Riqueza versus atención: quién gana la batalla final de la felicidad en la economía no tradicional
Riqueza versus atención: quién gana la batalla final de la felicidad en la economía no tradicional

Con un título muy provocativo, “La última decisión del mayor experto global en toma de decisiones”, el Wall Street Journal publicó en 2025 un artículo firmado por Jason Zweig en el que se revelaban detalles desconocidos sobre la muerte, casi doce meses antes y poco después de haber cumplido 90 años, de Daniel Kahneman, el padre de la economía del comportamiento, Premio Nobel y considerado uno de los más grandes científicos sociales del último siglo.

En la nota, Zweig, que fue colaborador de Kahneman y tenía acceso a su entorno familiar, contó que el psicólogo estadounidense-israelí había tomado de la decisión de encarar un suicidio asistido en una clínica suiza. No quería enfrentar el proceso de deterioro físico y cognitivo que sabía que llegaría: sus riñones estaban fallando y sus lapsos mentales eran cada vez mayores, escribió en un mail que mandó a familiares y amigos el día anterior a su partida. Todo había sido planificado hasta el más mínimo detalle.

Hasta unas semanas antes, Kahneman tuvo una rutina de trabajo intelectual muy intensa y prolífica. Como un ejemplo de la “revolución senior”, el académico construyó todo su edificio teórico en su segunda mitad de la vida. No sólo sumaba nuevas ideas, sino que revisaba permanentemente sus conclusiones previas, abierto a rectificar errores en sus resultados, algo inusual en pensadores de su envergadura.

En este ida y vuelta hay una historia poco conocida, que tiene que ver con uno de sus estudios más famosos y citados.

En 2010, casi una década después de ganar el Premio Nobel de economía, Kahneman publicó junto a su colega de Princeton Angus Deaton (otro académico-celebridad), un ensayo basado en 450.000 respuestas de la encuesta Gallup-Healthways de bienestar donde se concluía que el bienestar emocional (o la felicidad) subían a la par de los ingresos hasta los US$75.000 anuales (hoy ajustados por inflación serían más de US$100.000) y luego la curva se amesetaba drásticamente.

El resultado se convirtió en uno de los más citados, con apariciones récords en medios, en la historia de las ciencias sociales. La encuesta era gigante, los autores tenían un prestigio indiscutible, el paper había sido sometido a una revisión exhaustiva y la conclusión contra-intuitiva para generar buenos títulos en periodismo era emocionalmente satisfactoria para que muchos lectores no se sintieran tan mal por no tener ingresos muy elevados.

Todo iba bien hasta que en 2021 un joven investigador de la universidad de Pennsylvania, Matthew Killingsworth, publicó un estudio que silenciosamente destrozó los hallazgos de Kahneman y Deaton en este terreno. Killingsworth se pasó la década anterior armando y perfeccionando una aplicación por la cual se le consultaba vía celular a las personas de una muestra amplia por su felicidad en momentos del día al azar.

Cuando publicó su paper, ya tenía más de 1,7 millones de reportes de felicidad de 33.000 adultos. El resultado contradecía la tesis de Kahneman y Deaton: no existía ninguna meseta. La gente que ganaba US$200.000 al año informaba mayor satisfacción que la de US$100.000, y a su vez los de US$400.000 al año una felicidad más alta.

Lejos de sentirse ofendido o atacado, Kahneman tuvo la humildad y curiosidad de llamar a Killlingsworth para proponerle una “colaboración adversarial”: revisar juntos todos los datos en profundidad, con un árbitro neutral y prestigioso, para resolver la controversia.

¿Quién ganó la batalla? La respuesta, una vez más, remite a una frase de Silvio Soldán: “Los dos a la final”. Para la gente que ya era feliz previamente, la trayectoria observada en promedio se asemejó a la descubierta por el investigador más joven: el dinero sí influye en la felicidad. Para quienes no eran felices previamente, en cambio, sí se registró el techo o amesetamiento de Kahneman y Deaton.

Con posterioridad a esta batalla intelectual hubo nuevos estudios, en más países y con bases más amplias, y con definiciones también más ambiciosas de bienestar emocional o mental. En un pre-print de fines del año pasado, Kai Ruggeri, profesor de Columbia (Mailman School of Public Health), especializado en ciencias del comportamiento y toma de decisiones, difundió el estudio Global well-being in 2025: A multidimensional analysis of mental, financial, and social health in 92 countries”. El trabajo evalúa la salud mental de individuos en todo el mundo junto con medidas de bienestar financiero y social, sobre una muestra de 53.774 personas en 92 países. El motivo del paper es que, aunque los gobiernos y organizaciones cada vez le dan más peso a la salud mental en las políticas públicas, las métricas siguen concentradas en indicadores como el PBI o la depresión, dejando de lado un enfoque más multidimensional.

“Las conclusiones de este trabajo van más en la línea de Killingsworth, de que no hay meseta o techo y que las personas de mayores ingresos reportan mejores indicadores de salud mental en un sentido amplio”, explica a LA NACION Joaquín Navajas, físico de la Universidad de Buenos Aires y PhD en Neurociencia de la Universidad de Leicester del Reino Unido. Una versión del trabajo fue titulada “El dinero compra salud mental”. “Lo interesante de la investigación es que ya se empiezan a tomar cuestiones mucho más amplias y multidimensionales del bienestar mental que en la vieja literatura de felicidad”, agrega el físico.

Navajas dirige el Laboratorio de Neurociencias de la UTDT y la muy exitosa carrera de Ciencias del Comportamiento de esa misma universidad, y participó de la iniciativa de Columbia junto a dos profesores de este plan de estudios, Federico Barrera Lemarchand y Lucía Macchia.

Otro aspecto de cómo esta temática está derramando a abordajes más multidisciplinarios es que en las conclusiones de la controversia Kahneman-Killingworth, los “colaboradores adversariales” citan a Daniel Gilbert, psicólogo de Harvard, y su trabajo “Una mente inquieta es una mente infeliz”.

El foco, la meditación, la conciencia en el presente y la compasión tienen efectos positivos sobre el bienestar mental y emocional. Entre otros motivos, porque un cerebro que se va mucho por las ramas gasta más energía y tiende a caer en el sesgo de negatividad, para el cual nuestras redes neuronales están particularmente cableadas (terminamos cayendo en preocupaciones).

Otro economista inesperado, con el mismo apellido del psicólogo de Harvard, se especializó en esta línea temática: Paul Gilbert, un experto en meditación y bienestar irlandés que en su juventud primero completó la carrera de Economía para luego dedicarse a la psicología. Gilbert estuvo el año pasado en Buenos Aires (una de sus principales colaboradoras es la neuróloga Lorena Llobenes) y fue entrevistado para esta sección.

Además de ser muy interesante y clave para el diseño de políticas públicas, la controversia terminó funcionando como un “eslabón perdido” entre distintos saberes científicos, y entre dos de las ramas más explosivas de las últimas dos décadas en la economía no convencional: la economía de la felicidad y la economía de la atención.