“Hoy importa más lo que piensan los demás y cómo me ven, que la imagen que uno tiene de sí mismo”
“Hoy importa más lo que piensan los demás y cómo me ven, que la imagen que uno tiene de sí mismo”

Al igual que las asociaciones y pensamientos que sorprenden dentro de una sesión de terapia, El psicoanálisis (no) es imposible, el nuevo libro de Luciano Lutereau y Verónica Buchanan, surgió de forma inesperada. La pareja de psicólogos cuenta que su escritura fue dándose mientras conversaban, intercambiaban ideas y expresaban preocupaciones sobre su día a día en el consultorio. Cuando quisieron acordarse, se dieron cuenta de que tenían un libro entre manos.

“Yo te diría que la posibilidad de escribir cada capítulo tuvo que ver con nuestras ganas de encontrar espacios de diálogo, de poder hablar sobre los temas que nos interesan y sobre las reflexiones que cada uno hace de su práctica psicoanalítica. Escribir juntos es encontrar tiempo para conversar por fuera de la rutina y de los ajetreos de la vida cotidiana. Eso que inició como un ratito para charlar, con el tiempo fue tomando forma de escritura”, cuenta Buchanan.

En este sentido, Lutereau añade: “Al dedicarnos a la misma profesión y al mismo tiempo ser pareja, tenemos una conversación cotidiana que excede a los espacios más formales de trabajo, como la supervisión con otros colegas. En nuestra vida cotidiana, yo le comento a Vero, por ejemplo, si estoy preocupado por un paciente. Esa conversación es más espontánea y se da desde lo más humano de la práctica que, a veces, no es tanto lo que ocurre cuando uno presenta un trabajo en una jornada o un congreso, donde se habla desde un plano más conceptual”.

Fue por esto que, al momento de elegir un enfoque para El Psicoanálisis (no) es imposible, prefirieron abordar su profesión desde el quehacer diario. “Decidimos agregar como subtítulo: ‘Introducción a la práctica’ porque este no es un libro que pretenda abarcar los debates teóricos sino más bien hablar del día a día en el consultorio y de la experiencia [de psicoanalizar y psicoanalizarse]”, continúa el profesional.

Lutereau y Buchanan se conocieron mientras estudiaban Psicología en la UBA y siguieron cruzándose a lo largo de los años como docentes dentro del ámbito universitario. Su unión definitiva se produjo cuando, ya ambos separados, se reencontraron en el jardín de infantes al que asistían sus hijos. Tiempo después, la pareja formó una familia ensamblada en la que conviven los dos hijos de ella, Anto y Emilia, con Joaquín, el hijo de Luciano. El grupo se coronó con la llegada en 2022 de Juan, su hijo en común.

Ambos psicoanalistas prefieren no profundizar demasiado en su vida personal, quizás para preservar el halo de misterio y neutralidad que necesitan para poder trabajar con sus pacientes. En 2024, publicaron juntos el libro La insoportable levedad de existir, en el que abordan temas como el duelo, la frustración, la mentira y el cansancio.

Por su parte, Lutereau también escribió otros libros, entre los que se encuentran Padre muerto (2025); Palabras de esperanza (2024), Adiós al matrimonio (2022) y El fin de la masculinidad (2020), mientras que Buchanan publicó: El tabú de la maternidad (2026) y Por amor al padre: del trauma a la piedad (2024). Además, ambos profesionales bajan a tierra conceptos y reflexiones sobre psicoanálisis en las redes sociales y las comparten con sus cientos de seguidores.

-¿Por qué el libro se llama El Psicoanálisis (no) es imposible?

L: -El nombre retoma una frase de Sigmund Freud en la que menciona una lista de profesiones que él considera imposibles, que son: educar, gobernar y, en tercer lugar, analizar. La parte de que educar y gobernar son imposibles es más fácil de entender porque lo vemos cotidianamente [risas], pero Freud también agrega al psicoanálisis en esta lista porque no hay un ideal. Es decir, no se trata de producir un resultado. De hecho, creo que el psicoanálisis más bien es una experiencia que se basa necesariamente en encontrarse con el tropiezo, la dificultad, la resistencia y todo aquello que no funciona. Un buen análisis incluye, en cierta medida, también la dimensión del fracaso. Es por eso que el título juega con ese nombre entre paréntesis. El psicoanálisis es imposible, pero en su dificultad es donde también radica su posibilidad.

-¿A quién está dirigido el libro?

L:-Creo que es el libro que me hubiera gustado leer cuando me estaba por recibir, a los 25 años. Es un texto para principiantes que, en realidad, somos todos porque siempre estamos aprendiendo. Puede interesarle a profesionales, estudiantes y lectores en general.

B:-El libro también tuvo un muy buen recibimiento entre nuestros pacientes, que lo fueron leyendo y se reconocieron en la experiencia. Diría que es para cualquiera que se analiza y quiere entender en qué consiste esa práctica tan particular que es la conversación dentro de un análisis.

-¿Por qué consideran que el psicoanálisis sigue siendo una herramienta poderosa para mejorar y transformar la vida de las personas?

B:-A mí el psicoanálisis me cambió la vida. Yo creo que si no hubiera encontrado a quien fue mi primera analista y no hubiera tenido esa experiencia que duró varios años, no le habría encontrado la vuelta a un sufrimiento que me tenía muy detenida para el comienzo de mi adultez. Me sentía muy asustada en distintos aspectos de la vida, como en el amor, el trabajo y la proyección de metas personales. En ese sentido, para mí, la experiencia del psicoanálisis fue novedosa y encontré algo que es central para mí, que es una honestidad. Todos tenemos sentimientos encontrados con respecto a las cosas y a las personas. Amamos a nuestros seres queridos, pero a veces los odiamos un poco. O también podemos querer una cosa, pero hacemos todo lo posible para que no ocurra. En esa ambivalencia está la posibilidad de que la vida sea un poco más compleja y eso a mí me convence. Encontré algo honesto en esta práctica porque creo que la palabra tiene pliegues y complejidades.

L:-Quiero sumar que nosotros no vemos una incompatibilidad entre el psicoanálisis y otras teorías psicológicas o puntos de vista. Creo que la elección de un tratamiento depende de cada persona en particular y considero que no estamos en una época para decir que el psicoanálisis es lo mejor del mundo o que resuelve todo. Sí creo que funciona muy bien en situaciones puntuales y que, para lo que funciona, es lo mejor que hay. Lo que pasa es que, para que funcione, hay que animarse a vivir un conflicto, atravesarlo y tomar una posición determinada ante dicho conflicto. Si el psicólogo le dijera a un paciente qué hacer para dejar de sufrir o para que ya no le pase lo que le está pasando, el tratamiento no serviría, porque esa angustia se va a repetir de otra forma y en otra circunstancia.

-Ambos tienen cientos de seguidores en las redes sociales, ¿cuáles son los beneficios y los límites de la divulgación de conceptos psicoanalíticos? ¿Hay algún riesgo?

L:-Yo creo que es algo que hoy sucede en todas las profesiones. Lo charlamos mucho con Vero y lo que nosotros hacemos va de la mano de divulgar en el sentido de transmitir conceptos difíciles, pero de una forma sencilla. Evitamos los tips, las fórmulas o decir qué hacer. Y, sobre todo, más que bajar línea, tratamos de abrir una pregunta o plantear un problema.

B:-Este libro fue importante para nosotros porque nos permitió hacer público y compartir con la gente que hay una forma de vivir y nombrar las experiencias de sufrimiento que es particular de cada persona y que invita a algo distinto. No es igual a lo que proponen otros discursos que circulan en las redes sociales, donde redundan tips y consejos que, muchas veces, se vuelven exigencias. Para nosotros es relevante transmitir lo que el psicoanálisis tiene de diferente y ofrecer algunas palabras a quien le sirvan.

-¿Cuáles son hoy los principales temas de consulta en sus consultorios?

L:-La ansiedad, sin duda. Hablamos de ansiedad y no de angustia porque la angustia tiene un efecto interno, reflexivo y profundo mientras que la ansiedad es un efecto de superficie, de descarga y que busca la resolución inmediata. Un segundo punto son los duelos. Todo lo que tiene que ver con las pérdidas, las separaciones. Desde una pareja, un trabajo, una etapa de la vida. En fin, todo lo que tiene que ver con “soltar”, que es una palabra que se usa tanto hoy en día. En tercer lugar, también incluiría lo que tiene que ver con lo amoroso, en el sentido de la transformación de los vínculos. Hoy la pareja tradicional dejó de ser un referente y se produjeron cambios en el paradigma vincular. Por ejemplo, tema hijos, convivencia, cómo estar con el otro. Creo que esos son hoy los grandes temas de consulta.

B:-Coincido y agregaría que también hay muchas personas que hacen un millón de cosas pero que no pueden reconocerse en su vida, es como si no se hallaran. Trabajan, viajan, toman clases, salen con los amigos, van a recitales, tienen citas, pero en ningún lugar encuentran la experiencia de la intimidad. Entonces, me parece que, muchas veces, el comienzo del trabajo de un análisis tiene que ver con delimitar ese espacio en el que se pueda estar. A partir de ahí, el paciente puede empezar a hablar y preguntarse qué vida está viviendo. Hay algo muy curioso que sucede hoy en día y es que, a veces, el motivo de consulta no necesariamente es porque sucedió algo malo, sino que hay personas que se acercan porque son muy exitosas, pero dicen: “No sé hacia dónde va todo esto”.

-¿A qué atribuyen esta sensación de insatisfacción? ¿Piensan que se debe a al uso de las redes sociales?

L:-No sé si las redes sociales tienen tanto que ver, sino que, para mí, está vinculado a una transformación cultural que empezó hace por lo menos cincuenta años y que desplazó el eje de la conducta. Se pasó de la culpa, que era el afecto existencial por excelencia, a la vergüenza. Hoy importa más lo que piensen los demás, el cómo me van a ver, que la imagen que uno tiene de sí mismo. El vivir para el otro o el aparentar es propio de una cultura y una sociedad consumista. No es que las redes sociales lo hayan generado, pero sí se nutrieron de ese modo de vida. El sufrimiento de nuestra época ya no es el del personaje hamletiano que tiene que realizar una acción y se interroga por el valor moral de dicha acción, sino que es un sujeto que está más preocupado por el aspiracional de cómo quiere que lo vean. En ese sentido, sí hay una transformación en relación a la intimidad. Un ejemplo de esto puede ser alguien que estaciona mal el auto y al que no le preocupa tanto si esto jode o no al otro, sino que lo vean. El problema para él sería que alguien lo filmara en ese momento. Esto se acopla a una sociedad en la que, justamente, todo se filma.

B:-Sí, y con la consecuencia de que, en ese movimiento hacia afuera, hacia esa vergüenza de que el otro me vea o de lo que pueda pensar, la interioridad se empobrece y termina por melancolizarse. Cuando todo se pasa hacia afuera, lo que queda adentro no vale nada y eso es lo que le ocurre a muchas personas cuando se apagan las cámaras de los celulares. Hay mucha gente que no puede volver a su casa porque siente un vacío muy pesado. No es un vacío reflexivo o triste, sino desvalorizado. Y, muchas veces, el camino que se encuentra para salir de esto es consumir compulsivamente desde salidas, eventos y experiencias, hasta amistades y relaciones.

L:-Esto que dice Vero me parece central porque muestra cómo en este desplazamiento de la culpa a la vergüenza se perdió a la tristeza como afecto de elaboración y se transformó en un sentimiento del que hay que huir. Hoy lo más difícil es estar triste sin deprimirse. Antes, tradicionalmente, la culpa era la puerta de entrada para después ponerse triste. Hice algo incorrecto, me siento culpable, después triste y, a partir de ahí, puedo reparar mi acción. Hoy eso cambió, si no soy visto o no se me ve como yo quiero que me vean, no valgo nada. Me vuelvo indigno y si me vuelvo indigno me desvalorizo y si me desvalorizo, me deprimo. Ahí tenemos entonces, justamente, todos los problemas actuales de autoestima, del sentimiento de sí y de depresión. Todo tiene que ver con esta nueva epidemia cultural.

-¿Qué opinan del uso de la inteligencia artificial para hacer terapia?

B:-En el libro abordamos este tema y lo que buscamos transmitir es que hablar con otro siempre implica tener alguna aspereza, que haya una incomodidad. Ya sea que supongo que el otro se está aburriendo o que no me entiende o que va a decirme otra vez lo mismo. Todas esas cosas que pasan cuando hablás con alguien, no ocurren cuando hablás con la inteligencia artificial. Esas barreras o diques son importantes porque no hablamos del mismo modo con todas las personas. Nos transformamos con esas palabras que decimos y al pensar cómo escuchamos la respuesta del otro.

L:-En la misma línea, considero que la conversación con la inteligencia artificial se basa simplemente en la información: por el contrario, una práctica terapéutica le da sólo un carácter secundario a los datos. Lo que importan son otros aspectos. Por ejemplo, yo puedo estar escuchando a una persona que, de repente, se molesta conmigo porque piensa que no le estoy diciendo nada o no le estoy respondiendo. Y yo a lo que le estoy prestando atención es a su modo de hablar. Entonces, mi devolución va a considerar ese factor. No va a ser simplemente responder a lo que la persona me dice, sino que también va a tener en cuenta el efecto que tiene en mí escucharla. También me parece que hay que revitalizar la posibilidad de que en una conversación alguien nos diga que no. Uno no puede simplemente volcar todo lo que tiene para decir, sino que debe haber un encuentro con el otro, que es lo que más cuesta hoy en día. La gente que conversa con la inteligencia artificial lo hace bajo el precepto de “contame todo lo que quieras”, pero eso es una falsa asociación libre. Freud proponía “diga todo lo que se le ocurra”, pero sabía que después se iba a encontrar con el obstáculo, que iba a ser imposible decirlo todo.

-En el marco de las recientes noticias que involucran violencia y amenazas en las escuelas, ¿cómo ven hoy a las infancias?

L: -Yo creo que esto muestra que los chicos se sienten desprotegidos. En última instancia, están jugando a mostrarnos su desprotección. Esto no es nuevo y tiene que ver con una realidad que es más amplia y que excede a la escuela. Se manifiesta allí, pero es más amplia. Considero que tiene que ver con una reformulación del lugar que tienen los chicos en la sociedad porque, una de las cosas más notables para mí, y que lo distingue de las clásicas amenazas de bomba para faltar al colegio, es que los chicos antes no tenían una bomba ni podían fabricarla. Pero hoy sí quizás pueden acceder a un arma en su casa. Además, la amenaza de bomba la hacían sobre todo estudiantes secundarios. pero ahora la palabra “tiroteo” está apareciendo también en las primarias. Entonces, no es lo mismo que sucedía décadas atrás, sino que muestra un escenario diferente, con chicos muy angustiados.

B:-Creo que muchos adultos estamos sumamente consternados, angustiados y preocupados por esta situación. Entre los niños y jóvenes escucho más bien que esto es una broma o un desafío viral, pero yo no estoy tan segura de que sea un juego. Por estos días, me hago la pregunta de cómo se diferencia un juego de otra cosa más ligada a no distinguir los efectos de lo que uno hace. Cuando un nene de cuatro años va diciendo “te voy a matar” y disparando al aire a personajes imaginarios por la plaza, claramente está jugando. Pero cuando esto se dice en otro momento evolutivo y tras la adquisición de ciertas normas, es diferente. Con el crecimiento se crean algunos diques y distinciones entre la realidad y la imaginación, pero lo que yo me cuestiono es: ¿cuál es la realidad para estos chicos? A la vez, me pregunto cuál será la respuesta de los adultos porque si es una respuesta desde el control, estamos en problemas. El control es necesario e inevitable porque estamos todos muy asustados, pero si controlamos desde el miedo muchas veces retroalimentamos la situación que queremos evitar. Creo que, junto con el control, tiene que haber espacios para entender ese desamparo y desprotección que están viviendo nuestros niños y jóvenes.

-¿Cuándo termina un tratamiento? ¿Qué aspectos se tienen en cuenta para darle el alta a un paciente?

L:-Yo creo que el alta no tiene que ver con la ausencia de enfermedad, ni con la ausencia de síntomas. No es un premio. La finalización de un tratamiento se produce cuando alguien ya está en condiciones de vivir su propia vida y de experimentar, incluso en la adversidad, alguna capacidad de disfrute. Lo importante es entender que el tratamiento es un artificio que busca que alguien se reapropie de su capacidad de vivir. En este sentido, lo más importante es que, en última instancia, el tratamiento no haga el trabajo que tiene que hacer la vida. Ese es el criterio fundamental: que alguien, llegado a cierto punto, tenga que volver a vivir porque, si se estira demasiado el análisis, esa persona pierde la posibilidad de hacerlo por su propia cuenta. También hay que marcar una distinción entre la utilización de las sesiones como herramienta terapéutica y el espacio de análisis como un lugar al que uno puede seguir ligado porque le sirve, lo acompaña o le permite pensarse mejor.

B:-Freud decía que el alta se da cuando se recupera la capacidad de amar y de trabajar, que son dos capacidades fundamentales y muy difíciles de desarrollar en el mundo actual. Por otro lado, el alta no es equivalente a la conclusión del análisis. Muchas veces, los tratamientos concluyen sin que haya un alta y, en otras ocasiones, hay altas y experiencias de conversación que pueden transformarse y continuar en el tiempo. Finalmente, hay veces que está bien que un tratamiento termine.