Podría haber escrito un ensayo o un manual para padres sobre el peligro de las redes. Pero Soledad Gutiérrez Eguía eligió un camino editorial más íntimo: una carta dirigida a quienes están creciendo con un excesivo uso de celulares y pantallas. Una decisión de estilo y un gesto de confianza que comienzan con el encabezado “Querido adolescente” y marcan el tono más cercano del libro: hablarle a una generación desde la proximidad y sin sermones.Pero antes del libro, hubo una observación. Como directora de dos programas sociales de arte, la autora trabajaba a diario con niños y adolescentes y observaba cómo la exposición excesiva a las pantallas los afectaba cada vez más. Chicos que no podían concentrarse ni mantenerse despiertos. Adolescentes que no lograban conectarse con la lectura y con problemas para comunicarse. Algunos que decían sentirse tristes y solos a pesar de estar rodeados de amigos. Y otros que reconocían estar endeudados por haber caído en las apuestas online. Todos los días, se enfrentaba a un panorama cada vez más alarmante.“Algo tengo que hacer”, se dijo, sin imaginar que esa declaración pondría en marcha una maquinaria de búsqueda que terminaría siendo mayor a lo imaginado y que desembocaría en su libro Querido adolescente, no es tu culpa, una guía dirigida a todos los mayores de 12 años que tienen acceso a un celular o a cualquier dispositivo electrónico.La primera edición se agotó en un mes y medio, y va por la cuarta. Actualmente se imprime en Croacia para distribuirse en España, Estados Unidos y América Latina. Ya fue traducido al español peninsular, al catalán, al inglés y al francés y, próximamente, al griego y al portugués para estar disponible en 15 países.Todo comenzó con una pregunta sobre el uso excesivo del celular y de las pantallas: “¿Qué estamos haciendo como generación al entregarles a los chicos esta herramienta sin ningún tipo de control? Por supuesto que tiene muchísimos usos positivos, siempre lo aclaro. No vengo a demonizar la tecnología, yo la uso. Pero también tiene muchísimos riesgos y se los estamos dando sin control”.La sobreexposición tecnológica es como una droga. Provoca una dependencia que dificulta la atención y el bienestar emocionalAsí, Soledad Gutiérrez Eguía, licenciada en Ciencias de la Comunicación, que había trabajado dos décadas en el mundo empresarial y que, hace diez años, se volcó a la acción social, empezó a buscar respuestas. Luego de estudiar bibliografía, entrevistar a profesionales y analizar el tema de cerca, empezó a darle forma a su libro para explicarles a los adolescentes cómo la tecnología en exceso o mal utilizada los perjudica. Y para darles información para que ellos mismos pudieran cuidarse.Su mirada sobre el tema también estaba atravesada por su trabajo social. Dirigía dos programas de arte comunitario junto a las fundaciones Grano de Mostaza y Naranjos, por los que pasaron más de 700 adolescentes en situación de vulnerabilidad, y en 2015 había creado Minigestos–Niños Solidarios en Acción. Como madre de tres hijos, además, sentía dentro de su propia casa que algo tenía que hacer.–¿Cómo fue tu recorrido hasta llegar al libro?–A partir de la pandemia, especialmente, empezamos todos a notar el enorme daño que esta sobreexposición a las pantallas estaba provocando en los chicos y a incorporar talleres para que ellos también tomaran conciencia. Comencé a investigar y a analizar informes nacionales e internacionales de entidades reconocidas como la Unesco, Save the Children y Unicef. Entrevisté a especialistas de la salud, psicólogos y psiquiatras.–Cuando iniciaste la investigación, ¿ya habías pensado en compartirla en un libro?–Al principio, no. Pero a medida que avanzaba me daba cuenta de que era necesario que esto se conociera de una manera más amplia. A los adolescentes les impactaba saber que el uso de las pantallas podía convertirse en un problema de adicción, similar al de otras sustancias, como las drogas o el alcohol. Empezaban a reaccionar y a decir: “Ah, yo no sabía que esto era así”. Había un cambio, una concientización de lo que estaban haciendo. Entonces decidí plasmar las investigaciones de una manera atractiva, en este caso en un libro, y siempre poniéndome del lado de los chicos.Cuando la reconocida psicóloga Maritchu Seitún leyó el libro, se ofreció a escribir unas líneas en la contratapa donde lo presenta como una buena herramienta para que los chicos puedan abrir los ojos, “que sean libres y no se dejen engatusar por las piedritas de colores (que no son diamantes, aunque lo parezcan) que ofrecen las redes y la sociedad de consumo”. También tuvo el aporte del psiquiatra Matías Bonanni, que le aconsejó cómo abordar los temas y le aclaró algunos términos médicos. Les explico a los chicos que las vidas de todas las personas tienen momentos apáticos, momentos de tristeza, momentos aburridos, a veces momentos tristes. Nadie publica la totalidad de su vida–¿Por qué el uso de pantallas afecta de manera más profunda a los jóvenes?–El cerebro adolescente se encuentra en pleno desarrollo, especialmente la corteza prefrontal, hasta los 25 años. El uso excesivo de pantallas nos afecta también a los adultos, pero la velocidad y la profundidad con las que afecta a los chicos son mayores. La exposición intensa a estímulos digitales altera esta estructura. Las plataformas buscan generar adicción mandándonos todo el tiempo cosas que nos generan placer. Es la famosa dopamina, que por supuesto no tiene nada de malo en sí misma. Es el neurotransmisor del placer y se necesita para vivir: se libera cuando comemos, cuando tenemos relaciones sexuales, cuando tenemos logros. El problema de la dopamina es el exceso, porque no estamos creados para sentir placer todo el tiempo, sino para buscarlo, para generarlo, para perseguirlo. Entonces, cuando el cerebro detecta esos excesos de dopamina, para protegernos, se adapta. Empiezo a liberar menos dopamina y necesito más cantidad para lograr lo mismo que antes. La sobreexposición tecnológica es como una droga. Provoca una dependencia que dificulta la atención y el bienestar emocional, ya que los jóvenes pierden la noción del tiempo.–Y afecta también los vínculos.–Sí, comienzan a aislarse, y en algunos casos hasta les sacan las ganas de vivir. Aparte hay un montón de casos… Mucho más de los que conocemos. La salud de los chicos se ve afectada no solo por el contenido nocivo que consumen, sino también por la cantidad de tiempo que lo hacen. Las pantallas tienen la capacidad de hacernos parar en la noción del tiempo. Pasan las horas y no nos damos cuenta, tanto adultos como a los chicos.–Es lo que mencionás en el libro como imán invisible.–Sí, es un círculo vicioso. Cada vez se va adaptando más mi cerebro y llega un momento en que pierdo la capacidad de sentir. Entonces, de un lado tengo las pantallas que me ofrecen excesos de dopamina disfrazados de bienestar y, del otro, me doy vuelta a una vida que se volvió muy oscura, donde perdí la capacidad de sentir, donde todo cuesta, todo duele, todo irrita, todo molesta. A veces no tengo ganas de levantarme de la cama ni de hablar, me cuesta estudiar, me cuesta concentrarme. Y a esto se suman las vidas que ven a través de Instagram y de TikTok. Una apariencia a la que ellos no van a llegar porque prácticamente no existe. Les explico a los chicos que las vidas de todas las personas tienen momentos apáticos, momentos de tristeza, momentos aburridos, a veces momentos tristes. Nadie publica la totalidad de su vida.Estudios internacionales indican que gran parte de los jóvenes accede a contenido pornográfico de forma accidental a edades tempranas–Creen que todo lo que ven en las redes sociales es verdad.–Miran en forma constante todo lo divertido que hacen los demás. También nos pasaba en nuestra generación, siempre teníamos un ideal. Si un día una amiga en el colegio me decía: “Ayer fui a jugar a lo de Juana”, yo pensaba: “Me hubiera gustado ir”. Es el miedo de quedar afuera, una característica de la adolescencia. Imaginate cómo eso está exacerbado. Antes era lo que uno imaginaba o sabía, pero ahora lo pueden ver y comprobar por una publicación en redes sociales. Hay continuamente una mirada sobre la vida del otro. Además, surgen los ideales corporales imposibles de alcanzar y los consecuentes trastornos de la alimentación.–¿Cómo pueden los adolescentes tomar conciencia del impacto de estos contenidos?–Les propongo que, cuando miren una red social, se pregunten, ¿qué estuve mirando?, ¿de verdad me divertí?, ¿aprendí algo?, ¿me entusiasmó lo que estuve haciendo o simplemente pasé el rato y no sé ni qué hice? Las redes sociales vinieron para quedarse, eso es seguro. Aprendamos y veamos de qué nos sirve esto. Entonces ayudemos a los chicos a ver, concienticemos ese tipo de información.–En el libro mencionás a las “mentes brillantes” y contás qué piensan y qué dicen los que más saben de tecnología. –Las pantallas fueron creadas para generar adicción y los creadores de tecnología, Steve Jobs, Bill Gates, Chris Anderson… todos protegían muchísimo a sus chicos, no les daban celulares hasta los 14 o 16 años. Ni siquiera el iPad, en el caso de Steve Jobs, que fue el creador de Apple. Limitaban a sus hijos el uso tecnológico. Ellos protegían a los suyos. Nosotros tenemos que proteger a los nuestros, ¿no? Tenemos que entender esto, las pantallas fueron diseñadas para generar esta adicción. Por eso les digo a los chicos: “No es tu culpa. Más allá de que seas inteligente, de que creas que a vos no te van a enganchar, te van a enganchar”.–¿Qué riesgos presentan los juegos de apuestas online?–Las apuestas representan un peligro latente y muchos adolescentes acceden a estas plataformas por influencia de figuras públicas. Las aplicaciones facilitan el crédito inicial para captar a los usuarios y el riesgo principal radica en la pérdida de dinero y el desarrollo de conductas adictivas que aíslan al joven de sus actividades cotidianas. Es necesario advertirles a los chicos que las plataformas siempre ganan.–También es creciente la exposición a la pornografía.–Estudios internacionales indican que gran parte de los jóvenes accede a contenido pornográfico de forma accidental a edades tempranas. Este material distorsiona la visión sobre la sexualidad, despoja los vínculos de respeto y reciprocidad, y normaliza situaciones violentas. Debemos hablar de sexualidad y pornografía antes de lo que pensamos.–¿Qué rol ocupan la inteligencia artificial y el ciberbullying?–La inteligencia artificial actúa muchas veces como un confidente complaciente que dice lo que el adolescente quiere escuchar. Este uso es riesgoso porque reemplaza el diálogo humano y limita la tolerancia a la frustración. Por otro lado, el ciberbullying multiplica el alcance del acoso escolar al no tener límites espaciales.–¿Cuáles son las medidas más efectivas en el hogar y en la escuela?–Las escuelas que restringen el uso de celulares muestran mejoras notables en el rendimiento académico. Sin embargo, la prohibición escolar no alcanza. Los adultos deben fomentar proyectos de vida, actividades reales y momentos presenciales. El acompañamiento debe basarse en el diálogo y la transmisión de información basada en datos científicos, en lugar del castigo o la prohibición sin explicación.–Y con tus hijos, ¿cómo te manejaste con la tecnología? —A mí me hubiera gustado tener esta información antes; me hubiera manejado distinto, sin dudas. Cuando me empecé a dar cuenta de esto, me dije: “Es barajar y dar de nuevo”. Les hablo sobre lo que implica el exceso de pantallas, pero sostengo que la cantidad de horas debe ser limitada, y mis hijos lo saben. Por ejemplo, soy bastante drástica. no quiero que usen los celulares hasta el último minuto antes de irse a dormir. A la que ya es mayor de edad no le puedo decir más nada, pero sí puedo procurar que tenga todas las herramientas para manejarse sola. Y, sobre todo, hago mucho énfasis en estar presente, en tratar de mostrarles alternativas a este mundo digital: la vida real, donde se genera el verdadero bienestar, que tiene más que ver con la felicidad plena y no tanto con el placer. Navegación de entradas“La industria del lujo es resiliente; las marcas centenarias sobrevivieron a guerras mundiales” Herman Cornejo: “Hoy el bailarín tiene una vida más larga, vamos empujando la barrera”