WASHINGTON.- Ante miles de sus seguidores en un mitin en San Antonio, días atrás Donald Trump les hizo un pedido con un mensaje implícito que lo que está en juego en las trascendentales elecciones de medio término del martes es mucho más que el control del Congreso. “No los estoy obligando, solo tienen que fingir que aparezco en la boleta”, les suplicó, con su habitual estilo personalista, ilusionado en que su figura podrá salvar a muchos candidatos republicanos de una derrota en las urnas.
Aunque el nombre de Trump no está en las papeletas para unos 250 millones de votantes en Estados Unidos, los comicios que redefinirán el futuro de su mandato no solo se han convertido en un referéndum sobre su turbulenta segunda gestión, sino que a la vez serán un hito que empezará a delinear el propio legado del presidente en la que será su última elección con continuidad en el poder.
A diez años del sorprendente triunfo frente a Hillary Clinton que lo catapultó al liderazgo de la principal potencia global, en un proceso que transformó radicalmente al Partido Republicano, para Trump el riesgo no se limita a perder una o las dos cámaras en el Congreso a manos de los demócratas. También medirá con la precisión que solo dan los votos el nivel de respaldo en sus propias filas, en medio de crecientes cuestionamientos internos por su gestión económica, comercial, migratoria y de política exterior con la guerra contra Irán como principal eje.
“Los próximos dos años representan los últimos de Trump en la Casa Blanca, y probablemente también en un cargo de elección popular, por lo que constituyen su última oportunidad para consolidar su legado, a la par que el Partido Republicano transitará por una profunda reflexión sobre su propio futuro”, señaló a LA NACION el politólogo David Miller, experto en temas de gobierno en la American University, en Washington.
“Si la etapa de Trump en la esfera pública está llegando a su fin, ¿qué aspecto tendrá a futuro el Partido Republicano?“, se preguntó Miller. Es una duda recurrente entre los expertos.
El presidente, que se puso al hombro el tramo final de la campaña con mítines en estados claves, aspira a mantener las mayorías de su partido tanto en el Senado (renueva 35 de 100 bancas) como en la Cámara de Representantes (la totalidad de sus 435 asientos están en juego) para presentar el resultado como una ratificación del rumbo de su gobierno y de su propio estilo. Y, a la vez, fortificarse para moldear la carrera por su sucesión en 2028.
Sin embargo, esta vez la misión parece imposible. Con una desaprobación récord a su gestión que se mantiene en torno al 60%, las encuestas anticipan que los demócratas recuperarán el control de la cámara baja, mientras que la pulseada por el Senado se vislumbra más cerrada, aunque también con buenas expectativas para la oposición. Las batallas decisivas serán Kansas, Iowa, Maine, Texas, Ohio, Alaska y Michigan.
“Trump quedará muy debilitado y se sentirá herido si los republicanos perdieran las elecciones. La gran pregunta es: ¿cómo reaccionará? ¿Cómo arremeterá? Porque sabemos que es un hombre que busca venganza”, advirtió a LA NACION el politólogo Chris Edelson, de la Universidad de Massachusetts Amherst y autor de dos libros sobre el poder presidencial en Estados Unidos.
De acuerdo a las proyecciones divulgadas el viernes por The Cook Political Report, los demócratas podrían recuperar la Cámara de Representantes con entre 227 y 240 escaños (la mayoría se alcanza con 2018), su mayor número de bancas desde 2009.
“Gran parte del problema [para los republicanos] deriva de la alta inflación, los precios de los combustibles y de los alimentos, la situación económica general y la agresiva política migratoria. La situación no mejoró bajo el gobierno de Trump”, apuntó Hans Noel, politólogo y profesor del Departamento de Gobierno en la Universidad de Georgetown, en Washington.
Una derrota con índices estrepitosos para los republicanos -cediendo eventualmente el control de ambas cámaras- dejaría al partido ante la disyuntiva de si continuar por la senda del trumpismo en los dos años que le quedan de mandato al presidente o empezar un cambio de rumbo drástico de cara a 2028. Y enfrente, un Partido Demócrata fortalecido, aunque también inmerso en su propia puja interna entre el establishment y el ala más de izquierda.
Ante un éxito opositor, a Trump también se le tornaría más tortuosa su relación con el Congreso para desarrollar su agenda legislativa, más allá de que ya ha dado muestras de ejercer el poder incluso sin el apoyo unánime de su partido.
“Trump percibe el mundo dividido entre quienes dominan y quienes son dominados. No le interesa negociar de manera tradicional, lo que busca es intimidar y avasallar a los demás. Por eso, si los demócratas lograran hacerse con una o ambas cámaras, cabe esperar que reaccione de forma agresiva”, estimó Edelson.
A su vez, le daría a los demócratas un nuevo margen de maniobra en los comités del Congreso para lanzar investigaciones sobre medidas de Trump, desde el nuevo salón de baile que el magnate ordenó construir en la Casa Blanca a las duras estrategias antimigratorias, uno de los ejes de su mandato. Y otro gran interrogante sobrevuela Washington: ¿impulsarían pedidos de juicio político contra el mandatario?
“En definitiva, el mandatario se adentra en estos dos últimos años de su mandato enfrentándose a importantes obstáculos: por un lado, el control demócrata de la Cámara de Representantes, y posiblemente también del Senado; por otro, un Partido Republicano que ya piensa en la etapa posterior a Trump y que, tal vez, se muestre menos dispuesto a seguirle la corriente en cualquiera que sea su última ocurrencia”, analizó Miller.
“Incluso si no fuera porque sus índices de aprobación están en mínimos históricos y la situación de los republicanos es desfavorable, lo cierto es que Trump encara sus dos últimos años con una influencia cada vez menor”, añadió.
La politóloga Frances Lee, profesora de asuntos públicos en la Universidad de Princeton, vislumbró en un ensayo publicado en The New York Times complejidades aún mayores en la relación entre el presidente y el Congreso.
“Si le resulta tan complicado trabajar con el presidente de la Cámara de Representantes [Mike Johnson] y el líder de la mayoría en el Senado [John Thune], ambos de su mismo partido, ¿cuánto más difícil será lograr algo en colaboración con los demócratas?“, escribió.
Sea cual sea el resultado del martes, los expertos coinciden en que estas elecciones de mitad de mandato marcarán el puntapié de la batalla política sobre el futuro del país, enmarcado en el final de la era Trump. Aunque el magnate, de 80 años, coqueteó más de una vez -con bromas y frases sugestivas- con presentarse para un nuevo mandato, está impedido por la Constitución.
“La carrera hacia la Casa Blanca de 2028 cobrará un gran protagonismo. ¿Preferirán los legisladores lograr avances políticos que puedan exhibir durante la próxima campaña electoral? ¿O acaso cada partido preferirá mantener el estancamiento, culpando a la otra parte de no atender las preocupaciones de los votantes? Sea como sea, el camino por delante será difícil para el Congreso, y más aún para los estadounidenses que exigen un cambio”, estimó la politóloga Sara Binder, investigadora en Estudios de Gobernanza en la Brookings Institution y profesora en la Universidad George Washington.
En el horizonte republicano se asoman las figuras del vicepresidente JD Vance y del secretario de Estado, Marco Rubio, como los aspirantes principales para la sucesión de Trump. Pero, acostumbrado en la última década a ser la figura dominante del partido, ¿cuán influyente sería el presidente en esa interna en caso de una hecatombe electoral el martes?
De hecho, en las últimas semanas, a medida que se acercaban los comicios, la lista de republicanos que tomaron distancia de su líder ante sus bajos índices de aprobación se fue ampliando, un indicio de las dificultades que enfrentará el presidente para mantener unificada a su tropa a partir del año próximo.
El índice de aprobación de Trump es de solo 32%, según la última encuesta de Reuters-Ipsos. La última vez que un presidente de Estados Unidos registró un nivel tan bajo, y tan cerca de las elecciones de mitad de mandato, fue en el caso de Harry Truman en 1946, durante la posguerra (alrededor del 30% de imagen positiva).
“Trump prefiere actuar de manera unilateral, una tendencia que difícilmente cambiará durante sus dos últimos años de mandato”, aventuró Lee, al referirse a cómo podría desempeñarse el presidente tras una eventual derrota de los republicanos el martes.
“Ese enfoque hace que su legado sea mucho más vulnerable a ser revertido por sus sucesores que si hubiera logrado sacar adelante leyes concretas. De hecho, gran parte de lo que llevó a cabo por esta vía durante su primer mandato terminó siendo revocado por Joe Biden”, recordó.








