“Diseño para el alma: valoro lo auténtico, lo artesanal y la huella del hacer”
“Diseño para el alma: valoro lo auténtico, lo artesanal y la huella del hacer”

La pasión atraviesa todo lo que hace. Cocinar, diseñar, pensar un proyecto o recibir amigos: la diseñadora argentina Gabriela López Monzón se entrega por completo en cada gesto. “En todo lugar donde estoy, pongo lo mejor de mí”, dice. Y agrega, casi como una advertencia: esa intensidad también implica renuncias.

Madre y profesional, Gabriela -más conocida como Gaby- se hizo a sí misma y volvió a empezar cuando lo sintió necesario. Movida por una determinación imparable, eligió escuchar aquella pasión por el arte y el diseño que la acompaña desde chica y cambiar de rumbo para siempre.

El nuevo refugio creativo de C’est Moi: una restauración que recupera la elegancia original del edificio y la proyecta hacia una escena contemporánea de diseño y trabajo colaborativo.

Un viaje que lo cambió todo

Todo empezó cuando se mudó con su familia a Ciudad de México. “Me fui siendo abogada —ejercí el derecho durante 17 años— y ese viaje fue, para mí, una oportunidad de replantear todo lo que venía haciendo ruido en mi cabeza. Cuando una es madre, empieza a pensar en el ejemplo que da, en qué está enseñando y qué legado deja. Fue ahí cuando decidí patear el tablero”, recuerda.

Gaby diseña desde la emoción: escucha, acompaña y crea espacios que representen el mundo interior de cada cliente, sin imponer una marca propia.

Desde muy chica, Gaby tuvo un vínculo profundo con el arte. “Despierta mis emociones, me hace sentir viva”, dice. Incluso cuando ejercía la abogacía y atravesaba un presente profesional intenso y demandante, ese costado creativo nunca dejó de acompañarla, aunque entonces lo considerara apenas un hobby. “Mis dos mundos coexistían. Me sacaba un traje y me ponía otro”.

Gaby junto a su objeto favorito, el libro de fotografía

Ese cambio era visible puertas adentro. Al trabajar en casa, sus hijos —especialmente el mayor— notaban la transformación: le decían lo feliz que la veían, cómo le cambiaba la cara y le brillaban los ojos cuando se conectaba con lo artístico. Su marido también lo percibía con claridad. “Me decía: ‘Es muy loco cómo tenemos una versión tuya tan distinta cuando te encontrás con vos misma’”, cuenta. Como si en ese gesto íntimo, casi cotidiano, ya estuviera latiendo la certeza de un camino que tarde o temprano iba a imponer su voz.

Gaby con sus hijos Tomás, Mateo y Camila.

En México comenzó una nueva etapa, una más dentro de sus tantas vidas. “Ahí empecé otra vida, en la que volví a encontrarme conmigo misma después de atravesar un accidente muy grave en Argentina, justo antes de partir”, cuenta. Se había llevado una puerta por delante. Gaby señala su brazo izquierdo: durante un año le diagnosticaron una incapacidad del 100%.

Retratos de su casa en Pilar, donde confiesa encontrar un oasis de calma.

“Llegué a México con el brazo completamente inhabilitado, sin poder moverlo. Y le dije al médico, con total determinación, que si existía una mínima posibilidad de recuperarlo con rehabilitación, yo lo iba a hacer”, recuerda. Fiel a su carácter, no faltó a una sola sesión: iba todos los días, incluso los sábados y domingos. “Así fue como logré recuperar un 60% de movilidad, cuando nadie apostaba a que eso fuera posible”, dice.

Chic y fresco, el estilo de Gaby no teme al color, ni siquiera al blanco o negro. Apuesta a la luz como la energía que todo espacio necesita, llenos de estilo pero también de calidez y elegancia.

Gaby siempre supo que lo suyo era el arte. Fue en ese contexto cuando decidió estudiar Escultura en la Universidad de San Carlos. En una de las primeras clases, el profesor la observó y fue directo: ¿cómo vas a tallar mármol si ese brazo no te responde? “Yo estaba empecinada en que iba a poder”, recuerda.

La cocina de Gaby López Monzón: muebles verdes, vitrinas iluminadas y una isla central que convierte el corazón de la casa en un espacio cálido, funcional y lleno de carácter.

“Y fue ahí cuando me choqué con la realidad: había algo que no podía hacer. Esto no. Fue uno de esos límites contra los que necesitamos golpearnos para entender hasta dónde llegar”. Ese momento marcó un freno abrupto. “Hasta ahí llegué”. Y como tantas veces en su historia, esa pared contra la que se encontró no fue un final, sino el comienzo de otra forma —más consciente, más posible— de acercarse al arte.

Gaby en su cocina, un espacio a puro color.

Primeros pasos

Siguiendo su pasión por el diseño y el interiorismo, comenzó a estudiarlo en profundidad y a dar forma a lo que sería C’est Moi, su futuro estudio y usina de proyectos de arquitectura e interiorismo. Sus primeros trabajos se enfocaron en proyectos de interiorismo en distintas casas, y luego continuó con una etapa de producción de mobiliario. En ese proceso, también se permitió cruzar hacia la moda. “Mi tiempo en México fue una explosión de creatividad, de color y de libertad. Siempre fui muy respetuosa conmigo misma, con lo que siento, pienso y hacia dónde quiero ir”, resume.

El jardín de Gaby, repleto de rosas.

“Creo que, en algún punto, todos buscamos la aprobación de los demás. Yo soy bastante rebelde con eso: siempre voy detrás de lo que me hace feliz. Ahí es cuando siento que no tengo límites. Jamás podría ponerle un freno a mi creatividad“.

Gaby en un viaje a India.

Volver a casa

Su retorno a la Argentina no fue sencillo. Cuando se fue, era abogada; cuando regresó, ya no. “Allá me había ido siendo ‘la doctora López Monzón’ y volví convertida en diseñadora”, cuenta. El cambio desconcertó a muchos. Recuerda que, sin excepción, amigos, familia y todo su círculo reaccionaron igual cuando anunció su decisión: invertir sus ahorros en el desarrollo de su marca y en un showroom propio. “Me decían que estaba loca, que volviera a la profesión. Era como si no pudieran correrse de esa única ventana posible”.

Entre boiseries, pisos de época y una iluminación escultórica, el estudio de C'est Moi reinterpreta una joya arquitectónica de Recoleta como espacio vivo de creación.

Pero esa resistencia ajena fue, también, el motor. “¿Por qué no podía hacer otra cosa? ¿Dónde está escrito que tengo que seguir haciendo lo mismo toda la vida?”, se preguntaba. Contra todo pronóstico, avanzó. Así en 2016 nació C’est Moi, junto con un showroom a la vuelta del Patio Bullrich. “En poco tiempo, creció mucho, y eso me llenó de satisfacciones”.

“Trabajamos codo a codo con nuestros clientes para generar mundos puertas adentro”, confiesa Gaby.

“El arte está dentro mío y en cada material que elijo: busco objetos con historia, los transformo y los hago volver a nacer, rescatando su esencia”.

Gaby durante su recorrido por los Trulli, las famosas construcciones cónicas de piedra caliza blanca de la región de Puglia, sur de Italia.

“Diseño para el alma. Valoro lo auténtico, lo artesanal y la huella del hacer, porque mi camino fue la fusión del arte y el diseño, eso que me conecta con lo que soy”.

Un recuerdo de un recorrido por el bazar de San Ángel, en la parte antigua de  Ciudad de México.

Su paso por Experiencia Living

“Mi objetivo es despertar algo. No me alcanza con que un espacio resulte lindo: quiero que genere un impacto, que quede grabado en la retina y permanezca, aunque sea por un instante, en la memoria de quien lo recorre”, confesó la diseñadora.

En esta edición, las paredes del departamento las pintó en un tono terracota, buscando emular la arcilla, la tierra y lo natural.

Este año, en su tercera participación en la muestra, Gaby decidió recuperar un fragmento de su historia familiar. Al aceptar el desafío, atravesaba un momento de búsqueda íntima: todavía no aparecía el usuario que habitara ese futuro departamento ni la forma de articular el conjunto. La escena —como tantas veces en su recorrido— ocurrió casi sin intención, en su casa de fin de semana en Pilar.

“Mi paso por México marcó profundamente mi estética: me nutrió de vivencias, de la cultura, de historias y leyendas que siguen atravesando mi forma de mirar y crear”, contó Gaby. En la foto, el living del departamento diseñado para Experiencia Living.

Buscaban algo —ya no recuerda bien qué— cuando su marido le propuso subir al altillo. Ella dudó: ese espacio cerrado, con olor a humedad, no la tentaba en absoluto. Pero subió igual, por la escalerita plegable, entre cajas apiladas y polvo acumulado. “¿Y todas estas cajas?”, preguntó él. “Ni idea, no me interesa”, respondió, convencida de que ahí no había nada para ella.

Gaby es capaz de convertir espacios cotidianos en universos sensibles y profundamente personales, siempre guiada por objetos que cuentan historias, como es el caso de este ambiente del departamento de esta edición de la muestra.

Sin embargo, empezaron a abrirlas. Y entonces apareció el microscopio de su padre. La balanza de precisión. Los frascos de laboratorio. Todo estaba ahí. Aquellos objetos que habían formado parte silenciosa de su infancia y adolescencia, cuando pasaba horas en el laboratorio familiar. La sorpresa fue inmediata. “Ahí entendí”, recuerda. Años atrás, cuando su padre desarmó sus tres grandes laboratorios —donando gran parte del equipamiento— ella le había pedido algunas piezas. “Dámelas”, le dijo entonces. “Aunque siempre dijiste que odiabas el laboratorio”, le respondió él. “No importa”, contestó ella. “Es parte de mi historia. Algún día me va a servir”. Pasaron 17 años hasta que ese pedido encontró su sentido.

Los pequeños frascos que pertenecieron a su padre, patólogo de profesión, hoy resignificados con esencias especiales.

Esa noche no pudo dormir. El hallazgo la había llevado directo a sus padres y a una parte de su trabajo que siempre la había marcado: esa suerte de alquimia que hacía durante cirugías complejas. Diagnósticos urgentes, sustancias combinadas a toda velocidad, decisiones que podían salvar una vida. “Lo logramos, lo salvamos”, festejaba él cuando todo salía bien. Con los años, entendió cuánto había quedado de eso grabado en ella.

Su universo sensorial se despliega en cada ambiente: un atelier como corazón creativo, composiciones audaces, guiños artísticos, distintos climas y colores vibrantes.

Fue a partir del reencuentro con esos objetos que imaginó otra forma de laboratorio: uno ligado a las plantas, las esencias y el bienestar. Así nació El refugio del alquimista: un espacio para el cuidado, el descanso y el abrazo. Ese giro fue reparador. Los frascos encontrados tomaron un nuevo sentido. Los limpió uno por uno, con paciencia y obsesión amorosa, buscando honrar su historia y transformarla. Así, aquello que había sido exigencia y ausencia se volvió calma, memoria y sanación.

Gaby López Monzón en un rincón que ella misma diseñó: un muro iluminado que exhibe botellas como piezas de colección y transforma el bar en una experiencia sensorial.