Una agenda caliente marcada por la guerra de Irán, las avivadas (por decir lo menos) de Adorni y el odio al periodismo del presidente Milei desplazó mi atención de algo que me hubiera gustado seguir más de cerca: la misión Artemis II a la Luna y el viaje de la cápsula Orión, que ayer regresó a la Tierra. No solo por los descubrimientos celestes de la misión, sino sobre todo por la experiencia de los cuatro astronautas que convivieron diez días en ese espacio ínfimo en el que flotaban ingrávidos mientras se desplazaban por el espacio a velocidades que superan los 35.000 kilómetros por hora.Las imágenes que tomaron desde el lado oscuro de la Luna con la Tierra detrás, colgada en medio del vacío cósmico, sobrecogen. La foto nos ofrece la posibilidad de mirarnos desde una perspectiva inédita. Sabemos desde Galileo que no somos el centro del universo, pero impresiona atisbar esa idea desde una imagen que, al poner nuestro planeta en relación con su satélite y con el espacio que lo circunda, exhibe nuestra pequeñez. ¿Qué habrán sentido los astronautas allá arriba? Porque una cosa es pensar en nuestra insignificancia a partir de una foto y otra muy distinta es estar instalado en ella, como lo estuvieron estas cuatro personas mientras se desplazaban por esa inmensidad a la que no se le conoce fin y no se puede medir, pues cualquier sonda que se lance viajará sin término y acaso sin devolver eco alguno. Pienso en el Voyager 1, botella al mar con músicas y señales de nuestra humanidad curadas por Carl Sagan, que se lanzó en busca de un contacto que nadie sabe si algún día ocurrirá. Hoy esa nave está a más de 25.000 millones de kilómetros de la Tierra, surcando el espacio interestelar, tras haber superado los límites del Sistema Solar luego de andar medio siglo recorriendo el infinito. Cuánta soledad.¿Qué habrán sentido los astronautas allá arriba, en medio de esa inmensidad a la que no se le conoce fin y no se puede medir?Entre otros récords, el vuelo de la nave Orión llevó a sus tripulantes a la mayor distancia respecto de la Tierra que hasta ahora haya alcanzado cualquier ser humano. Más de 406.000 kilómetros desde estas pampas. Nadie antes estuvo tan lejos. La literatura puede ayudarnos, con la imaginación, a vivir esa soledad. En “Caleidoscopio”, uno de los cuentos de El hombre ilustrado, Ray Bradbury narra la historia de un grupo de astronautas que caen por el espacio después de que su cohete estallara; hablan entre ellos por radio, pero la distancia que se abre en ese “mar oscuro” a medida que su caída los separa corta de pronto la comunicación y Hollis, el protagonista, queda solo con sus últimos pensamientos. Escribo esta columna horas antes de que la cápsula Orión enfrente su trance más riesgoso -el reingreso a la atmósfera terrestre a una velocidad de 38.000 kilómetros por hora-, confiando en que todo saldrá según lo planeado. Otro libro recomendable es Orbital, de Samantha Harvey, novela que sigue la misión de un grupo de astronautas que orbitan alrededor de la Tierra durante más de cinco meses. Su lectura sugiere que estamos en un universo sin márgenes, ya que no tiene centro, solo una “masa mareante” de cuerpos que bailan. ¿La música de las esferas, como creía Pitágoras? ¿Compuesta cómo? ¿Por quién?Los tripulantes de la nave Orión, que se acercaron como nadie antes a la imposible visión del todo, o de la nada, viajaron con un cúmulo de expectativas y de preguntas. Christina Koch, primera mujer en una misión lunar, dijo antes de partir que el viaje era “la oportunidad de responder a lo que podría ser la pregunta de nuestra vida: ¿estamos solos?”. La respuesta a ese interrogante, señaló, comienza en la Luna. Y se desplegará, seguro, en futuras misiones. Ese viaje no termina.La fantástica travesía de Koch, Reid Wiseman, Victor Glover y Jeremy Hansen es quizá el ejemplo más perfecto del viaje hacia lo desconocido. Un viaje al que sin embargo estamos todos invitados y que no exige un pasaje a la Luna, sino más bien una actitud de apertura hacia lo distinto propia del que espera descubrir cosas nuevas incluso en territorio conocido o en los espacios en los que se mueve a diario.Ese gesto de apertura acaba volviéndose sobre nosotros. Pasa del exterior al interior. La sonda invierte la dirección. Se me da por imaginar que acaso la pregunta más importante que habrán rumiado estos astronautas a 400.000 kilómetros de distancia de la Tierra, rodeados de una inmensidad sin límites, vaya más allá del interrogante acerca de si estamos solos o acompañados en el universo. Quizá, al margen de la magnitud de la hazaña que emprendieron, se hayan hecho la pregunta que acompaña al buen viajero, aquel capaz de sorprenderse ante las maravillas o las rarezas que le salen al paso tanto durante un trekking por las montañas de Nepal como en una breve caminata al almacén de la esquina. Porque el verdadero viaje es la búsqueda de uno mismo. Del misterio que nos habita. La pregunta que surge ante esas maravillas, y sobre todo ante aquellas que los astronautas tuvieron la oportunidad de contemplar, es entonces otra: ¿quiénes somos?Las nuevas perspectivas, incluso la de la Tierra vista desde la cara oculta de la Luna, donde vemos la humanidad entera y toda su historia contenida en una bola azulada del tamaño de una pelota de fútbol que no deja de girar, no siempre nos arriman a una respuesta. Muchas veces amplían el alcance de la pregunta. La enriquecen. Esa es la ganancia que, en esos casos, sumamos a la mochila en el viaje en el que estamos todos embarcados. Navegación de entradasCumplió 107 años. Actuó en Lo que el viento se llevó, fue doble de Judy Garland en El Mago de Oz y sobrevivió a la caída de un avión Campeona como papá: hija de un astro del automovilismo, asegura: “Tras el accidente de mi padre, me volqué de lleno a los caballos”