Da la impresión de que muchas grandes figuras del espectáculo han tomado como principal actividad opinar sobre el mundo social y político. Y muchos crean obras específicamente para opinar sobre el mundo social y político, convencidos en el poder de convicción de una película sobre la plebe. Por cierto, no hay nada malo en opinar: hablamos de personas (emisores y receptores) que viven en democracias donde la libertad de expresión está garantizada. Y en parte es una paradoja, porque muchas de esas opiniones consisten en obligar a otros a tomar una posición determinada o pedir silencio a quienes no coinciden. Aporías del auténtico liberalismo.Viene a cuento por lo sucedido en el último Festival de Berlín. No porque el hecho sea único y central sino por lo contrario: es síntoma de algo que parece haber tomado por asalto el espectáculo y el arte (y la Academia, cualquier Academia).La fama obliga a tomar posición. No solo eso: la posición no puede ser la que no dicta el colectivo (sea el que fuere). Repasemos brevemente. En la presentación oficial de los jurados, una periodista le preguntó a una de las integrantes de ese cuerpo sobre la situación en Gaza y por qué no sentaba posición. La mujer balbuceó una respuesta sobre la injusticia de la pregunta e intervino Win Wenders, presidente del jurado, diciendo que el arte es lo contrario de la política, que los artistas no deberían ocuparse de la política sino de aquello de lo que los políticos no se preocupan.Pero lo que salió en los medios fue que Wenders había dicho que el arte no debía ser político. No solo eso: hubo quien retiró películas del festival y luego, una solicitada de más de 80 integrantes del mundo del cine (los más destacados: Javier Bardem, Tilda Swinton, Fernando Meirelles, Adam MacKay, Mike Leigh) “condenando” el silencio de la Berlinale por el “genocidio en Gaza”. De las películas nadie habla, como puede verse en la cobertura de la muestra en medios como Variety o Hollywood Reporter.Este es el ejemplo más reciente -no necesariamente el más espectacular- del nuevo rol que han asumido sobre todo las estrellas mejor pagas del mundo. Tienen derecho de opinar, por supuesto. Pero en principio, podríamos quedarnos con lo que dijo Woody Allen cuando fue entrevistado por El Mundo, de España, el año pasado a raíz de la publicación de su novela A propósito de Baum: “No soy lo suficientemente sabio como para hacer una declaración inteligente al respecto. Sé que el conflicto en Oriente Medio lleva décadas y que gente sabia ha intentado resolverlo. Infinidad de políticos y escritores han escrito sobre él. Y todos los días leo artículos en el periódico de gente mucho más capaz que yo sobre ese tema. Y al día siguiente lees otra opinión de alguien igual de inteligente que el anterior que mantiene una opinión contraria. Y nunca es posible saber lo que realmente está pasando. Solo en una cosa coinciden todos: en que el otro miente. Yo nunca he estado en Israel y no soy un experto. Me temo que cualquier cosa que diga [sobre Israel y Gaza] será como lo declarado por algún actor tonto que, en verdad, no sabe nada”.Dejemos de lado Gaza: es claro que un abogado sabe de leyes; un actor, de interpretar a un personaje y un periodista, de preguntar. Y que en un campo donde no se es especialista, la opinión de cualquiera vale tanto como la de una estrella. Que, además, viven un mundo completamente alejado del real, tanto por el dinero que manejan (inimaginable para la mayoría de los lectores y para quien escribe) como por la tarea que realizan. Por supuesto que pueden estar informados, y por supuesto que pueden decir lo que deseen. Pero que se respete que hablen no implica respetar lo que dicen.Culpa de claseHay algo -mucho- de culpa “de clase” en el enorme aparato de relaciones públicas (que incluye productores de contenidos, financistas, abogados y, últimos pero no los últimos, periodistas) en colocar a gente famosa en un lugar en el que no son ni más ni menos (y quizás, por lo dicho, menos) que cualquier otro ciudadano.Hace algunas semanas, en una charla informal con un allegado a la producción de cine argentino, se habló de lo difícil que es producir cuando ciertos actores están muy políticamente identificados con alguna tendencia. El público ya no ve al personaje, sino lo que ese intérprete representa fuera de la pantalla. Y eso afecta de un modo no siempre bien mensurado el rendimiento de un espectáculo. Hay un caso espectacular: lo que sucedió con Blancanieves, la producción live-action de Disney en 2025.La película, sin marketing, costó 250 millones de dólares, tuvo una producción complicada y sólo recaudó globalmente unos 182 millones, pero con los gastos de lanzamiento la pérdida superaría el presupuesto original. Pasaron muchas cosas: en agosto de 2024, en un post de promoción de su trabajo en el film, la protagonista Rachel Zegler escribió “and remembre, Free Palestine”, lo que generó una fuerte controversia. Cuando eso parecía acallado, tras el triunfo de Donald Trump en las elecciones de 2024, posteó “F**k Donald Trump” y “May Trump supporters… never know peace” en Instagram. A eso se le sumó que Gal Gadot, coprotagonista, israelí y que formó parte de las IDF en su país de origen, fue boicoteada por sectores pro-palestinos de los EE.UU. La película en sí tenía sus problemas, pero no son mayores que los de otros productos exitosos de la firma. Aquí la controversia negativa dañó indefectiblemente un producto carísimo.El problema es bastante mayor, dado que el posicionamiento político de las estrellas hoy parece un estándar de las relaciones públicas. Por un lado, el acceso a redes sociales permite descubrir si no la hipocresía (que la hay, y demasiada) sí la contradicción: la mayoría de las estrellas que participan en el engagement político viven una vida completamente alejada de la realidad cotidiana de la mayoría de los mortales, que hoy notan rápidamente la inconsistencia entre discurso heroico y vida de lujo. En algunos personajes esto importa poco: Mark Ruffalo puede equivocarse constantemente, pero no tendrá problemas para volver a ser Hulk en un film de Marvel.Por lo demás, las posiciones políticas se identifican rápidamente con posiciones morales, por lo que “decir lo que hay que decir” implica “ser bueno”. Este tipo de chantaje moral también lleva a muchos que carecen ya no de formación específica sino de información básica a repetir consignas para “pertenecer” al campo correcto. Sí, también son relaciones públicas. El caso Gaza, en ese sentido, hizo estallar -ver la declaración de Woody Allen más arriba- lo que antes se circunscribía a causas más universales, como el #MeToo, que de todos modos terminó siendo una usina de cancelaciones, no necesariamente justificadas.En la Argentina conocemos este problema con sus propias características. La militancia política ligadas a las causas progresistas que, durante dos décadas, terminaron asociadas al kirchnerismo (fenómeno que requiere un análisis que excede esta nota), generó directamente la asociación partidaria. La diferencia grande de nuestro país con los EE.UU. consiste en que gran parte de la producción cultural existe por inversión directa del Estado. No toda, por supuesto (ni los teatros comerciales de la avenida Corrientes, por ejemplo, ni el cine de gran presupuesto para el que los subsidios son apenas una ayuda a la producción), pero sí sobre todo la producción audiovisual media e independiente. O en su momento la ficción televisiva, algo que va a derivar -por razones que exceden con mucho políticas culturales y se relacionan en un todo con los cambios de acceso en los nuevos públicos- al contenido de plataformas, que obtuvo sobre todo en el período 2010-2015 recursos enormes de las cajas públicas. Es comprensible en parte que eso lleve a la militancia alrededor de un gobierno. Pero no es sin consecuencias.El desfase tuvo un ejemplo gigante en la inauguración del Festival de Mar del Plata en 2023, poco antes de la segunda vuelta electoral, y gran parte del complejo del cine argentino apoyando al candidato peronista Sergio Massa -entonces virtual presidente en ejercicio-, que convirtió (para molestia, además, de los productores internacionales y la propia Fiapf) la apertura de un evento ecuménico en un acto partidario. Allí se generó una ruptura no dentro del mundo del cine nacional sino con la sociedad, que es mucho más compleja y diversa.Y esa ruptura proviene de la conciencia del desfase entre la posición que tienen los grandes nombres y la vida cotidiana, el “ustedes no saben nada del mundo”, que en la célebre presentación de los Globos de Oro de 2020 espetó Ricky Gervais a la élite de Hollywood.Hay estudios que muestran que el posteo político de una celebridad genera mucho menos engagement en redes que las alusiones emocionales. Es una manera de medir esa reacción del público, excluyendo el contexto nacional.Es decir, las redes sociales muestran que se nota mucho la impostura. Sea esta deliberada o no, aparece. Y gran parte del público se decepciona cuando un actor o estrella asume una posición determinada, especialmente cuando sabe que lo hace desde un púlpito moral que no le corresponde. La solicitada instando a opinar exactamente una cosa en Berlín -además un acto del mayor autoritarismo- es un ejemplo dorado. ¿Por qué caen en eso? Probablemente, porque el ego les impide ver que la realidad es más compleja que una consigna como “Free Palestine” o “La patria está en peligro”. Desde una realidad paralela donde el glamour carísimo genera culpas, desde un pequeño núcleo de personas que piensa toda igual sin fisuras, o desde una academia que se congratula en la sumatoria de diplomas, la declamación (sea el slogan verdadero o falso, pero sobre todo cuando es falso) termina desnudando la impostura. Y, finalmente, dañando el arte. Navegación de entradasTriunfazo de Irlanda en el Seis Naciones: apabulló a Inglaterra en Twickenham con una clase del maestro Gibson-Park Qué efectos tiene el durazno en el cuerpo y quiénes no deberían consumirlo