En Y yo me levanto para contar una historia, la artista brasileña Paula Parisot (Río de Janeiro, 1978) toma la palabra a través de pinturas de gran formato, videos y registros de performances realizadas entre 2020 y 2026. Con variantes, la muestra que se exhibe en la planta baja del Palacio Pereda (Arroyo 1142), espacio cultural de la embajada de Brasil en la Argentina, se presentó en el Centro Municipal de Artes Hélio Oiticica, en Río de Janeiro, e incluye obras que estuvieron en BienalSur, Casa de América, en Madrid, la Sociedade Nacional de Belas Artes, en Lisboa, y el Museo de Arte de Brasilia.
“Es un encuentro entre obras realizadas en distintos momentos y contextos que, por primera vez, se reúnen bajo un mismo título”, dice la artista en diálogo con LA NACION. La muestra estuvo al cuidado de César Oiticica Filho y cierra el próximo sábado.
En el video ¿Por qué ellas se levantan para contar una historia?, que se proyecta en la cocina del espacio cultural intervenida con esculturas blandas y luz crepuscular, Parisot –que también es escritora, con libros como Partir y La dama de la soledad publicados en español– agrupa testimonios de autoras argentinas, brasileñas y portuguesas contemporáneas, como Mariana Enriquez, Andréa del Fuego, Claudia Piñeiro, Ariana Harwicz, Leila Guerriero, Dolores Reyes, Gabriela Cabezón Cámara, Madalena Sá Fernandes, Juana Libedinsky y Ana Paula Maia, entre otras.
“Me interesaba saber qué hace que cada una se levante a contar una historia y qué significa para ellas escribir -dice-. Es una obra en proceso porque mi idea es que siga creciendo, con autoras de Iberoamérica. Si no contamos nuestra historia, desaparecemos”.
En DesConcerto, video filmado en el Centro Cultural San Martín con la actriz y escritora Thelma Fardin, la escritora Cecilia Szperling, la fotógrafa mexicana Tatiana Parcero, la activista e historiadora brasileña Dani Santana y la coreógrafa y bailarina Leticia Mazur, combina literatura, performance y activismo feminista. Parisot, que en su país protagoniza un pleito judicial con su familia de su exmarido, reside en Buenos Aires con sus hijos y con su pareja, el editor y presidente de la Fundación El Libro, Christian Rainone. En varias de sus obras audiovisuales, cuenta con la asistencia del cineasta Rafael Menéndez.
Su trabajo conjuga el registro íntimo y autobiográfico en un proyecto de alcance conceptual. “Los ejes son la memoria, el silenciamiento, las estructuras patriarcales y las relaciones de poder –sintetiza–. Parto de mi experiencia personal, pero lo que busco es abrirla hacia lo colectivo. Una historia íntima puede revelar estructuras que atraviesan muchas vidas. Mi historia, como todas, tiene muchos personajes y está atravesada por la historia de mi país, por su herencia patriarcal, colonial y esclavista. Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud, pero esa abolición no hizo desaparecer las estructuras sociales ni las relaciones de poder construidas durante siglos”.
–¿Cómo se relaciona tu obra artística con la literaria?
–La pintura, el video y la escritura son lenguajes que utilizo según lo que cada obra necesita. Muchos de mis videos están construidos como pequeños relatos, donde la escritura esta presente: hay una situación, una temporalidad. En otros casos, el video es el registro de una performance realizada en el espacio público. La pintura tiene otra manera de construir sentido. A veces, una imagen nos permite comprender algo que todavía no sabemos nombrar o explicar. Otras veces, una sola palabra puede transformar por completo aquello que estamos mirando. Porque no todo lo que comprendemos puede ser dicho, así como no todo lo que vemos permanece igual después de ser nombrado.
–¿Cómo surgió la idea del video con las escritoras?
–De una pregunta que recorre toda la exposición: ¿por qué nos levantamos para contar una historia? Yo sé por qué me levanto, pero quería escuchar por qué lo hacen ellas. Era importante que fueran escritoras porque piensan la palabra: la eligen, la cuestionan, dudan de ella y buscan la palabra exacta. Saben que una palabra puede revelar, pero también ocultar; que puede preservar una memoria o borrarla. En esta primera etapa invité a algunas escritoras argentinas, brasileñas y portuguesas a responder esa pregunta. Sus testimonios forman una instalación, pero son también el comienzo de un proyecto más amplio, todavía en proceso, que será presentado en Lisboa en 2027, con la participación de escritoras iberoamericanas. Son autoras de ficción y de no ficción, con trayectorias y maneras de entender la creación muy diferentes.
–¿Qué aporta la narrativa personal, presente desde el título de la exposición?
-El título anuncia lo que sucede en la exposición: levantarse, ponerse de pie y tomar la palabra para contar una historia. Contar la propia historia, con palabras o imágenes, ya implica una toma de posición, como escribió Rebecca Solnit en Los hombres me explican cosas y en sus reflexiones sobre quién tiene derecho a narrar, quién puede hablar y quién es escuchado. Solnit sostiene que contar la propia historia ya es una victoria, y una revuelta.
–Es una postura que trasciende el género.
–Es una cuestión que atraviesa la obra de artistas y autores que admiro, como Louise Bourgeois, Sophie Calle, Tracey Emin, Nan Goldin, Annie Ernaux, bell hooks, Chimamanda Ngozi Adichie, Anne Carson, que acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura; Emmanuel Carrère, Édouard Louis, Didier Eribon, Primo Levi, James Baldwin o W. G. Sebald. No es exclusivamente femenina, pero para las mujeres tiene una dimensión histórica particular: durante siglos se nos negó o restringió el acceso a la educación, a la palabra pública, a la propiedad, al voto. Y resulta inquietante que, casi un siglo después de la conquista del sufragio femenino, en Brasil hayan comenzado a surgir voces que cuestionan un derecho que creíamos definitivamente conquistado. Contar la propia historia es un gesto absolutamente político. Contamos para comprender, denunciar, preservar la memoria, devolver su nombre a las cosas y no desaparecer dentro del relato ajeno. Si no contamos nuestras historias, otros lo harán por nosotras. Y quien controla el relato tiene también moldea la realidad.
–¿Se trata siempre de una respuesta o una reacción?
–No contamos solamente desde la herida o la resistencia. Contamos también desde el deseo y el placer de recordar, inventar e imaginar. Desde la libertad de decir “acá hay una historia y yo elijo contarla”. Me interesa cómo una experiencia individual, al transformarse en arte, puede transcender lo autobiográfico y revelar las estructuras sociales, políticas, culturales y afectivas que nos atraviesan. Contar la propia historia es interrogar el mundo, intervenir en la realidad, disputar el territorio, la memoria, el presente y el futuro.
–¿Cómo es tu vida en la Argentina?
–Brasil y la Argentina son dos lugares fundamentales en mi vida. Soy brasileña, carioca, y aunque viví en otros países, estoy en Buenos Aires desde 2016. Mis hijos crecen acá, fueron alfabetizados en español y comparto mi vida desde hace trece años con un argentino. De alguna manera, Buenos Aires también se convirtió en mi ciudad; por eso, exponer acá me da mucha alegría. Se empieza a pertenecer a un lugar cuando sus calles, sus árboles y sus esquinas dejan de ser solamente parte del paisaje y empiezan a guardar recuerdos propios.
–¿Modificó la práctica artística tu historia personal?
–Sin referirme al pleito con mi antigua familia política, porque existen restricciones judiciales que debo respetar, hay algo de lo que sí me interesa hablar: del arte y de lo que significa transformar una experiencia dolorosa, incluso abominable, en una obra. En los últimos años tuve que volver a mis diarios, a mis escritos, a mis archivos y a mi propia memoria para intentar comprender acontecimientos que todavía me resultan incomprensibles. Y creo que hay algo de venganza en ese gesto. No hablo de devolver el daño. Ni siquiera sé si eso sería posible cuando las consecuencias de lo vivido alcanzaron también la infancia de mis hijos. Hay daños que no tienen reparación equivalente, y tampoco me interesa responder con la misma violencia. Me interesa otra forma de venganza, una que solo el arte hace posible: transformar aquello que pretendía herir y callar en una obra. El daño puede ser irreversible, pero no tiene por qué ser definitivo. Levantarse para contar una historia no significa haberla comprendido o resuelto; a veces significa poder mirarla, nombrarla, transformarla y decir: esta historia también es mía y tengo derecho a contarla.










