Circuito entre pueblos medievales, olivares y acantilados en una de las regiones más buscadas de España
Circuito entre pueblos medievales, olivares y acantilados en una de las regiones más buscadas de España

Para los espíritus aventureros, un buen plan para combinar con Barcelona es alquilar un auto y rumbear al noroeste. Oficialmente, la Costa Brava nace a 40 kilómetros, en Blanes, y termina en Portbou, en la frontera con Francia. En esa franja litoral del nordeste de Cataluña –más de 200 kilómetros de costa en la provincia de Girona– nos esperan no solo playas sobre el Mediterráneo, sino pueblos de piedra medieval y el final de la cadena montañosa de los Pirineos poblados de pinos.

A un periodista se le ocurrió llamar Brava a esta región en 1908 porque es una costa rocosa y de acantilados abruptos donde el mar golpea con fuerza y el nombre quedó para siempre. Cada tanto la tierra se abre milagrosamente en calas –una entrada del mar entre orillas elevadas– y bahías más amplias con playas. Algunas están alejadas de los pueblitos y aparecen de pronto en el camino, y a otras llegamos por la indicación de algún lugareño.

Así, se van sucediendo Tossa de Mar, Calella de Palafrugell, Begur, L’Escala, Roses y Cadaqués, entre otros pueblos. Cada uno tiene su estilo: algunos son muy animados y en otros solo se escucha el runrún del mar.

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A medio camino entre Lloret de Mar y Sant Feliu de Guíxols, está Tossa de Mar, una de las perlas de la Costa Brava. Una de sus virtudes es que no se ha dejado devorar por el furor de los resorts y las grandes cadenas hoteleras, por lo que conserva el encanto de ser una ciudad medieval junto al mar. El corazón de Tossa late dentro de su centro amurallado, conocido como Vila Vella. Construido entre los siglos XII y XIV en lo alto del acantilado para proteger al pueblo de los ataques piratas, es el único ejemplo que se conserva íntegro de fortificación medieval en toda la zona.

Nada mejor que perderse entre sus calles empedradas y descubrir casas de piedra cubiertas por santarritas en flor, restaurantes, posadas centenarias, locales que venden cerámica y tejidos tradicionales.

En lo más alto está el Museo del Faro de Tossa, dedicado a la historia de la navegación. Se puede subir al mirador y tener una vista completa de la bahía. La mejor hora para ir es al atardecer, cuando la piedra de la muralla se vuelve casi dorada. Coronada por siete torres redondas, aún conserva los cañones apuntando a la bahía. Desde ahí se divisa también la ancha playa Grande, a los pies de la muralla, una herradura de casi 400 metros.

A principios del siglo XX, Tossa de Mar era un pequeño pueblo pesquero aislado, comunicado por caminos de tierra y con un ritmo que apenas variaba con las estaciones. Todo cambió con la llegada de los artistas e intelectuales europeos en la década del 30 que adoptaron Tossa para pintar y escribir. Entre ellos, Marc Chagall, que se instaló aquí y la llamó “paraíso azul”, así lo recuerda una placa en un mirador de la muralla.

El turismo internacional llegó en los años 50 de la mano del cine. El pueblo fue escenario del rodaje de Pandora y el holandés errante, con Ava Gardner y James Mason, que lo transformó en un destino de moda. Hoy, una escultura de bronce de Ava Gardner en el mirador de la Vila Vella recuerda aquella época.

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Desde playa Grande parten barcos que recorren la costa y descubren pequeñas joyas escondidas como Cala Pola, Cala Bona o Cala Giverola. Los barcos zarpan uno por hora y permiten el descenso en Cala Giverola para pasar el día. Aquí la playa es de piedra y, si bien garantiza una transparencia del agua como de lago, habrá que contar con calzado de agua para darse un chapuzón.

Los que prefieren la tierra pueden recorrer parte de la costa a pie. Es el Camí de Ronda, que une Tossa con Sant Feliu de Guíxols, un antiguo sendero que bordea acantilados, bosques de pinos y calas secretas, ofreciendo vistas espectaculares.

A diferencia de caminar por Vila Vella, que puede ser exigente por sus pendientes y escaleras, el centro moderno de Tossa es llano y peatonal también. Es el lugar para entrar en las heladerías y locales de productos regionales y probar anchoas en conserva, vinos del Empordà, aceite de oliva y dulces tradicionales como las neulas (una especie de barquillo) o los xuixos (hechos con masa brioche o de hojaldre rellena con crema pastelera). También es el lugar para conocer su gastronomía, que combina pescados del Mediterráneo con productos de la comarca del Empordà. El plato típico es el cim i tomba, un guiso de pescado y papa que preparaban los marineros en el barco con lo que tenían a mano.

El visitante que llega fuera de temporada descubre otra Tossa, tranquila, con sus calles casi vacías, los pescadores preparando redes y el sonido del mar como banda sonora. En otoño o primavera, la luz suave y la calma devuelven al pueblo esa atmósfera de paraíso azul que enamoró a Chagall.

Pendientes y escaleras en Vila Vella

A pocos kilómetros están Lloret de Mar, con sus jardines de Santa Clotilde y su vida nocturna, y Sant Feliu de Guíxols, con su monasterio benedictino y su arquitectura modernista. Hacia el norte llegamos a Begur con un castillo con cinco torres y Calella de Palafrugell, un caserío de pescadores sobre un acantilado.

La ciudad anfibia

Un panorama completamente diferente hay a 100 kilómetros al noreste de Tossa: Empuriabrava. Sin el menor vestigio de siglos pasados, se trata de una ciudad anfibia, con más de 25 kilómetros de canales navegables como calles acuáticas flanqueadas por casas blancas, yates y palmeras. Llamada la Venecia catalana, es parte del golfo de Roses, en la comarca del Alt Empordà.

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Lejos de los castillos medievales, la ciudad se desarrolló en los años 60 sobre una zona pantanosa. El proyecto urbanístico convirtió el terreno en una marina residencial con más de 5000 embarcaciones privadas. La playa principal de arena fina se extiende por más de un kilómetro paralela a una rambla con todos los servicios.

El castillo medieval no podía estar muy lejos. Empuriabrava forma parte del municipio de Castelló d’Empúries. El casco histórico medieval está a solo tres kilómetros y merece una visita la basílica de Santa María, las murallas y el antiguo barrio judío.

Un recorrido por la Costa Brava no estaría completo sin Cadaqués, donde los Pirineos se hunden en el Mediterráneo. Se trata de un pueblo blanco de calles empedradas y una bahía salpicada de pequeñas embarcaciones. No extraña que el paisaje haya cautivado a escritores y artistas, entre ellos a Dalí, que la eligió para vivir más de 40 años.

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El aislamiento geográfico –durante siglos solo se accedía por un camino de montaña– ayudó a preservar su autenticidad. Hoy, a pesar de ser un destino turístico, conserva un aire bohemio y tranquilo.

A pocos minutos, en una pequeña ensenada protegida por colinas, llegamos a Portlligat y muy cerca, al Parque Natural del Cap de Creus, que muestra extrañas rocas retorcidas, calas de difícil acceso y senderos que bajan al mar.

En el extremo norte del Cap de Creus está Port de la Selva, un pequeño puerto pesquero. El pueblo se extiende en torno de una amplia bahía flanqueada por colinas cubiertas de pinos y olivares. A lo largo de la rambla se alinean restaurantes perfectos para pedir platos de pescado, arroces y mariscos.

Si hay un nombre inseparable de la Costa Brava, es el de Salvador Dalí. El artista nació en Figueres, vivió y trabajó en Cadaqués y Portlligat, y está enterrado bajo la cúpula roja del Teatro-Museo Dalí, que él mismo diseñó. Visitar la llamada Ruta Daliniana es casi una obligación: empieza en el Teatro-Museo de Figueres, continúa por la Casa-Museo de Portlligat, donde el pintor residió junto a Gala, y culmina en el Castillo de Púbol, que Dalí regaló a su musa. Cadaqués conserva un magnetismo especial. Su luz, su bahía y sus callejuelas adoquinadas siguen siendo un refugio para quienes buscan autenticidad y belleza sin artificios. En los bares frente al mar, el surrealismo parece todavía flotar en el aire.