Lucía Bo siempre fue fanática de las flores y plantas, pero durante la Pandemia ese amor por lo verde se volvió cada vez más fuerte. Casi por casualidad, en redes sociales, descubrió Planta Somos, un bello local en Villa Crespo, en una preciosa esquina empedrada. Con el tiempo, se volvió una clienta fiel: a diario pasaba a comprar plantas para embellecer su balcón. “Nos hicimos grandes amigos. Entre charla y charla, en una clase de cerámica, Gabo, uno de los dueños, me contó que había una esquina divina en alquiler a una cuadra de su local. Me agarró curiosidad y fui a verla un fin de semana. Cuando entré fue un verdadero colpo al cuore (golpe al corazón). Sin dudarlo, la alquilé aunque todavía no sabía exactamente qué iba a hacer” , cuenta Bo, de 54 años. Así, comenzó la historia de “Sicilia”, un encantador cafecito con aires mediterráneos y deliciosa pastelería italiana con sabores de la nonna. Recientemente, inauguró su segunda sucursal en el límite entre Colegiales y Chacarita.“Mientras el tuco burbujeaba durante horas, ella molía café a mano”“Sicilia es mi primer emprendimiento gastronómico”, confiesa Lucía. Durante más de dos décadas trabajó en el mundo de la hotelería en cadenas cinco estrellas. Su último rol corporativo fue como Directora de Ventas y Marketing en el Palacio Duhau- Park Hyatt Buenos Aires. “Estuve durante más de trece años. Es un lugar que amo profundamente y forma parte de mi historia”, dice. En un momento de su vida sintió una fuerte corazonada, la de armar un proyecto propio.La gastronomía siempre había estado ahí, acompañándola desde jovencita. Creció entre domingos largos, platos simples y suaves manos que trabajaban sin apuro. Su bisabuela Caterina, Catrín para los conocidos, era la reina de la cocina y preparaba deliciosas recetas para toda la familia. “Su cocina era el corazón del clan. Mientras el tuco burbujeaba durante horas, ella molía café a mano en un molinillo antiguo y luego lo preparaba en la Volturno. El aire se llenaba de aroma a café, tomate, hierbas y mucho amor”, recuerda, con cierta nostalgia.La joven Lucía tenía una tarea precisa: separar las hojas de perejil y picarlas con la medialuna para el soffritto. “Ese delicioso perfume todavía vive en mí”, reconoce. En la mesa compartida no podían faltar los antipasti como los huevos rellenos; las pastas caseras y la cima, una carne rellena con verduras y hierbas. Para el momento dulce, un clásico eran los amaretti di Sassello. “El cierre perfecto de Catrín era un café con un chorrito de fernet, como buen digestivo”, relata. Sicilia es, sin dudas, un homenaje a esos sabores de la infancia y a las largas tertulias del fin de semana.“Supe que era el lugar indicado”La conexión con la isla italiana no es solamente emocional. En su primer viaje a Palermo, Sicilia, Lucía quedó hipnotizada frente a un mosaico bizantino del Palazzo dei Normanni: dos palmeras y dos tigres en una escena de caza. Cuando vio que en el local en alquiler en Villa Crespo había dos palmeras en el frente lo sintió como una fuerte premonición. Las piezas encajaban perfectamente en el rompecabezas de su nuevo proyecto. “Supe que ese era el lugar indicado. Todo fue una consecuencia natural de detalles: las palmeras, los recuerdos, el espíritu mediterráneo que quería transmitir. Sicilia estaba ahí, pidiendo ser nombrada.”. Hoy esa imagen inspira el logo de la casa. Además, al pie de una de las palmeras, crece un fico d´India, otra planta emblema de la isla.Tras varios meses de obra e inspiración para darle forma al concepto, finalmente el 26 de enero de 2022 abrió las puertas de su café. Lo llamó: SiciliaEn poco tiempo el lugar se convirtió en un oasis con aire fresco tras los largos meses de encierro pandémico. Lucía pensó cada detalle del local. Combinó colores mediterráneos como el blanco, el azul y el amarillo de los limones, con sillones de hierro, mesas de madera y muchas plantas. La esquina tiene una cálida luz que invita a sentarse a contemplar con un café durante horas. “Quería una estética mediterránea y clásica, inspirada en las masserias y las limonaie italianas. Por eso hay tantas plantas: buscaba crear un espacio vivo, luminoso y acogedor”, explica entusiasmada.Desde la apertura trabajan con Cuervo Café con un grano colombiano. “Tiene método lavado. Es redondo en boca y con notas chocolatosas”, detalla. Para acompañar cuentan con una deliciosa pastelería que reinterpreta clásicos italianos con sus ingredientes estrella: pistacho, almendras, limón, ricotta, mascarpone y café. Algunos de los favoritos son la torta de polenta, almendras y naranja y la cookie con chocolate y pistacho. A diario hay novedades como la crostata di lamponi (frambuesas) y la cookie con curd de limoncello casero y pistacho. También cuentan con opciones saladas como avocado toast y focaccia de caponata y stracciatella, entre otros.Italia en una casona con patioTras el éxito en Villa Crespo, Lucía continuó expandiendo su emprendimiento por otro barrio porteño. Siempre había soñado con diseñar una propuesta en una casona con patio lateral. Encontró una en el límite entre Chacarita y Colegiales, en la calle Dorrego 1588. “Cuando la descubrí fue mágico. Llevó un año de obra, pero la estructura era perfecta. El patio evoca a una limonaia o a un cortile italiano, de ahí surgió el nombre: Il Cortile”.Para ella este nuevo espacio es “un lienzo en blanco”. Allí organizan presentaciones, celebraciones, eventos privados y workshops. “Nos encanta que el espacio se vaya transformando según cada historia”. El barrio los recibió con mucho cariño. Se acercan vecinos, amigas que se encuentran, lectores silenciosos y trabajadores que lo eligen para sentarse horas con sus computadoras. “Es increíble, pero se volvió un pequeño refugio urbano”, confiesa Lucía. Es una apasionada del rubro: su mente curiosa ama crear nuevos espacios, experiencias y formas de encuentro. Su mayor sueño es que su proyecto continúe creciendo, pero sin perder su alma. “Que cada nuevo espacio conserve esa sensación de hogar, belleza y pausa. Además, me encantaría que siga floreciendo en otros barrios”, dice.Enseguida, le pregunto qué diría su abuela si se sentara en una mesa de Sicilia. De solo imaginarlo, Lucía sonríe. “Mi nonna disfrutaría muchísimo del lugar. Amaba los cafecitos. Y agrega, casi en susurro: “Me gusta imaginar a las cuatro generaciones: Catrín, Lila, mi mamá y yo. Sentadas alrededor de una mesa, tomando café con focaccia. Todavía me debo hacer la focaccia de Liguria, sería el cierre perfecto”, concluye, mientras recuerda el inconfundible aroma del café recién molido de su infancia. Navegación de entradasEscándalos barriales en la tormenta del mundo El calco de su padre: tiene 29 años, es actor, músico y modelo y, sin renegar de su herencia, se abre su propio camino