Para Garry Kasparov, reconocido político y maestro ajedrecista ruso, solo una derrota militar de Vladimir Putin en Ucrania devolverá la esperanza a su país y al continente europeo. A casi cuatro años del inicio de la invasión a gran escala sobre Ucrania, Kasparov considera que la guerra emprendida por el Kremlin es la manifestación de una mentalidad imperial profundamente arraigada en la sociedad rusa, sostenida por décadas de propaganda y por la estructura del Estado.En una entrevista con el medio Ethic, el ex campeón mundial de ajedrez, conocido por anticipar movimientos tanto en el tablero como en la política, afirmó que Putin no es un dictador tradicional, sino un líder surgido de la KGB, que ha sabido manipular símbolos y percepciones para consolidar su control. Kasparov advirtió también sobre la persistencia de la mentalidad imperial rusa y afirmó que la guerra de Vladímir Putin va más allá de Ucrania; su objetivo es transformar el orden internacional y desafiar a Occidente. Kasparov enfatiza que persuadir a los rusos de que el imperio ha terminado es la única vía para evitar la repetición cíclica de la autocracia y la agresión en Rusia.“Los dictadores no juegan al ajedrez porque es un juego en el que tenemos un 100% de información disponible”, explicó Kasparov, aludiendo a la preferencia de Putin por tácticas de engaño similares al póker, donde el farol y la incertidumbre son herramientas clave. En su rol de estratega, el ex campeón mundial sostiene que el mandatario ruso ha apostado durante más de dos décadas a la falta de reacción internacional, logrando que la amenaza de guerra híbrida y desinformación reemplace al enfrentamiento militarEl símbolo del cambio y la mecánica dictatorialLa victoria de Kasparov sobre Anatoli Karpov en 1985, en plena Unión Soviética, representó no solo un triunfo personal sino también una señal de transformación para muchos. Mientras Karpov simbolizaba al régimen, Kasparov personificó la renovación en una época en la que Mijail Gorbachov generaba esperanza de apertura.El ex campeón recordó en su conversación con Ethic que enfrentó obstáculos institucionales, ya que el sistema intentó proteger al representante del statu quo. Para Kasparov, ese combate fue un “efecto psicológico muy importante, porque la lucha contra los dictadores, la lucha por la libertad, necesita símbolos”. Subraya que los dictadores prefieren jugar al póker y no al ajedrez porque pueden ocultar sus cartas y mentir; en cambio, el ajedrez requiere transparencia total, donde ambos oponentes conocen los recursos del adversario.Putin, observa Kasparov, lleva “veintitantos años” empleando la estrategia del farol, aprovechando la vacilación de sus rivales más que la fortaleza de su posición real.Putin, la memoria imperial y la guerra sin reglasKasparov ha sido una de las voces que advirtió, incluso desde antes de la guerra de Ucrania, sobre la deriva autoritaria de Vladímir Putin. Según explicó a Ethic, no se trató de clarividencia, sino de saber escuchar a Putin, quien —en la línea de otros dictadores— siempre expresó abiertamente sus objetivos. Destaca varios momentos: la restauración del himno soviético, la declaración de Putin en 2005 calificando la caída de la URSS como “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”, y el ultimátum lanzado en Múnich en 2007 a la OTAN para que retornara a las fronteras de 1997.Para el gran maestro, los planes de Putin de “restaurar la influencia rusa” quedaron claros mucho antes de 2022. La ofensiva a gran escala contra Ucrania fue la culminación de un proceso que incluyó la invasión de Georgia en 2008 y la sucesiva tolerancia internacional hacia el Kremlin. Kasparov advierte: “Putin no busca solo Ucrania, sino cambiar el orden mundial liberal”.Una guerra híbrida extendida a OccidenteEl conflicto en Ucrania, según Kasparov, ya no se restringe al territorio ucraniano: “Esta es una guerra contra la Unión Europea, contra la OTAN, contra Estados Unidos”. Sostiene que Europa solo vive en relativa calma porque los ucranianos enfrentan los ataques rusos. Aunque el continente dispone de recursos, falta decisión o disposición para confrontar abiertamente al Kremlin.Pone como ejemplo la reacción occidental ante la invasión rusa de Georgia, cuando la Unión Europea buscó minimizar la responsabilidad de Moscú. Kasparov afirma que Putin identificó la oportunidad de actuar impunemente y la aprovechó, en línea con un dictador de mentalidad KGB y no simplemente militar. Resalta la existencia de lobbies y grupos políticos en varios países europeos financiados directamente por Rusia.Desde su perspectiva, el gran error de Putin fue subestimar el deseo de libertad de la sociedad ucraniana, pero acertó al anticipar la escasa reacción occidental: “Lo único que ofrecieron fue ayuda para que Zelensky se escapara. Putín no la dejará mientras tenga recursos”.Estados Unidos, Trump y los riesgos democráticosEn su análisis sobre la política estadounidense, Kasparov remarca las diferencias entre la tradición democrática de Estados Unidos y la historia de Rusia. No obstante, observa paralelismos en cuanto a estrategias de erosión interna. Acusa a Donald Trump de intentar “desmantelar los equilibrios clave” en la democracia estadounidense, cuya fortaleza, dice, ha evitado un colapso como el de Rusia. Aun así, llama a la sociedad norteamericana a mantenerse alerta: “Es necesario que los estadounidenses despierten. Y me parece que el país está despertando”.Sobre la relación de Trump con Putin y Ucrania, sostiene que el expresidente actuó principalmente por interés personal y que su falta de apoyo inicial a Kiev se debió a la creencia de que Ucrania estaba perdida: “Pero al final del verano Trump mira el mapa y ve que Putin no gana”.El virus imperial y la imposibilidad de pazKasparov sostiene que “la guerra para Putin es un elemento fundamental de la vida rusa” y que la propaganda pervade incluso instituciones educativas desde la infancia. Explica que existe un componente estructural, casi genético, en la sociedad rusa: la mentalidad imperial. Esta visión, compara, impregna tanto a conservadores como a liberales. La historia reciente muestra, según él, que los períodos de derrotas militares traen reformas dentro de Rusia, mientras que las victorias en el exterior consolidan regímenes autoritarios.Pone ejemplos históricos: tras la guerra de Crimea en 1853, Rusia experimentó liberalizaciones; la derrota frente a Japón condujo a la creación del primer Parlamento; la caída en la Primera Guerra Mundial abolió la monarquía, y la victoria en la Segunda Guerra Mundial robusteció el estalinismo. Kasparov señala que solo una “terapia de choque”, representada por la bandera ucraniana en Sebastopol, podrá romper el ciclo imperial ruso.El precio de la complacencia y la esperanza posibleEl fracaso de la transición democrática en Rusia se debe, en opinión de Kasparov, a la incapacidad de erradicar la naturaleza imperial del Estado. Asume su parte de responsabilidad por “no comprender que las reformas en Rusia no podrían completarse sin eliminar la estructura imperial”. Opina que la caída del comunismo solo ocultó temporalmente una mentalidad profundamente arraigada.Señala que la adopción superficial de la democracia, entendida exclusivamente como mejora de vida material y acceso al consumo, impidió el arraigo institucional real. “La democracia de Rusia siempre fue una capa muy superficial. Debajo todavía estaban las antiguas fuerzas del odio y los sueños imperiales con los que Putin jugó muy bien.”La única vía para devolver la esperanza al pueblo ruso, afirma, es “la derrota definitiva del régimen de Putin, la derrota definitiva en el campo de batalla”. Mientras tanto, advierte que no puede considerarse que la guerra termine hasta que la postura autocrática y expansionista en el Kremlin haya sido desmontada tanto militar como culturalmente.Kasparov concluyó que convencer al pueblo ruso de la muerte del imperio es la tarea ineludible del siglo XXI. Navegación de entradasEl gobierno francés liberó un petrolero de la flota fantasma rusa tras pagar una multa millonaria Cosquín Rock 2026: las cifras de un amor incondicional que trasciende fronteras