Con 50, sobrepeso y una vida sedentaria decidió hacer lo que parecía imposible: “A aquellas personas que se creen importantes”
Con 50, sobrepeso y una vida sedentaria decidió hacer lo que parecía imposible: “A aquellas personas que se creen importantes”

A veces, la transformación de un ser humano surge en el día menos pensado. La de Agustín Barletti comenzó una mañana del mes de enero de 2010, cuando se encontraba con su familia en la playa de Mar del Plata en esos días de rutina feliz, donde llegaba temprano para meterse con sus hijos al mar. De pronto, un centenar de chicos de entre quince y dieciocho años, con antiparras y trajes de baño de competición, pasaron a nado frente a él. Eran alumnos de un curso de natación en aguas abiertas que se dirigían al espigón para realizar un cruce de ochocientos metros. En ese instante, una idea descabellada atravesó por su mente para anclarse: quería sumarse. Sin experiencia, pero con convicción, pidió formar parte del grupo y lo aceptaron.

Los profesores organizaron la partida, todos adolescentes, salvo por uno, que iba sin antiparras, con un short de baño floreado, canas y casi 100 kilos: Agustín, un hombre con sobrepeso deseoso por darle un vuelco a su vida.

Entre los cien participantes, le dieron el último lugar de largada, sin embargo, tras cinco minutos de nado, se dio cuenta de que ya había rebasado a más de una decena de nadadores; sin equipo, ni entrenamiento y con casi cinco décadas encima, había superado a varios chicos treinta años más joven que él.

A partir de allí, Agustín comenzó a coquetear con la idea de un entrenamiento serio, progresivo y responsable: “Sabía que la natación era la clave que me permitiría abandonar el sedentarismo. Estaba llegando a los 50 años y, con esposa y cinco hijos, mejorar mi estado de salud se tornaba imperioso”, rememora hoy, al relatar el inicio de su metamorfosis. “Solo faltaba poner una meta para incentivar esta nueva etapa que nacía. Y como a la hora de fijar objetivos nunca anduve con chiquitas, apunté al que para mí era el cruce de aguas abiertas más emblemático del mundo: el Estrecho de Gibraltar”.

Marco Polo, servicio militar y la disciplina del estudio: “Pasaría en total casi treinta años sin nadar”

Agustín tuvo una infancia soñada, donde nadar formaba parte de las diversiones típicas de los chicos de su edad. Con cinco hermanos y tres primos varones nacidos en un período menor a tres años, se criaron en Lomas de San Isidro, en un jardín con arboleda y pileta. Pasaban horas en la casa del árbol construida en un pino de gran altura, andando en bicicleta y jugando con mascotas de lo más variadas.

“Tenía cinco años cuando mi mamá me enseñó a nadar. Su intención era, más que ninguna, que todos los hermanos aprendiéramos por seguridad; de todas formas, trataba de que lo hiciéramos bien, y no en el estilo `perrito´. El nado, sin embargo, era recreativo y nos divertíamos más jugando a `Marco Polo´ y tirándonos de `bomba´ en el agua para ver quién salpicaba más”, cuenta.

Para Agustín el nado siempre había sido una actividad recreativa.

La infancia y la adolescencia quedaron atrás. Agustín realizó el servicio militar -obligatorio en aquel entonces- y luego ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Su padre le propuso que se dedicara únicamente a estudiar, una oferta de la que el joven decidió no abusarse.

“Tenía dos caminos: relajarme y naufragar por años en las aulas como un estudiante crónico, u honrar el gesto paterno. Me propuse rendir libre la carrera para terminarla en el menor tiempo posible. Daría una materia libre por mes. Me recibí de abogado en alrededor de dos años”, revela Agustín, que luego apuntó a la realización de un doctorado en Derecho Constitucional en la Universidad de Derecho y Ciencias Sociales de París II, más conocida como La Sorbona.

Tras meses de trámites, en enero de 1988 llegó la carta de autorización que indicaba que en septiembre del mismo año debía comenzar a cursar en Francia: “Quedaba sin embargo por resolver un pequeño detalle: no sabía hablar francés”, confiesa. “Mi única base eran los dos años cursados en el secundario; o sea… nada. Me contacté con la mejor profesora de francés de Buenos Aires, y al mismo tiempo me anoté en la Alianza Francesa. Tomé clases particulares todos los días y rendí cuatro años libres en la Alianza Francesa”.

París, Sorbona

Los esfuerzos rindieron sus frutos, en 1990, Agustín presentó para su tesis en La Sorbona, una obra de 300 páginas escritas en francés que debió ser defendida, también en francés, en un examen oral que duró tres horas.

Ya de regreso a la Argentina, la carrera de Agustín viró al periodismo y la escritura, profesiones que ejerce hasta la actualidad. Durante aquellos años nunca volvió a entrar en una pileta: “Pasaría en total casi treinta años sin nadar. Fue un largo tiempo sin ningún tipo de actividad física y con una vida sedentaria”.

El Estrecho de Gibraltar: “Más que un entrenador, este señor necesita un psicólogo”

Pero había algo, un ingrediente clave, que jamás había abandonado a Agustín en su vida: su disciplina. La mira en un objetivo y la constancia en su carrera profesional, resultaron ser las primeras grandes ventajas al momento de exponer su proyecto de cruzar el Estrecho de Gibraltar. Aun así, todos pensaron que había enloquecido, incluso Pablo Testa, el entrenador de natación que eligió para realizar la hazaña.

“No era para menos. A su oficina llegó un día una persona cercana al centenar de kilos, y casi medio siglo de vida que le dijo que nunca nadó en competición, que hacía 30 años que no se tiraba al agua y que quería cruzar el Estrecho de Gibraltar”, concede Agustín. “Esa noche, cuando Pablo llegó a su casa, le contó a su esposa que un demente lo había visitado con una propuesta insólita. `Más que un entrenador, este señor necesita un psicólogo´le comentó”.

“En mi caso, el primer reto fue fortalecer la voluntad. Para cruzar Gibraltar debí entrenar durante diecinueve meses de lunes a sábados. En ese lapso nadé en pileta el equivalente a 2.300 kilómetros, más o menos como ir desde Buenos Aires a San Pablo en Brasil. Como la natación es un deporte solitario, es preciso ocupar la mente durante los largos entrenamientos y sobre todo cuando se lleva a cabo la travesía, para estar atento a todo lo que pueda llegar a suceder”.

Agustín nadó junto a delfines, tortugas marinas, tiburones, atunes y más.

La primera hazaña y redoblar la apuesta: “Amar aún más la gesta de Malvinas”

Los recuerdos del cruce de Gibraltar quedarán marcados a fuego en la memoria de Agustín. En octubre del 2011, el hombre que antes pesaba casi 100 kilos, se adentró en las aguas abiertas con menos de 80, con una condición física que ni en su juventud había tenido.

Los recuerdos del cruce de Gibraltar quedarán marcados a fuego en la memoria de Agustín.

El desafío fue monumental, pero el viaje, hermoso. Durante más de 20 kilómetros nadó junto a delfines y tortugas marinas, divisó un tiburón y un banco de atunes: “Y Gibraltar permitió reencontrarme con la natación, una actividad que a partir de allí jamás dejaría. También fue el vehículo para abandonar mi sedentarismo”, dice.

Con la hazaña cumplida, Agustín redobló la apuesta, esta vez en un entorno climático crudo en un punto del mundo sensible, cargado de simbolismo y emocionalidad. El 9 de noviembre de 2014, con 53 años, unió las dos islas Malvinas, por el estrecho de San Carlos y con el agua a dos grados de temperatura.

El Papa Francisco le envió desde Roma un rosario bendecido a Agustín para ser colocado en una de las tumbas del cementerio de Darwin:

“Al lugar elegido para el cruce se lo conoce como `el callejón de las bombas´”, relata Agustín. “Allí desembarcaron las tropas británicas en 1982 en medio de un escenario de sangre y fuego. Con el tiempo comprendí que esta experiencia demostró que la natación fue solo un vehículo que posibilitó conocer de cerca y amar aún más la gesta de Malvinas y a cada uno de los héroes que entregaron sus vidas a la patria”.

“Luego llegó la reciente unión a nado de Brasil, Argentina y Uruguay, el 29 de noviembre de 2025, sirvió para demostrar que los objetivos te mantienen con vida. Ya cumplí 64 años, pero sigo de aventuras. También cumplí el deseo pendiente de nadar junto a Anila Rindlisbacher, conocida por su inspiradora historia de superación de una grave enfermedad (Inmunodeficiencias Primarias, IDP) que la tuvo postrada. Ella ahora usa su natación para concientizar sobre esta condición y ayudar a otros a obtener un diagnóstico a través de su proyecto `Embajadora de las Aguas de Iniciativa Alas´”.

Agustín unió a nado Brasil, Argentina y Uruguay:

Otro cambio de vida: “Más posibilidades a nuestros hijos”

Apenas unas semanas después del cruce de las Malvinas, en diciembre de 2014, Agustín apostó a otro cambio de vida, tal vez más complejo que el abandono de su sedentarismo: emigrar. Con una Argentina inmersa en una grieta, estaba decepcionado, el cepo y las restricciones ahogaban al hombre amante de las aguas abiertas.

Dejar el país dolió, atrás quedaban la familia y los amigos, así como un buen pasar. Pero no era suficiente: “Queríamos ofrecerles una vida nueva y con más posibilidades a nuestros hijos”.

“A Miami no caímos como paracaidistas, teníamos numerosos amigos”, asegura Agustín, quien en la actualidad, y al igual que el resto de su familia, ya es residente norteamericano y vive en Weston. “Es una ciudad donde habita una enorme cantidad de argentinos. Nos reunimos en asados, guitarreadas y conservamos muchas costumbres argentinas, por eso no se extraña tanto. Además, se consiguen absolutamente todos los productos nacionales como yerba, alfajores, galletitas, dulce de leche y helados entre tantos otros”.

En la actualidad, Agustín entrena en Estados Unidos, su lugar de residencia.

“Los hábitos más nítidos que incorporamos son el respeto a la autoridad y la meritocracia. El maestro, el policía y el bombero son héroes. Si te esfuerzas y haces las cosas bien te irá bien y podrás progresar”, continúa. “Desde Miami me mantengo al minuto de todo lo que sucede en el país. Leo los sitios de noticias y sigo los canales de televisión argentinos. Por temas laborales, tengo el placer de viajar a Buenos Aires un promedio de cinco veces al año. Aprovecho el momento para disfrutar al máximo de familia y amigos. A pesar de la habitualidad de los viajes, volver a la patria es siempre una caricia al alma”.

“… a aquellas personas que se creen importantes”

Enero de 2026. Dieciséis años pasaron desde aquella mañana en Mar del Plata, cuando Agustín Barletti decidió unirse a un grupo de adolescentes para nadar 800 metros en mar abierto. No tenía experiencia, tenía sobrepeso y estaba atrapado por el sedentarismo. Pero ese día, con esa imagen, un interruptor interno se encendió para transformar su vida para siempre. Agustín no solo había descubierto una pasión, había hallado un propósito.

Agustín no solo descubrió una pasión, también halló un propósito.

Tras las huellas de la historia y alimentado por su llama, el hombre argentino tiene un nuevo objetivo a la vista: nadar junto a Anila Rindlisbacher en la Vuelta de Obligado, en el Río Paraná.

“Allí donde el 20 de noviembre de 1845 tuvo lugar el enfrentamiento con las fuerzas anglo – francesas. Como apasionado de la historia, me gusta nadar en estos lugares emblemáticos”, manifiesta Agustín, autor de Hazaña en Gibraltar (2012) y Malvinas entre brazadas y memorias (2019).

Agustín y un cambio de vida drástico. (PH: Guillermo Luder)

“Recomiendo la natación en aguas abiertas a aquellas personas que se creen importantes. Cuando estén diez kilómetros mar adentro la naturaleza los colocará en su lugar y tomarán conciencia de los insignificantes que son”, concluye.