse, de ir a poner la cara, sabiendo que se va a encontrar con un rencor, de parte de su hijo, que considera legítimo, y, a su vez, tiene un remordimiento enorme, porque sabe que obró mal”.Oscar Martínez traza la bisectriz en torno a lo que le sucede a su personaje en el film El último gigante, material de esencia existencialista en la que un padre -encarnado por el actor- decide reencontrarse con Boris, su hijo -interpretado por Matías Mayer– un joven de más de treinta años, a quien no ve desde que era un niño.Una suerte del regreso bíblico de un padre pródigo, en una inversión de roles en busca del perdón, la redención. En El último gigante también se destacan las participaciones de Silvia Kutika, Luis Luque, Alexia Moyano y Yoyi Francella.“Ante una disyuntiva, no eligió con el corazón, y sabe que, con su conducta, provocó un daño enorme. Mi personaje no es ningún tonto y entiende que hay heridas que no cierran y que, en caso de cerrar, dejan cicatrices. Por otra parte, ese hijo que mi personaje va a buscar no es fruto de una aventurita, sino de un gran amor”, sostiene.El film, producido por Leyenda Films y Kuarzo International Films, fue rodado en Misiones, con ambientes selváticos y pueblerinos y el entorno de las Cataratas del Iguazú como marco. El cauce furibundo del agua también se convierte en signo poético significativo. De segundas oportunidades y de la posibilidad del perdón versa este material de profunda raigambre humana. View this post on Instagram“Ante la alternativa de no hacer nada o intentar un reencuentro en los términos en los que fuera posible, desde un lugar valiente y genuino, él se atreve”, dice.Por momentos, pareciera que Martínez también se piensa en torno a sí mismo al referirse a su personaje de ficción. Es que el tono del relato, desde la alteridad amorosa, espeja y no excluye a (casi) nadie. De ausencias, reencuentros y perdones, en definitiva, está hecha la costura de la vida.-Su personaje dejó de ver a su hijo a los siete años y lo reencuentra a los treinta y cinco. Podríamos decir que se trata de dos extraños. -Son dos extraños, pero son padre e hijo. Eso a veces sucede, aún con la presencia del padre y no en la ausencia.-Eso es, seguramente, más doloroso aún.-Ocurre mucho más de lo que se dice. El encuentro más profundo con mi padre, que vivió hasta casi los 84 años, lo tuve luego que cumpliera sus ochenta, donde él ya estaba más allá del bien y del mal y me pudo confiar cosas muy privadas, personales, su historia con mi madre, algo que jamás hubiera hecho, pero yo ya era un hombre de cincuenta años.-Nunca es tarde. -No me canso de escuchar amigos con situaciones semejantes. La cuestión de tener un padre, que es casi un desconocido para uno, es un tema muy hablado entre los hombres. El padre quiere ser el que el hijo aspira que sea y el que él mismo se propone ser. Ese es un rol, pero luego aparece el hombre con sus contradicciones, sus miserias y sus sombras, como todos. Cuántas veces he escuchado “con mi padre nunca hablé”. En lo que muestra el film, la situación aún es peor, porque mi personaje no estuvo en lo más elemental, en lo cotidiano. Pero él también reconoce haber pagado costos altísimos, como no haber visto crecer a su hijo.-El nombre de la película se planta en la idealización simbólica de un hijo hacia su padre.-Cuando somos niños, todos creemos que nuestro padre es Superman.No es de los que andan por la vida contando sus cosas. Aparece públicamente lo justo y necesario, casi siempre para reflexionar sobre su trabajo. Esta charla, por momentos, es una excepción a su regla.-Poco se sabe de sus orígenes, ¿dónde transcurrió su infancia?-Nací en Villa Devoto, fui a la escuela Antonio Devoto, así que merodeé esas calles hasta mis quince años. La patria de mi infancia ha sido ese barrio, al que todavía le dicen “jardín de Buenos Aires”, pero que, en esa época, era una zona de grandes quintas, algunas abandonadas que se iban loteando, así que, con mis amigos, saltábamos las verjas y nos encontrábamos con árboles frutales, zapallos, choclos; jugábamos a la pelota o cazábamos mariposas; Villa Devoto era un paraíso muy lindo para la infancia. Además, no existía la inseguridad que, tristemente, se comenzó a percibir muchísimos años después y padecemos hasta el día de hoy. Llegué a mi adultez con un Buenos Aires muy distinto al que es ahora. En verano, la gente salía a la vereda con sus sillas y los chicos jugábamos en la calle. Nos pasábamos el día afuera y nos tenían que llamar para ir a comer, no había peligros.-Mencionaba a su padre, ¿cómo era el vínculo entre ustedes?-Como el de toda mi generación; para los varones, el padre era una figura con la que uno se identificaba, pero con silencios y dificultades para expresar el afecto. Mi padre era muy sensible y afectuoso, pero no dejaba de ser un modelo de hombre de ese tiempo, que no se permitía mostrarse vulnerable.-En su caso, ¿heredó algo de eso?-Mis hijas me han visto muy vulnerable, quizás mucho más de lo que me hubiese gustado. Era otra época, muy distinta. El encuentro más profundo que tuve con mi viejo fue después de sus ochenta.-¿Cómo se dio?-Estuvo lúcido hasta el último día, pero, de alguna manera, ya se encontraba con un pie en otro lado. Yo ya era un hombre de cincuenta años y él pudo abrir su intimidad, hablar de cosas que jamás imaginó que un padre podría hablar.-Imagino que esas charlas saldaron, si es que existían, las cuentas pendientes, algo que no deja de ser gratificante. -Fue hermoso, sobre todo, por la confianza que me tuvo. Te voy a contar algo que, creo, nunca conté.-Dígame.-Durante sus últimos días, mi padre estuvo internado en una clínica de Belgrano. Tengo un hermano mayor médico y una hermana menor. Si bien, mi hermano no es oncólogo, por razones obvias, todo el equipo de profesionales le pasaba los partes a él. En esa época, yo trabajaba en Polka, así que me acercaba a la clínica por la mañana o luego de la grabación.-¿Cuál era el pronóstico sobre la salud de su padre?-Irremediable, sabíamos que se estaba yendo. Lo íbamos a ver a la mañana y lo encontrábamos con semblante amarillo y caído, con los brazos negros por las inyecciones de hierro que le aplicaban. A la tarde, en cambio, lo veíamos sentado en la cama, rozagante, porque le habían metido ese hierro y transfusiones de sangre.Como suele suceder, el cuadro, que fagocitaba al paciente, también desgastaba al entorno familiar. “Una tarde, ingresé a su habitación y, sin medias tintas, me dijo ´decile a tu hermano que no quiero más´. Es duro que te diga eso tu padre, así que intenté desviarle eso que sentía, pero él me respondió con mucha claridad ´no puedo tener un solo día más de felicidad´”.“No se trataba de practicar una eutanasia, ni mucho menos, sino de quitarle aquello que lo reanimaba, cuando todos sabían que el desenlace era inevitable en semanas o días”.-Y, seguramente, su padre tenía total conciencia de esa situación terminal. -Los llamé a mis hermanos y les conté el pedido que me había hecho. Los tres estuvimos de acuerdo, pero fue un flor de “paquete”. De todos modos, ¿cuánto tiempo podrían estirarle la vida? Él era muy consciente que se terminaba todo, entonces sufría.-El “no quiero un solo día más de felicidad” implica la conciencia de entender que no dejaba de ser un artilugio artificioso y no la permanencia de la vida natural. -¿Qué se le puede decir a alguien que te pide eso? Cumplimos con su pedido. La idea era que continuara con los paliativos sin sufrir, pero que no se lo reanimara, porque implicaba estirar la agonía y no la vida.-Una enorme responsabilidad.-Nuestro padre era muy fumador, así que, ya internado, solía pedirme cigarrillos. Cuando le decía que no tenía, me pedía que saliera al pasillo a pedir, porque, como ya era famoso, entendía que nadie me lo negaría. En realidad, yo fumaba, así que cigarrillos siempre tenía. Al rato, volvía a entrar a la habitación y simulaba que había logrado el cometido y le daba un cigarro. Ya no había nada en juego. Son cosas que, en su momento, fueron dolorosas, pero que, con el tiempo, resultan conmovedoras. Me sentía honrado que él me pidiera eso. View this post on InstagramDe las palabras del actor se desprende que, más allá de lo traumático del tránsito final de su padre, se trató de un tiempo de conciliación, complicidades: “Un poco antes de su partida, él me refería cosas de su vida íntima, que jamás soñé que me podría contar”.-Trascendido el dolor, no puede haber mejor legado inmaterial para usted. -Por supuesto, lo hemos acompañado mucho.Terruños divididosOscar Martínez juega de local en España. Basta pensar en Bellas artes, la estupenda serie creada por los argentinos Mariano Cohn, Andrés Duprat y Gastón Duprat o en los films Vivir dos veces, dirigido por María Ripoll, o Toc toc, realizado por Vicente Villanueva, por citar algunos ejemplos.“Vivo frente a la plaza del Márquez de Salamanca”, explica el actor sin vestigios de tonadas foráneas y con su característico decir pausado, de límpida dicción. “Madrid está cada día más lindo”, reconoce el hombre que ya cuenta con la ciudadanía española.-En Madrid, ¿qué emerge de su ser porteño? y, en Buenos Aires, ¿qué sale a flote de su ya prolongada permanencia en España?-Me siento argentino todo el tiempo en todas partes, aunque, en España, me otorgaron la nacionalidad de manera honorífica, lo cual me permitió radicarme. Antes, venía con visa laboral, pero eso tiene un tiempo de caducidad y uno debe regresar. La nacionalidad me facilitó mis relaciones laborales y, ahora, incluso, voto a la vuelta de mi casa. Tengo parte de sangre española, mi abuelo materno y mis dos abuelos paternos, que son los que más traté y con los que me crie, eran castellanos, por eso me resulta familiar la forma en la que escucho hablar, porque así lo hacían ellos. Mi abuelo paterno se quejaba, “nos dicen gallegos a todos y no es así”.-El orgullo de la tierra chica. -Incluso, cuando yo me reía, él me preguntaba, “¿tú eres cordobés, te gustaría que te dijeran cordobés?, pues a mí no me gusta que me digan ´gallego´”. Viví toda mi vida en Argentina, pero el acento español lo conozco mucho.Con todo, y a pesar de estar sumamente adaptado a la vida urbana y cosmopolita de la ciudad que cobija El jardín de las delicias de El Bosco, no deja de añorar su sangre sudamericana.“Viví toda mi vida en Argentina. Buenos Aires fue mi ciudad y la amé, aunque también la vi, con mucho dolor, deteriorarse década tras década. Obviamente, no soy Héctor Alterio, quien vivió aquí más de la mitad de su vida, llegó cuando hicimos La tregua y, desde sus cuarenta y pico de años, jamás pudo volver a Buenos Aires. Mi caso es distinto, llegué a Madrid con 70 años. La pandemia terminó decidiendo, antes de tiempo, que debía radicarme en Madrid, pero soy de Buenos Aires”.Oscar Martínez se instaló en Madrid junto a Marina Borenzstein, su pareja desde hace dos décadas. Padre de cuatro hijos, ha construido una vida repartida entre varios amores y su descendencia. View this post on Instagram-Le consultaba dónde aparecían signos de su nuevo lugar de residencia. -Uno internaliza cosas que, cuando estoy en Buenos Aires, aparecen como contraposición y que tienen que ver con muchísimas cuestiones.-A saber. -Que pase un colectivo y te bañe con su combustión diésel aquí no existe, porque el transporte público es eléctrico. Tampoco se percibe el temor a que te asalten en la calle. Esas son cosas que, cuando suceden, condicionan tu vida cotidiana. Es un contraste muy grande. Sin embargo, en Buenos Aires me reencuentro con cosas que añoro, aunque también con aquello que hizo que tuviera que emigrar.-¿Por ejemplo?-El ánimo social. En comparación, acá el clima es de carnaval. Son contrastes muy fuertes.Propuestas-Más allá de estar radicado en España, ¿le llegan propuestas de los teatros oficiales, ya sea dependientes de Nación o Ciudad, o considera que, en ese sentido, hay una deuda con usted? ¿Tiene las puertas abiertas en los espacios públicos?-Me han llegado propuestas de teatros privados, pero, sé que, si yo quisiera, me llegarían también del ámbito oficial.-¿Lo volveremos a ver sobre un escenario porteño?-Seguramente el año próximo haré una temporada corta en Buenos Aires.-¿Con qué título?-En Madrid escribí dos obras más, con lo cual sumé cinco piezas de mi autoría. La última la terminé hace un mes y tengo ganas de estrenarla primero aquí y, luego, ir a Buenos Aires y otras ciudades del país y, quizás, cruzar a Montevideo.Se trata de un espectáculo de un solo intérprete que tiene título, pero que prefiere aún no dar a conocer.-Libertad Lamarque y Hugo del Carril se consideraban “familia”, aun cuando sus posturas en torno a la adhesión política eran diametralmente opuestas. Desde el distanciamiento que permite su vida en España, ¿cómo observa las diferencias ideológicas entre sus colegas que, desde ya, representan la diversidad que experimenta el tejido social en general? ¿Cómo se percibe y vincula con los colegas que no comparten su misma mirada crítica sobre la gestión kirchnerista y la realidad social y política de entonces?-En los últimos años, ya habiendo expresado mi punto de vista, he trabajado con muchos colegas fuertemente comprometidos con el oficialismo de entonces. Nunca tuve la menor situación enojosa o conflictiva, jamás. Pongo el ejemplo de Dady Brieva, con quien hice El ciudadano ilustre; él sabía cuál era mi postura y yo no desconocía la suya, pero, el amor por la profesión, por el trabajo, ayudaron mucho a saldar esas cuestiones. El libro que escribí sobre el actor me lo prologó el divino de Agustín Alezzo y, justamente, habla sobre cómo el amor por este trabajo nos protege de cualquier cosa tóxica, al menos a la hora de ejercerlo. Hay compañeros que respeto muchísimo, con los que he trabajado más de una vez, como Dolores Fonzi, con quien hice dos películas, es una actriz formidable con la que me llevé estupendamente bien y respeto su pensamiento. Nunca le falté el respeto a nadie y siempre dije que quería vivir en un país plural en el que cualquiera pudiera decir lo que pensase sin tener costo por eso, así que yo no podría pasarles un costo a los colegas que piensan diferente a mí. Los respeto, como siento que me respetan a mí, porque, más allá de todo, está la calidad humana. Se es buena gente o no. Desde ya, hay casos aislados, he perdido a una amiga entrañable, pero son cosas que pueden ocurrir en épocas tan convulsas. No abono la convulsión.En El último gigante, el padre soporta, incluso, la afrenta física de parte de su hijo y lo hace con estoicismo, sabiendo que es parte de una respuesta más que entendible. Casi un acto reflejo. “El rechazo es una posibilidad, mi personaje ve tan dolorido a su hijo y se siente tan responsable de ese dolor que entiende que merece lo que le toca”.-Honestidad y actitud honestamente brutal.-Es interesante que la película no plantea el tema desde un lugar romantizado, sino que atraviesa todas las instancias, la incomunicación y el rechazo incluidos y, el pedido de ayuda de ese padre a su hijo, no deja de ser una ofrenda.Finaliza la charla con LA NACION y Oscar Martínez se encuentra casi con un pie en la manga del avión que lo devolverá, durante algunas horas, a ese Buenos Aires que tanto añora y que, sin contradicción, también le produce extrañeza.Antes del adiós, deja latente un pensamiento en torno a su película, pero que resuena más allá de eso: “No he podido evitar el llanto, ni pensar en el perdón hacia los demás y hacia uno mismo”. 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