Es arquitecta, adoptó a su hijo sola y quedó ciega: “Aprendí a elegir los ojos con los que quería mirar el mundo”
Es arquitecta, adoptó a su hijo sola y quedó ciega: “Aprendí a elegir los ojos con los que quería mirar el mundo”

Para Sandra Dajnowski, mirar nunca había sido un acto pasivo ni un simple reflejo involuntario. Como arquitecta y empresaria, sus ojos representaban su principal herramienta de trabajo, el canal indispensable para absorber el mundo exterior, capturar ideas en la calle, analizar volúmenes, luces y texturas, y transformarlas después en líneas precisas sobre el tablero de dibujo.

Su día a día transcurría entre reuniones de obra, visitas a proveedores, viajes, salidas al teatro y charlas interminables con amigos. Llevaba una vida absolutamente plena y activa, aun cuando desde hacía años convivía con una particularidad que no le impedía desenvolverse: la pérdida de visión en uno de sus ojos.

Un deseo muy especial: la maternidad

Sin embargo, al cruzar la barrera de los 40 años, un anhelo postergado empezó a cobrar una fuerza que no cabía en ningún plano ni proyecto inmobiliario: el deseo profundo de ser madre. Sandra no estaba en pareja y tenía la certeza íntima de que no deseaba someterse a tratamientos médicos de fertilidad. La idea maduraba despacio en sus sesiones de terapia y en charlas de café, hasta que un domingo caluroso, sentada con dos amigas, una de ellas le hizo una pregunta directa que funcionó como un disparador: “¿Por qué no adoptás?”. A partir de ese momento, la decisión se volvió irrevocable.

Al día siguiente inició las averiguaciones para inscribirse en el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (RUAGA). Como mujer soltera al frente de un proyecto de familia monoparental, tenía claro que no pretendía la llegada de un bebé recién nacido; buscaba un chico en edad escolar para transitar juntos la escolarización y el crecimiento. Pero los tiempos burocráticos se volvieron eternos: pasó más de un año sin novedades y la desesperación la llevó a viajar a Misiones en busca de agilizar el proceso, de donde regresó con más angustia que certezas.

“Fue un año y pico de felicidad absoluta”

Finalmente, a través de la sugerencia de un amigo y el contacto de un rabino, se acercó a una institución comunitaria donde residían niños judicializados. En abril de 2010 se concretaron las primeras entrevistas y en mayo conoció a Nico, el menor de varios hermanos, que aguardaba con ansias el abrazo de un hogar definitivo.

En abril de 2010 se concretaron las primeras entrevistas y en mayo conoció a Nico, el menor de varios hermanos, que aguardaba con ansias el abrazo de un hogar definitivo.

“Nico vino a vivir a casa en julio de 2010. Los dos estábamos felices. Yo me transformé en la hacedora de panchos más grande del planeta Tierra porque a él le encantaba volver a comer con los amigos del club de fútbol. En casa abundaba el olor a zapatillas y el entusiasmo de chicos que solo hablaban de Messi y Cristiano Ronaldo. Fue un año y pico de felicidad absoluta”, se emociona.

“Sentí que se me acababa el mundo”

Aquella cotidianeidad luminosa se quebró de manera imprevista y brutal el martes 13 de septiembre de 2011. En la tranquilidad de su casa, mientras se realizaba una limpieza de cutis habitual, Sandra experimentó una molestia extraña y fulminante en el único ojo con el que veía. La intuición le heló la sangre: reconoció al instante las señales de un desprendimiento de retina. Dejó todo por la mitad y fue de urgencia al oftalmólogo, donde los estudios médicos confirmaron su peor presagio.

En la sala de espera, el shock inicial se transformó en un llanto incontrolable, atravesado por una sola angustia desgarradora: la suerte de ese hijo pequeño que dependía por completo de ella. Aunque conocía los quirófanos oftalmológicos, la perspectiva de volver a operarse era aterradora. Entró a la clínica con la esperanza de que emparcharan la retina y le preservaran al menos un remanente visual, pero la intervención desató una cadena de complicaciones quirúrgicas desfavorables.

Madre e hijo disfrutando de unas vacaciones en la playa.

“Me operaron 10 veces a lo largo de casi seis meses. Todo ese período lo viví en una pausa angustiante, esperando un milagro que nunca llegó. En cada operación la promesa era mejorar un poco, pero yo me despertaba peor, hasta que la ceguera fue inminente. Sentí que se me acababa el mundo. Fue un momento de enorme dolor, tristeza y mucha bronca”.

Aprender a vivir en la oscuridad

La confirmación médica definitiva de que ya no había nada más que hacer trajo consigo una paradoja emocional: tras meses de desgaste, dolor y cirugías fallidas, la certeza de la ceguera total representó también un punto final a la tortura de la incertidumbre. Ya no había falsas expectativas que sostener; había que aprender a vivir de nuevo en la oscuridad.

El impacto en la vida diaria fue demoledor. En medio de un hogar monoparental, el temor a lo cotidiano paralizaba: cómo preparar una taza de chocolatada sin quemarse, cómo ayudar a Nico con los cuadernos del colegio, cómo orientarse en su propio living. Su hijo, con apenas nueve años, también transitaba el duelo y el desconcierto de ver a esa mamá que de pronto ya no podía seguir sus gambetas en la cancha ni acompañar sus miradas. Ambos compartieron silencios, frustraciones y llantos.

En un viaje con amigas.

“Luché cada día por ganar autonomía y que él fuera simplemente un hijo”

Sin embargo, en el instante más oscuro del duelo, Sandra logró disociar lo que estaba viviendo: Nico debía seguir siendo un niño. Jamás permitiría que su hijo cargara sobre la espalda el peso de convertirse en chofer o su asistente para resolver las tareas del hogar. Nico era su gran motor afectivo para no dejarse caer, pero la responsabilidad de salir adelante debía recaer exclusivamente en ella.

“Tuve que reeducarme en todo aquello que uno aprende una vez de chico y no revisa más: desde cómo usar el celular o mandar un mail, hasta cómo caminar por la calle con bastón y encontrar los objetos en mi casa. No quería que mi hijo me tuviera que decir por dónde pisar. Luché cada día por ganar autonomía, para que él pudiera ser simplemente un hijo”.

Apoyada por su familia, sus amigos y un equipo interdisciplinario de rehabilitación visual, Sandra encaró un camino paciente de reaprendizaje que demandó años. En ese proceso de adaptación, los sentidos que antes estaban en segundo plano empezaron a activarse: el oído se transformó en un radar del entorno y el olfato aprendió a descifrar distancias y materiales.

Con un plano de obra táctil.

Al mismo tiempo, aprendió a construir una nueva forma de ver. Se apoyó en los relatos minuciosos de sus afectos para reconstruir mentalmente los colores, los paisajes y las escenas que la rodeaban. Nico se convirtió en su principal narrador, describiéndole cada jugada, cada gesto y cada rincón del barrio con tanta precisión y ternura que Sandra lograba recrear imágenes nítidas en su interior, disfrutando de la vida desde una sensibilidad diferente.

Otra manera de trabajar en su gran pasión

Con la independencia cotidiana restablecida, sintió que no le alcanzaba con limitarse a subsistir: necesitaba recuperar su vocación. La pasión por el diseño seguía palpitando en su cabeza. Juntó fuerzas y fue a buscar a Ricardo, su socio y colega entrañable desde los bancos de la universidad. Fue sincera, frontal y le formuló una sola pregunta decisiva: si se animaba a seguir trabajando a la par de una persona ciega. La respuesta de su socio fue un sí instantáneo y sin titubeos, disipando cualquier sombra de duda.

Reconfiguró su lugar de trabajo con absoluta madurez profesional. Sandra sabe que no puede supervisar operativamente una estructura en altura ni dar indicaciones visuales en el andamio, pero comprende con la misma claridad que sus 30 años de criterio proyectual, sensibilidad espacial y conocimientos técnicos no se esfumaron con la vista.

Chequeando el piso de una obra.

“Percibo la obra cuando la toco, me doy cuenta del avance por los sonidos y los aromas, y entro en discusiones saludables con Ricardo para definir cómo resolvemos un espacio. Cuando alguien habita un departamento que diseñé y me cuenta que lo disfruta, me da el mismo placer enorme de siempre. No lo veo con los ojos: lo imagino con el corazón a través de lo que me cuentan”.

“No hubo un momento mágico, fue un camino lento”

A la par de su renacimiento profesional se fue gestando una transformación interior mucho más profunda. La pregunta culposa que la había atormentado durante los primeros meses en penumbras comenzó a perder fuerza hasta desvanecerse.

“No hubo un momento mágico, fue un camino lento. Pero en algún punto dejé de pensar en por qué a mí y empecé a preguntarme: ¿por qué no a mí? Empecé a prestarle más atención a la gente y entendí que todos cargamos con grandes dolores; la diferencia es si decidimos enfrentarlos o esconderlos bajo la alfombra”, reflexiona.

Brindando una charla motivacional.

Esa mirada despojada de dramatismo la llevó, casi sin proponérselo, a trascender el ámbito privado. Todo comenzó cuando la convocaron desde la Fundación de Amigos del Teatro San Martín para grabar un testimonio sobre la importancia de la audiodescripción en las obras escénicas. El video se viralizó de inmediato, capturando el interés de los medios de comunicación, participaciones en paneles y un lugar como docente en la cátedra de Diseño de Hábitat Accesible en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA.

Trascender dejando huellas

A través de las redes sociales, Sandra empezó a compartir su cotidianidad con un tono fresco, lúcido y directo. De inmediato comenzaron a llegarle cientos de mensajes de personas que atravesaban diagnósticos oftalmológicos complejos, de padres desorientados y de profesionales que ocultaban sus limitaciones visuales por temor a la exclusión social y laboral. Descubrió entonces que su testimonio operaba como una guía práctica para quienes sentían que el mundo se les derrumbaba.

“A la persona no hay que mirarla juzgando primero el bastón blanco, la silla de ruedas o el audífono: hay que descubrir quién es y qué tiene para dar. Todos tenemos talentos y capacidades

“A veces me quieren definir como speaker motivacional, pero yo no busqué ninguna etiqueta. Me di cuenta de que ayudar a otros es una forma hermosa de trascender. Si una persona que está perdiendo la visión o pasando un momento oscuro ve que yo salgo adelante, disfruta un asado de obra o va al teatro, y eso le da fuerzas para levantarse, todo el esfuerzo cobra sentido”.

Hoy Sandra se reconoce, con orgullo y convicción, como una militante de la discapacidad y de la accesibilidad universal. Suele bromear diciendo que su meta es “poner de moda la discapacidad”, pero detrás del humor se esconde una lucha cotidiana muy seria. Su cruzada no busca compasión, sino la igualdad de oportunidades y el respeto por el talento.

“A la persona no hay que mirarla juzgando primero el bastón blanco, la silla de ruedas o el audífono: hay que descubrir quién es y qué tiene para dar. Todos tenemos talentos y capacidades. La inclusión laboral y social no puede ser un discurso bienintencionado o una palabra vacía en un folleto; tiene que ser un acto concreto de todos los días”, afirma.

A la distancia de aquel 2011 traumático, el balance de su camino resulta profundamente conmovedor. Nico ya completó la escuela secundaria, se graduó en una carrera universitaria, continúa cursando otra y construye su propio proyecto de vida junto a su pareja, conservando un vínculo entrañable de madre e hijo, libre de cargas y dependencias.

Sandra aprendió a reinventar su mirada y su profesión, transformando una pérdida irreparable en una plataforma de servicio y empatía. Su historia demuestra con calidez y fuerza cotidiana que la resiliencia no es una fórmula heroica reservada a unos pocos, sino la decisión valiente de levantarse cada mañana, tender puentes hacia los demás y seguir proyectando la vida, aun cuando toque hacerlo en la más absoluta oscuridad.