Para Daniel Cayetano (detto Gaetano) Terracciano vivir entre dos mundos no siempre fue sencillo. A lo largo de su vida, esa dualidad creó ambigüedades e incluso críticas de quienes no experimentaron la migración en sangre: “Explicar lo que se vivió, lo que se sintió y lo que se hereda no es tarea fácil. Pero esa experiencia me dio, a la vez, una perspectiva más amplia sobre el tiempo, la identidad y la vida”, asegura hoy, mientras busca las palabras para reconstruir su historia.Hijo de inmigrantes italianos de posguerra, desde niño escuchó con fascinación los relatos cargados de esfuerzo, tenacidad y enseñanzas que sus padres, tíos y abuelos compartían en la mesa familiar. Del lado paterno provenían de Acerra, en la provincia de Nápoles, región de la Campania; del lado materno, de Cercepiccola, en Campobasso, región de Molise.Ambas familias llegaron a la Argentina acompañadas por la incertidumbre, el miedo y la profunda nostalgia. El desarraigo exhalaba un dolor difícil de explicar a través de la imagen de un baúl cargado de herramientas, semillas, ollas…: “En ese baúl viajaban también su pasado y su identidad”, dice Daniel, pensativo.“Escuché esas historias una y otra vez como quien oye un sermón en misa, con el más profundo respeto por mis raíces y mis antepasados. Marcaron en mí una huella imborrable, una dualidad que aún hoy habita en mi alma”.Una llegada fragmentada a la tierra del futuro: “Lo que más les llamó la atención de este suelo fue, ante todo, la paz”Llegaron en la posguerra, tal como lo hicieron miles de inmigrantes italianos. Confiando en las recomendaciones de quienes ya habían emigrado a la Argentina con anterioridad, la familia de Daniel arribó fragmentada. El abuelo paterno y el tío Giovanni, que tenía 16 años, pisaron el suelo austral en 1948 y trabajaron duro hasta poder traer a la nonna, Antonia, y a tres de los cinco hijos menores que todavía esperaban del otro lado del océano. El padre de Daniel, Domenico, y su tía Asunta, permanecieron en Italia bajo el cuidado de la tía Carmela. Pasaron casi ocho años hasta que pudieron reencontrarse. La historia materna no fue muy distinta. El abuelo, Domenico, llegó en 1947, dejando a la nonna Ermelinda y a la madre de Daniel, que tenía apenas seis meses de vida: “Tardó seis años en reunir los recursos necesarios para traerlas y volver a unir a la familia”, cuenta.Se instalaron en Manuel B. Gonnet, en la periferia de la ciudad de La Plata, que entonces era apenas un caserío con una estación de ferrocarril. Con esfuerzo silencioso, los abuelos comenzaron a trabajar en la construcción de la República de los Niños, y con cada aporte sentían que podían, poco a poco, sentir a esa nueva tierra como propia.“Lo que más les llamó la atención de este suelo fue, ante todo, la paz. La posibilidad de trabajar sin guerra, sin miedo. La oportunidad de construir un horizonte promisorio para ellos y para sus hijos. La esperanza de una familia unida, lejos del fantasma del hambre y creciendo en libertad”, asegura Daniel . “El contexto no era simple, aunque es justo reconocer que las oportunidades de trabajo nunca faltaron. Algunas mejores, otras más duras, pero siempre hubo una puerta que tocar y una posibilidad por construir”.“Mi madre llegó siendo apenas una niña para ingresar a la escuela. No sabía el idioma, no conocía a nadie; todo le resultaba extraño. Nada era fácil. Sin embargo, aprendió, se adaptó, trabajó y se convirtió en modista. Con esfuerzo y dignidad formó una familia maravillosa. Su historia es, para mí, un ejemplo silencioso de valentía cotidiana”.“Mi padre también se capacitó: se formó como maquinista del ferrocarril y era hábil en distintos oficios. Pero en él predominaba un instinto natural para el comercio, algo que bromeo diciendo que es pura genética napolitana. Ese espíritu emprendedor me lo transmitió —parafraseando a Joan Manuel Serrat— `con la leche temprana y en cada canción´, como una enseñanza que no se estudia, se hereda”.“Siempre fueron profundamente conscientes de la contención que les brindó esta tierra generosa que los recibió, los cobijó y les permitió crecer. Jamás escuché de sus labios una palabra que no fuera de admiración y agradecimiento hacia la Argentina. Valoraban su calidad humana, la solidaridad de su gente y la posibilidad real de progresar con trabajo honesto”.“Pero también es cierto que nunca se borró de sus mentes ni de sus almas su cara carissima Italia lontana. Italia era recuerdo, raíz y latido permanente. Argentina fue oportunidad y futuro. Entre ambas construyeron su destino. Y nosotros, sus hijos, aprendimos que la verdadera riqueza no estaba solo en mejorar la calidad de vida, sino en sostener la dignidad, la gratitud y el amor por las dos tierras que nos dieron identidad”.Un italiano nacido en Argentina: “Comprendí muy temprano que la identidad también se cuida”Daniel suele decir que es un italiano nacido en Argentina. Se crió en Manuel B. Gonnet rodeado de abuelos, tíos y primos que hacían del encuentro una forma de vida. A los almuerzos del domingo no faltaba nadie, estaban todos, sin excusas. Allí se superponían el italiano con el castellano, las risas y alguna discusión apasionada.La música de fondo era napolitana, poco supo Daniel de folclore o tango y mucho aprendió del santo patrono del pueblo de su nonno paterno. Cada año se organizaba una misa y una procesión por la avenida 19 y el abuelo tenía un orgullo particular en que Daniel, su nieto primogénito, lo acompañara: “Yo me sentía privilegiado, casi investido de una responsabilidad simbólica: comprendí muy temprano que la identidad también se cuida”.“Entre las costumbres más arraigadas estaba el mandato nominativo familiar: el primer hijo varón debía llevar el nombre del abuelo paterno; el segundo, el del abuelo materno. La primera hija mujer, el nombre de la nonna paterna; la segunda, el de la materna. Así llegué a llamarme Cayetano —Gaetano en su versión original—. En la familia extendida somos más de seis Cayetanos y varias Antonias. Los nombres eran una manera de asegurar que nadie se fuera del todo”.“Hacer salsa de tomate para todo el año era casi una ceremonia colectiva. También preparar licores tradicionales que aún hoy seguimos elaborando: nocillo, limoncello, pastas caseras y tantas recetas heredadas”, agrega Daniel con una sonrisa. “¿Ustedes, tanos, toman mate?”Tras asistir a la escuela parroquial de barrio, Daniel cursó el secundario en la Escuela Técnica Albert Thomas y luego ingresó a la Universidad Nacional de La Plata, donde se recibió de arquitecto en 1993, un hito que fue, en cierto modo, la concreción del sueño de sus padres. Paralelamente, en la Asociación Dante Alighieri, estudió italiano y reafirmó su identidad, lo que lo inspiró a transformarse en socio fundador del Circolo Campano di La Plata, en 1986. Desde entonces, Daniel jamás se detuvo y fue parte de numerosos grupos, espacios y asociaciones relacionadas a la difusión del arte y la cultura italiana.“Mientras mis amistades del colegio y la universidad transitaban caminos más vinculados exclusivamente a la cultura argentina, yo vivía una realidad paralela y complementaria. No lo sentí como un conflicto, sino como una riqueza. Había momentos en que notaba el contraste —en la música, en las comidas, en las celebraciones—, pero lejos de alejarme, me ayudó a comprender que mi identidad era doble y que eso no era una carga, sino un privilegio”, asegura. “Y si algo marcó mi adolescencia fue esa certeza: estudiar me daba herramientas para el futuro, pero mantener viva la cultura de mis padres y abuelos me daba sentido”.“Pero a pesar de mantener vivo el origen, hay costumbres argentinas que mis padres adoptaron de manera llamativa, como el mate. Más de una vez alguien preguntaba con sorpresa: ¿Ustedes, tanos, toman mate? Y la respuesta era un rotundo: ¡sí! Fue, de algún modo, un símbolo silencioso de integración”.“También adoptaron con entusiasmo la tradición de la carne y el asado, que se sumó sin dificultad a nuestra cultura de la mesa abundante y compartida. En ese punto, Italia y Argentina se encontraron sin conflicto: ambas celebran alrededor de la comida, del encuentro y de la conversación extendida”, continúa Daniel. “Lo que nunca terminó de desarrollarse en nuestra familia fue la cultura del deporte, especialmente el fútbol, tan central en la identidad argentina. Y siempre pensé que eso tiene una explicación profunda. Ellos llegaron con una carga enorme sobre los hombros: la necesidad de trabajar, de progresar, de sostener a la familia. En ese contexto, el deporte era visto como algo reservado para quienes disponían de tiempo libre o de una situación económica más holgada. No era una prioridad, era casi un lujo. Por eso no salimos deportistas. Y no me quejo. Porque si algo nos transmitieron fue la cultura del esfuerzo, del compromiso y de la responsabilidad. Tal vez no heredamos la pasión por la cancha, pero sí la convicción de que cada día había que jugar el partido más importante: el de la vida”.Volver a abrazar la tierra italiana: “Ese sueño se transformó en una obsesión y un objetivo que no dejé de perseguir”Años más tarde, Daniel y su padre tuvieron la dicha de volver a abrazar, al menos una vez más, a esa parte de la familia que había quedado del otro lado del océano. Pero no lograron hacerlo juntos. Tal como llegaron al nuevo mundo, regresaron al viejo continente de manera fragmentada.El trato recibido en Italia tras la guerra, el hambre, la desolación y el posterior exilio marcaron profundamente a Domenico. Sin embargo, él siempre soñaba con volver: “Soñaba hasta lo más profundo de su ser con recorrer las calles de su infancia, encontrarse con afectos y personas amadas, y sentir que su alma respiraba nuevamente su tierra”.“Para mí ese sueño se transformó, por transizione sanguinis, en una obsesión y un objetivo que no dejé de perseguir. En 1988 llegué a Italia por primera vez, y casi cuarenta años después de mi primer viaje, allí presenté mi libro, sobre historias de vida, costumbres, enseñanzas y reflexiones en el Castello Baronale d’Acerra”, revela Daniel, cuya ópera prima se tituló Al otro lado del tiempo y fue distinguida como Ambasciatore del Museo di Pulcinella: “Fue un impacto tan fuerte y profundo que lo comparo con las emociones del nacimiento de mis hijos: un verdadero encuentro con mis raíces. Por eso digo que llevo conmigo `el peso de una doble identidad´ y que esta obra fue escrita con el corazón y con la pasión que su historia despertó en mí. Temía que ese bagaje familiar se perdiera en el olvido”.“Todas las historias que escuché de mis padres parecían registrarse en mi cerebro, codificadas con backup en mi corazón, en mi mente y en mis venas. Cuando viajé por primera vez y en los viajes posteriores, tuve la sensación de un déjà vu, un paralelismo emocional: cada calle, cada plaza, cada rincón me resultaba familiar. Piazzamercato, Miezz’ Amaddalenn, Punticciuoll, Cancelo, la masería, Maddaloni… y al lado de todo esto vivía Pietro. Yo estuve aquí, sentí algo increíble, algo que no se explica: estaba en un lugar donde no nací ni me crié, pero al que, de alguna manera, pertenezco. Para quienes creen en otras dimensiones, quizá estuve —o estoy— …` del otro lado del mar, al otro lado del tiempo´”.El peso y el privilegio de la doble identidad: “En cada limonero que florece en nuestras casas”Algunas costumbres permanecieron arraigadas, otras se desvanecieron con el paso de los años y las generaciones. Con el tiempo, Argentina dejó de ser solo un destino y se convirtió en hogar. Para los nonnos y sus hijos emigrados, Italia nunca dejó de latir en sus corazones: “Vivieron con una nostalgia serena, transformando el dolor del desarraigo en trabajo, dignidad y amor por la familia”.Hoy, Daniel comprende hasta qué punto no solo emigraron ellos: emigraron sus sueños, su cultura, su idioma, sus silencios y penurias, sus sacrificios: “Y todo eso vive en nosotros”, dice. “En cada mesa compartida, en cada palabra heredada, en cada limonero que florece en nuestras casas. Esa es la verdadera herencia: la memoria que se transforma en identidad, el pasado que se vuelve presente y la certeza de que somos el puente entre dos tierras, dos historias y un mismo corazón”.“Crecer entre dos identidades me marcó emocionalmente y caló muy hondo en mí. Llevo conmigo el peso de una doble identidad, pero no como carga: lo llevo con orgullo, con placer y honrando ambas culturas. Ser hijo de inmigrantes me enseñó resiliencia, adaptación y la importancia de valorar la memoria y la tradición. Me enseñó que se puede pertenecer a más de un lugar y que esa pertenencia múltiple no divide, sino que enriquece”.“Crecí comprendiendo que la identidad es dinámica, que la memoria familiar es un legado vivo y que, entre dos mundos, se puede encontrar un hogar que trasciende fronteras y tiempos”, concluye.*Si querés compartir tu experiencia podés escribir a argentinainesperada@gmail.com Navegación de entradasLa otra cara de una estrella. Tiene una granja orgánica, cría ovejas y produce la lana con la que ella misma teje ponchos y mantas