La artista Carolina Antoniadis se mudó a un edificio que construyó con amigos
La artista Carolina Antoniadis se mudó a un edificio que construyó con amigos

“Yo no busco, encuentro”, afirma Carolina Antoniadis citando a Pablo Picasso. La sonrisa la delata, está contenta con esos hallazgos: el primero y principal, una vocación heredada de su abuelo Demetrio Antoniadis, pintor y paisajista que se radicó en Rosario cuando llegó de Grecia. Siguieron otros que irá enumerando a lo largo de la charla: un amor, un taller y, el más reciente, este hogar que se hizo posible gracias a un fideicomiso al costo impulsado por un grupo de amigas.

Yo pensaba en un PH o un loft, pero mi marido dijo: ‘A esta altura, busquémonos un departamento’. No sabía si me iba a adaptar, pero conseguimos privacidad, luz, verde, dos balcones, pileta… Es muy cómodo; estoy feliz.

Carolina Antoniadis, artista y dueña de casa

“Nunca había vivido en un departamento, pero tengo 64 años, mi marido tiene 67, y no estamos para cortar el pasto”, repasa la artista. “Me cambió la vida. Por si fuera poco, estoy a tres cuadras de mi taller”.

Tradición estética

–¿Pintás todos los días?

–Sí, hoy ando resfriada y, como el taller es un galpón, me tuve que quedar y me siento como un tigre enjaulado. El sueño de mi vida sería tener casa y taller todo junto, pero es una movida demasiado grande. La última mudanza fue una locura. Ahí dije: “No muevo esto nunca más”. Es impresionante lo que uno acumula siendo artista.

Aquí, Carolina Antoniadis posa delante de una rareza: dos dibujos de Enio Iommi, obsequio del escultor.

–¿Cómo mantenés una armonía en tu casa?

–Soy muy obsesiva: voy haciendo una curaduría como si fuera una muestra. A esta casa la armamos juntos con mi marido, Álvaro, que es arquitecto, y la pensamos de cero con las bibliotecas para nuestras colecciones. Por suerte, coincidimos en la pasión por los objetos.

Sobre los pisos de mosaico granítico, alfombras traídas de un viaje al Noroeste argentino.  El sofá heredado fue restaurado y retapizado en pana gris, igual que los dos sillones individuales (Mercado de Pulgas).

–¿De dónde viene tu gusto por la decoración?

–Mi mamá era muy estética. Estudió en un colegio americano y absorbió eso de sus maestras, muy Laura Ashley. En su casa, los cuartos estaban empapelados, todo lleno de flores, jarrones… Me acuerdo de un estantecito en una bow window con botellas que tenían líquidos de colores, maravilloso.

La mesa de comedor fue regalo de un cliente, mientras que las sillas de estilo inglés pertenecieron a la abuela de Carolina, que les sacó las cruces ornamentales, las tiñó y las retapizó.

Amante del art déco, la pareja encuentra en ese estilo un complemento perfecto para la multitud de cuadros y objetos que atesora. “La única transgresión es una alfombra mexicana que amo; el resto del equipamiento es muy neutro”.

Combinación de influencias

“Mamá pintaba muy bien, además, y papá sacaba fotos. Mi hermano, que es fotógrafo y vive en Francia, empezó en el laboratorio de mi papá, en el garage. A mí me quisieron enseñar, pero cuando entré en el cuarto oscuro y vi que debía esperar, chau, porque soy ansiosa”, cuenta Antoniadis. Esa experiencia la hizo inclinarse por la pintura: “Lo hago y lo veo en el acto”.

Una biblioteca hecha a medida (Sergio Mazzitelli) recorre el largo del ambiente dando apoyo a la colección de arte y objetos.

“Tengo muchos regalos de colegas queridos, y los voy alternando con obras de mi autoría. No es por una cuestión de ego, sino porque eso me permite recurrir a piezas de formato grande, que dan otra impronta”.

–Los genes del abuelo.

–Claro, él vino de Grecia en 1911 y estudió Bellas Artes.

–¿Cómo llegó a estudiar?

–Porque trabajaba en los ferrocarriles, empezó de abajo y llegó a ser electricista. Al mediodía se quedaba dibujando (siempre estaba dibujando). Los ingleses vieron eso y lo becaron para estudiar en Buenos Aires. Volvió a Rosario como profesor, y así empezó hasta llegar a ser un pintor muy reconocido. Es por él que el taller es mi vida: tenía un atelier hermoso y yo, de chiquita, lo veía como un espacio de magia.

El segundo cuarto se destinó al escritorio de Álvaro. En el mueble hay una colección de relojes y, debajo, una obra de Carolina.

Animarse al cambio

Dejar atrás el prejuicio de mudarse a un departamento fue posible gracias a este hallazgo: un fideicomiso al costo impulsado por un grupo de amigas y diseñado para vivir en un edificio con la espacialidad de una casa.

Sobre la mesa, dúo de lámparas colgantes ‘Knappa’ (Ikea). Aquí, una mesa ‘Tulip’ con sillas italianas que se mudaron con sus dueños.

Ubicado en el barrio de Chacarita, el proyecto del Estudio Colle-Croce priorizó espacios comunes al aire libre y unidades con terrazas profundas y ventilaciones cruzadas.

“En el dormitorio, otro cuadro de cosecha propia en formato apaisado corona la cama vestida con géneros neutros (Ramos Generales) y almohadones hechos con repasadores franceses. Las mesas de luz son del Mercado de Pulgas.

“Mi pintura tiene mucha textura, y eso también se plasma en la decoración: tanto la relación entre distintos textiles y como ciertas combinaciones que podrían escandalizar a un interiorista. Es todo intuitivo”.