El verdadero fin de la literatura
El verdadero fin de la literatura

Al principio, un comienzo: “Todas las familias felices se parecen entre sí; pero cada familia desgraciada tiene un motivo especial para sentirse así”. Las primeras palabras de Anna Karenina son mis favoritas en la historia de la literatura (aunque compiten contra las de otro ruso: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas…”). Nuestra atención es el último campo de batalla en disputa y el comienzo de una novela necesita la potencia, la sorpresa y la efectividad de un arma letal: es el que empuja, por sí o por no, la decisión de la lectura. Un libro sin principio sería necesariamente uno sin final y por lo tanto, infinito. Ni siquiera Borges pudo leer tanto.

Los clásicos rusos conviven con los contemporáneos argentinos que compusieron grandes inicios y en todos se resume una promesa: ¿lo mejor está por venir?

La socióloga y periodista Eugenia Zicavo hizo un ejercicio caprichoso en la libroteca de su casa: se dedicó a leer algunas novelas con la premisa de no pasar de las primeras cinco páginas. La literatura en formato snack la tentó: “Rápidamente, lo que empezó como un juego se convirtió en obsesión: encontrar esas primeras páginas perfectas que hacen que una historia sea imposible de soltar”. Y así nació Primeras páginas, el libro recién publicado que reúne los mejores cien comienzos de la literatura (para mi alivio están, cómo no, Tolstoi y Nabokov). Los clásicos rusos conviven con los contemporáneos argentinos que compusieron grandes inicios y en todos se resume una promesa: ¿lo mejor está por venir? A veces sí, a veces no. Como acto de justicia, Zicavo excluyó de este canon iniciático los libros geniales con comienzos flojos y los mediocres con oberturas geniales. En la promesa no hay engaño: estos comienzos conducen a novelas maravillosas.

En la lectura debe primar la felicidad y en cada inicio se juega una esperanza de dicha

¿Contar mucho o contar poco? La selección se revuelve alrededor de ese dilema. “En las novelas del siglo XIX los inicios solían ser morosos, con páginas enteras dedicadas a la descripción de un paisaje, un árbol genealógico, las características físicas de un personaje”, escribe Zicavo: “Hoy esos principios son casi inhallables”. La lectura compite con las series, las redes sociales, los mensajes instantáneos, los likes, los partidos del Mundial: vivimos en la cultura de la distracción. ¿Cómo retener al lector? Los inicios literarios son inversamente proporcionales a los finales audiovisuales. Si una serie o una telenovela tienen que ofrecer un gancho al final de cada bloque o episodio para que el espectador aguante los cortes comerciales y vuelva a mirar qué pasa, las novelas ofrecen su carnada al principio como un señuelo que capture al que las hojea de parado en una librería y decide si entrega sus próximos días, semanas o meses, a la inmersión en esas historias. A veces hacen falta largas parrafadas y otras, con dos palabras alcanza (“Llámenme Ismael”). Hay comienzos que se convierten en clásicos y se instalan en el inconsciente colectivo. El autor compone y corrige esas palabras con el cuidado que se le dispensa a un recién nacido.

La decisión de seguir o no queda en manos del lector. Borges decía que uno de los consejos que le había dado su padre era que deje caer un libro si no estuviera interesado; más atrás en el tiempo, Montaigne confesaba saltearse párrafos enteros ante el desconcierto o el aburrimiento. En la lectura debe primar la felicidad y en cada inicio se juega una esperanza de dicha: es el fin de la literatura.

ABC

A.

Según distintas encuestas, el mejor comienzo en español le corresponde a Don Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

B.

En inglés, los lectores se inclinan por el inicio de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.”.

C.

El libro Primeras páginas, de la crítica literaria Eugenia Zicavo, elige los cien mejores comienzos con autores de distintas épocas, países y géneros.