Bajo la sombra del nazismo: la fundación inesperada del pueblo más encantador en las sierras de Córdoba
Bajo la sombra del nazismo: la fundación inesperada del pueblo más encantador en las sierras de Córdoba

Europa era un hervidero. A mediados de los años 30, el trabajo, la fe y la vida cotidiana empezaban a volverse materia peligrosa. Los trenes ya no llevaban solo pasajeros, y el silencio pesaba más de lo habitual. Había familias que, sin saberlo, estaban viviendo su último invierno en la tierra natal. El mundo se partía en dos mitades; entre los que podían quedarse y los que debían partir. Algunos se fueron por trabajo, otros por instinto. Llevaban poco: documentos, una fotografía, un par de libros, la lengua materna guardada en la garganta. Dejaban atrás un continente que se oscurecía y un futuro que se encogía bajo banderas nuevas.

En ese clima nació la historia de un hombre y una mujer que cruzaron el océano con sus hijos, creyendo que sería apenas un paréntesis laboral antes del regreso. No sabían que la guerra, el odio y las persecuciones los obligarían a reinventarse lejos de casa. Tampoco que, en ese intento de proteger a los suyos, terminarían fundando sin proponérselo un pequeño refugio en el fin del mundo. La Cumbrecita, en Córdoba, todavía conserva en sus piedras y en sus techos el eco de aquel exilio.

El desembarco

El punto de partida no fue una utopía serrana sino un contrato corporativo. En 1932, la empresa Siemens trasladó a Helmut Cabjolsky —por entonces ya un formado profesional, con un doctorado en Ingeniería y en Ciencias Políticas—desde Berlín a Buenos Aires para dirigir la sucursal argentina. Viajó junto a su esposa Hedwig Behrend—de ascendencia judía por línea paterna— y sus dos hijos, Helmut (13) y Klaus (11). El acuerdo era claro: desempeñarse en el Sur por cinco años y, después, volver a Alemania.

Los primeros meses fueron de adaptación y promesas. Buenos Aires ofrecía modernidad, trabajo y una comunidad alemana activa. El plan familiar seguía intacto. Pero en 1934, por esos desvíos menores que alteran el mapa de una vida, una inmobiliaria le ofreció comprar un campo de 500 hectáreas en la sierra cordobesa a un precio “irrisorio”.

Helmut hizo lo que hacen los prudentes: envió primero a inspeccionar a sus cuñados, Enrique y Federico Behrend. Ellos volvieron muy entusiasmados con el paisaje que habían encontrado en aquel valle todavía salvaje, repleto de arroyos, ríos y cascadas.

Los inicios

Antes de sellar la compra, Helmut y Hedwig viajaron a Córdoba. Había que subir a caballo durante horas, seguir una huella apenas insinuada entre rocas, escuchar el agua antes de verla. Arriba, a 1.500 metros, el rumor del arroyo se abría paso entre piedras peladas: una lámina fría, clara que, al precipitarse, dibujaba una cascada de casi veinte metros. Fue allí —frente a ese golpe de agua en medio de la nada— donde Hedwig tomó una decisión que cambiaría la vida de su familia y, en el futuro, la de tantas otras: “¡Esto lo vamos a comprar!”.

Lo que siguió al asombro, fue la firma que marcaría el inicio de esta historia. El 7 de septiembre de 1934, los Cabjolsky adquirieron el campo. No había entonces un plan de urbanización, ni traza, ni vocación fundacional. Había una familia que quería una casa de verano para volver cada vez que el trabajo permitiera vacaciones. El nombre criollo del lugar era La Cumbrecita pero ellos lo llamarían Oberalmdorf.

Carpas, adobe y pinos

Los Behrend fueron los pioneros del paraje donde pasaron largas temporadas en carpas, trazaron la primera huella de acceso y cercaron sectores para protegerlos del ganado. El paisaje, reconstruyen hoy sus nietas Brigitte y Jutta Cabjolsky, era áspero: pura roca, viento, poca vegetación. La forestación —pinos, abetos, cedros— llegaría después, con paciencia y crédito estatal.

Esa obra inicial no se hizo en soledad. Hubo desde temprano una alianza con los lugareños. Los criollos puesteros que habitaban la zona les enseñaron a trabajar el adobe, ese oficio antiguo que permitiría levantar paredes cuando el cemento era un lujo lejano.

En 1935 se terminó la primera casa —seis a ocho habitaciones, según las fuentes— pensada para veraneos y fines de semana. Fue el ladrillo fundacional de un proyecto que no sabía que lo era, ni podía proyectar lo que sería.

El nombre antes del pueblo

Los Cabjolsky no pensaban en “fundar” nada y, aun así, plantaron bandera con la palabra. Oberalmdorf fue el nombre con que Helmut rebautizó a La Cumbrecita. Significa “la aldea alta del pastizal”, y así se llamaba el pueblo alpino donde ellos solían veranear.

No fue solo un guiño lingüístico sino más bien una poética de la pertenencia. “Querían recrear su lugar allá”, dicen hoy Brigitte y Jutta. Con casas de techos a dos aguas y balcones tallados sobre piedra y madera de caldén, este lugar evocaba en las sierras cordobesas los pasajes de su tierra natal.

La estética alpina no fue una decisión caprichosa sino una expresión de nostalgia. Lo que después constituiría un atractivo turístico —la postal de madera barnizada, flores y pendientes— nació como un gesto íntimo, casi doméstico, sostenido por manos que mezclaban cal y barro.

Efecto boomerang

Lo que mantuvo a la familia unida a la Argentina fue, en realidad, una renuncia. En 1938, Helmut viajó a Alemania. Encontró un país al borde de la guerra, el nazismo transformando la vida cotidiana en un sistema de exclusiones. En la ascendencia judía del padre de Hedwig, el Dr. Friedrich Behrend, amenazaba la latencia de un peligro.

Helmut presentó la renuncia: a la empresa y también a la nacionalidad alemana, para evitar que sus hijos pudieran ser convocados para ir a la guerra. Volvió a Buenos Aires a inaugurar una etapa nueva de su carrera. Trabajaría para la Compañía Argentina de Electricidad (CADE) hasta su retiro en 1955. “Nuestro abuelo terminó la relación laboral con Siemens de común acuerdo: él por motivos personales y la empresa por motivos políticos”, interpretan hoy sus nietas tras analizar los documentos que conservan y dan cuenta de esa historia personal que se inscribe en uno de los capítulos más crueles de la historia de la humanidad.

Regresó de aquel viaje con gran decepción —enttäuscht, dirían ellos— y una certeza: había que proteger a su familia. “Siempre había ayudado a emigrar a varias personas, dándoles trabajo en La Cumbrecita (a la que llamaban cariñosamente ‘la estanzuela’) para que obtuvieran visas y pudieran escapar de Europa —recuerdan sus nietas—. Pero llegó un momento en que, por motivos políticos, ya no le era posible ayudar sin arriesgar a su propia familia, lo cual produjo disconformidad en la comunidad cumbrecitana”, cuentan las herederas y deducen que ese desplazamiento fue interpretado por los alemanes locales erróneamente, cargado con una intencionalidad que no tuvo.

“Reconocemos, al leer escritos y cartas de esa época, que la idea de nuestro abuelo era que no haya ideologías políticas que justamente llevaran a confrontaciones en la comunidad”, explican. No habría considerado necesario trasladar las grietas de Europa a Córdoba.

La materialización de la perspectiva conciliadora que mantuvo Cabjolsky alcanzó su punto cúlmine cuando, en 1967, impulsó la creación de la capilla ecuménica —quizá el gesto más delicado y moderno de aquella generación—: un templo para todos los credos que buscaba abrir en lugar de partir.

Cuando el refugio se volvió pueblo

Helmut (hijo) tenía 18 años cuando se instaló definitivamente en Córdoba. Había estudiado en el Colegio Goethe de Buenos Aires, pero bachillerato alemán no era reconocido en la Argentina, lo que le impidió ingresar a la universidad. Esa limitación burocrática produjo un efecto inesperado: se formó en el territorio, en el hacer. Dibujó, midió, aprendió a pie de obra, junto a los locales y jugando con los materiales. “Mi abuelo le consiguió libros; el resto lo hizo en forma autodidacta”, recuerdan sus hijas.

Hacia fines de los años 30, La Cumbrecita dejó de ser una estancia familiar. A la Haus Berchtesgaden —la primera casa de material, aún en pie en el predio del Hotel La Cumbrecita—llegaban amigos, parientes, familias conocidas. Veraneantes con deseos y ahorros. El lugar gustaba tanto que empezaron a insistir con comprar partes del terreno.

“Si ellos no hubieran querido que La Cumbrecita creciera, se habrían quedado con su casa de veraneo. Ese fue el plan desde el momento en que se decidió que fuera un pueblo”, cuenta Ingrid, otra de las hijas de Helmut. Y agrega un dato histórico preciso: “Mi padre presenta el primer plano ante Catastro de la provincia con las primeras 100 hectáreas de lo que hoy es el casco histórico. Esto fue entre 1938 y 1940”. Entonces, se empezaron a vender parcelas con condiciones de estilo: aquello debía verse y vivirse como un pueblo alpino. De a poco, el refugio se volvió una trama de calles, aguas, normas.

Los puentes serranos

En paralelo, Helmut hijo le había tomado el gusto a su pasión por construir. Pronto llegaría su gran obsesión por los puentes. Primero en el pago chico —Intiyaco, el peatonal de acceso al casco—; luego en el país —Posadas–Encarnación, Colón–Paysandú—; siempre con un socio ingeniero que firmaba planos mientras él calculaba y diseñaba. Las hijas lo ilustran con una escena recurrente: durante los viajes en auto desde Buenos Aires a la sierra, las hermanas iban en silencio para no interrumpir los cálculos mentales que el padre hacía al volante. “Era un nerd, antes de que existiera la palabra”, ríen.

Ingrid añade que siempre le preguntaba a su padre qué pensaría el abuelo sobre el crecimiento del pueblo. “Estaría orgulloso, no tenía dudas”, le decía.

No era un ingeniero de escritorio. Dinamitó caminos, manejó teodolitos, perdió dos dedos de la mano derecha y quedó con hipoacusia por una explosión en una obra. La aldea que imaginaba necesitaba conexiones reales: puentes para cruzar ríos, calles para unir casas, agua para una comunidad que crecía. El casco histórico lleva su trazo, y ese trazo lleva su terquedad.

Una cocina encendida

En el centro de toda fundación hay alguien que cocina. La historia de Liesbeth Mehnert—ama de llaves de los Cabjolsky en Berlín— y su esposo, Kurt, impregna la crónica con olor a madera, pan y frambuesas.

Viajaron a la Argentina con la familia, trabajaron en el día a día del paraje, abrieron y atendieron una casa de huéspedes que sería el germen de una hospitalidad reconocible. Las recetas vinieron con ellos. Con cada visita desde la ciudad traía algún molde, una olla, una herramienta.

Cartas sobre la mesa

Eran carpetas viejas, cartas en alemán y castellano, fotografías de viajes, recibos, planos, boletos. Brigitte y Jutta llevan meses —años— al frente de una tarea silenciosa: ordenar, leer, traducir, contrastar. En ese enjambre de documentos, la historia grande se hace chica y verdadera: un nombre de embarcación, un pasaje de 1932, una escritura de 1934, la primera mención a la capilla ecuménica.

Ingrid resume con una sensibilidad que ilumina el archivo. “Para mí es una emoción muy grande. En cada rinconcito vive ese esfuerzo, ese amor, ese exilio forzado. Es tremendo lo que me da este lugar”, dice.

Esas fuentes permiten afinar el relato y separar mitos repetidos de hechos constatables, entender que la alianza con los lugareños no fue un adorno argumental sino una técnica compartida; que el diseño siguió reglas condicionadas por el loteo; que la decisión de quedarse en el lugar no fue romántica sino histórica.

En el nombre de La Cumbrecita

Oberalmdorf fue un acto de amor a una Europa que se perdía; La Cumbrecita nació entre lo criollo y lo europeo, lo serrano y lo alpino, la piedra y la madera. El pueblo que hoy miles de turistas recorren a pie —sin autos en el centro, con puentes y flores— es el resultado de esa tensión fértil que fue una consecuencia antes que un plan maestro.

Helmut y Hedwig encontraron en la cascada un punto fijo para asirse; Enrique y Federico abrieron la huella y plantaron pinos; Liesbeth y Kurt encendieron la cocina; Helmut (hijo) dibujó la trama y tendió los puentes que hoy todavía cruzamos en uno de los destinos más encantadores de las sierras cordobesas.

Créditos

CRÉDITOS
EDICIÓN PERIODÍSTICA: Carola Birgin
EDICIÓN FOTOGRÁFICA: Mariana Eliano
FOTOS: Archivo familiar / Paula Teller