Pasan los años, las décadas y la sensación no se modifica: la del carácter único que tienen los Juegos Olímpicos. No se trata de establecer comparaciones con Mundiales ni con competencias que pueden serlo aunque no lleven ese rótulo de Copa del Mundo, como la NBA, por ejemplo. Los Juegos son hoy como 36 Mundiales a la vez (ya no 28, como estábamos acostumbrados), mayoritariamente en la misma ciudad y con distintas sedes. Con el mismo espíritu. Difícil de explicar si no se lo vive. Diferente para quienes lo presencian. Cuesta imaginar lo que realmente representan para quienes tienen el orgullo y la dicha de ser partícipes, como atletas, de semejante fiesta deportiva.Río 2016 tenía, además de todo eso, un factor emocional que lo hacía único. Saquemos de escena el encanto de la ciudad, aunque cueste. Han pasado 10 años y uno sigue teniendo la misma percepción que aquel domingo 21 de agosto, en el Maracaná, bajo la lluvia: que acababan de concluir los mejores Juegos Olímpicos de la historia. Por resultados. Por presencias. Y sobre todo, por despedidas, que tocaron de lleno cada corazón. Ese as en la manga que Río puso sobre la mesa desde el comienzo y que lo iba a transformar en una catarata de lágrimas, ovaciones, sonrisas y postales para toda la vida. Una escala que excede a los conocimientos, a las pasiones, al fanatismo, a los gustos. Porque fluye desenfrenadamente y queda inmortalizada.Características que, destino mediante, tendría también a la Argentina como una protagonista estelar. Sí, claro: también fueron uno de los mejores de la historia para nuestro país. Por los oros (3), por la plateada (1), por los diplomas (11). En medallas doradas se alcanzó la marca de Amsterdam 1928, Los Angeles 1932 y Londres 1948, ediciones en las que se logró un total de 7 medallas. Entre los diplomas estuvieron el básquetbol masculino, las Leonas, los Pumas 7s y la luchadora Patricia Bermúdez.Un condimento adicional estuvo marcado por la gran cantidad de compatriotas en cada sede, en las tribunas. Sin soslayar que Río 2016 fue apenas dos años después del Mundial 2014 de fútbol y la canción del “decime qué se siente” que los brasileños tardaron varios años en procesar y olvidar. Lo cual resultó en un problema: incidentes en las gradas durante las primeras jornadas, abucheos constantes en las presentaciones de nuestros atletas. Un clima poco amistoso, por cierto, que se empezó a advertir en la ceremonia de apertura misma, ese viernes 5 de agosto en el Maracaná: cuando se vio asomar la bandera argentina que portaba el enorme Luis Scola, el público dejó los aplausos y se enardeció. La única delegación que provocó tamaña reacción.Lo que no sabíamos esa noche era cuán grande iba a resultar la producción argentina. Al día siguiente brotaría maravillosamente la primera respuesta cuando la Peque Paula Pareto se convirtió en la primera atleta de nuestro país en colgarse una medalla dorada. Pocos sabían de tatami, ippon o de katame-waza, pero sí conocían el esfuerzo que esa chica de 30 años y 1,48m había hecho para ser una judoca de elite y médica traumatóloga en simultáneo, campeona del mundo y Olimpia de Oro, además de otra medalla olímpica (bronce) en Pekín 2008. Y se emocionaron con ella y por ella.Al día siguiente, en el turno noche, el sorteo del tenis le había deparado el peor debut a Juan Martín del Potro: Novak Djokovic, número 1 del mundo y ávido de ser campeón olímpico. En ese entonces, era lo único que le faltaba ganar. Delpo venía de tres operaciones de la muñeca izquierda, había arrancado el año en el puesto 1042 de ránking y cuando le tocó Nole el pensamiento era lógico: debut y despedida. Fue una noche mágica y el que terminó llorando fue el serbio: Del Potro hizo aplaudir a los propios brasileños con un 7-6 y 7-6 inolvidable. Y un envión irresistible: bajó a Rafa Nadal en semifinales y perdió la final con Andy Murray (2°), colgándose la de plata, que sumó a la de bronce de Londres 2012. Tres meses después, con el equipo argentino, ganaba la tan ansiada Copa Davis ante Croacia, en Zagreb. ¿Cómo olvidar lo que significó Río para Del Potro, plataforma para romper para siempre (y acaso por única vez) con una barrera infranqueable con el máximo trofeo por países?Había, en esa delegación de 213 atletas (139 varones y 74 mujeres), un caso muy especial: el de Santiago Lange. La leyenda del yachting. Sus sextos Juegos Olímpicos, y a los 54 años. Apenas 11 meses después de haber sido operado de un cáncer de pulmón. Por primera vez teniendo como compañera a una mujer: Cecilia Carranza, en Clase Nacra 17. Vivieron muchos meses en Río, aprendiendo los secretos de la cancha. Lange competía contra los hijos de sus viejos rivales y hasta había disfrutado de algo soñado: desfilar con sus propios hijos, Klaus y Yago, en la apertura. El 16 de agosto, luego de dos bronces (2004 y 2008, con Camau Espínola en Tornado), se transformó en dorado junto a Cecilia, en la Marina de Gloria. El hombre que había escalado el Everest y se transformó en ejemplo de lucha para muchos. Segundo oro argentino en Río.¿Habría margen para uno más y superar lo de Atenas 2004? El hockey masculino había estado muchos años eclipsado por las Leonas, sobre todo desde el podio de Sidney 2000, que marcó la explosión femenina en Argentina. Los varones no conseguían dar el salto de calidad, jugaban el Champions Challenge (una categoría de ascenso al Champions Trophy) en una especialidad sumamente competitiva, dura. Hasta que confluyeron una camada extraordinaria, con figuras como Gonzalo “El Acha” Peillat y Juan Vivaldi, con un coach motivador que los convenció de que podían ser campeones: el Chapa Retegui. Supo sacarles lo mejor de cada uno y llevarlos al oro con el 4-2 a Bélgica en la final, el 18 de agosto. Esfuerzo, humildad y convicciones.Tres oros y una plata. ¿Ya estamos? ¡Qué va! Si todavía tenemos en las retinas la memorable actuación del Chapu Nocioni, el factor sanguíneo de la Generación Dorada, en el partido eliminatorio frente a Brasil en su propia casa, en el Carioca Arena 1. Fue 111-107 en doble suplementario y Chapu, con 36 años, hizo 37 puntos, incluido un triplazo para forzar el primer tiempo extra a sólo tres segundos del final. Esa victoria espeluznante dio el pase a los cuartos de final, etapa en la que tocó enfrentar a Estados Unidos. La proeza sonaba a utopía, ya por una cuestión física. Se dio la lógica eliminación (105-78) y fue por demás emocionante ver cómo los jugadores estadounidenses, que lo conocían de sobra de la NBA, fueron a saludar especialmente a Manu Ginóbili, que a los 39 se despedía de las aventuras gloriosas olímpicas (oro en Atenas, bronce en Pekín) con la casaca N° 5 que lo hizo inmortal. Eso se llama “RESPECT”. Así, con mayúsculas.Los grandes irremplazablesAquel chico de 7 años con déficit de atención que un día, motivado por sus hermanas Whitney y Hillary, encontró en una piscina de Baltimore el lugar insospechado para desplegar sus brazos y sus destrezas, se iba ovacionado por 15.000 personas a sus 31 la noche del sábado 13 de agosto del Aquatic Center, de Barra de Tijuca. En la tribuna, Nicole Johnson, su mujer, y el pequeño Boomer, de apenas tres meses, concentraban su mirada. Tenía colgado su quinto oro, el de la posta 4×100, de Río: nada menos que su 23ª medalla dorada en total (8 de ellas en Pekín 2008, superando a Mark Spitz, que tenía 7 de Munich 1972), siendo el más ganador de la historia. ¿Una curiosidad demoledora? En cinco Juegos ganó un oro más que Argentina en todas sus participaciones. Y fueron 28 medallas en total para Michael Phelps, el Tiburón más voraz que se haya visto en las piscinas olímpicas.“Estoy listo para el retiro. No quiero nadar más. Volví para despedirme y estoy contento con irme así. Ha sido maravilloso poder inspirar a los niños. Quise cambiar la natación, conseguir que los chicos soñaran. Que crean en sí mismos y que piensen que el límite es el cielo. Me voy feliz”, dijo esa vez. Hoy con cuatro hijos, sigue siendo irremplazable, pese a lo que entre Tokio 2020 y París 2024 hicieron los Caeleb Dressel y Leon Marchand. Phelps fue una de las cartas más inspiradoras del deporte y Río tuvo la satisfacción de rendirle tributo.Lo mismo que al más carismático de todos los tiempos. Le dijeron que ganar tres veces consecutivas los 100m, 200m y la posta 4×100 lo convertiría en inmortal. Y a Usain Bolt le encantó. Horas antes de cumplir los 30 años, se regaló la última victoria en el estadio Havelange, ante 60.000 aficionados, rematando él la prueba en el último pase del testimonio, demoliendo a sus rivales japonés y canadiense. El Rayo de Jamaica cruzó sin sonreír ni mirando de reojo tal su costumbre: sabía que ese 9° oro era el último de su vida en los Juegos y asumió esos 37s27/100 de manera solemne. Pero igual no pudo con su genio: terminó bailando junto con sus compañeros Asafa Powell, Yohan Blake y Nickel Ashmeade. Inmortal en todo sentido.El hombre que generó un vínculo incomparable con la gente, que combinó una extraordinaria capacidad física y técnica con la actitud de un eterno adolescente que entendió que podía divertirse y divertir a la vez. Fueron ocho años intensos, de una relación única, entre Pekín, Londres y Río. Los Juegos de las despedidas y de la emoción se rindieron como cada lugar del planeta en el que sus zancadas llenaron de asombro y sus morisquetas de sonrisas. ¡Cuántos reyes, de cualquier deporte, se han visto con una dureza gestual y una frialdad desprovistas de carisma! Nunca dejaron de ser grandes campeones, pero Usain Bolt les mostró al público, rivales, competencias y empresas que podía existir una manera diferente de sentir y vivir el deporte.“¿Qué siento de distinto de Pekín 2008 a ahora? Tenía 21 y las lesiones se curaban en días. Ahora son semanas, o meses”. Su figura no fue eclipsada ni por un monstruo como Armand Duplantis, el garrochista que subía como si estuviera en un ascensor hacia las terrazas del infinito.Y detrás de los dos monstruos insustituibles, Río 2016 marcó la irrupción olímpica de la gimnasta Simone Biles, con 19 años, deslumbrando a todos con cuatro oros y un bronce y rememorando los tiempos de la rumana Nadia Comaneci cuatro décadas después de Montreal 1976. Y la consolidación de Katie Ledecky, una nadadora extraordinaria que hasta llegó a desafiar a Phelps en los centros de entrenamiento de Estados Unidos. Con 19, logró cuatro oros y una plata en Río.¿Otro momento inolvidable? El desfile en la fiesta inaugural de Los Atletas Refugiados, un total de 10 deportistas que portaron la bandera olímpica y merecieron el aplauso generalizado en el Maracaná. Entre los atletas estaba la nadadora siria Yusra Mardini, de 18 años, cuya historia personal conmovió. Es que doce meses antes se había escapado de Damasco junto con su hermana Sarah en un bote para no más de 7 personas y que transportaba 20, al borde del hundimiento. El motor se detuvo y Yusra junto a Sarah y otras dos personas se arrojaron al agua y nadando llevaron el bote hasta Lesbos (Grecia). En Río, Mardini ganó una eliminatoria de los 100 metros. Para todos, fue como un oro.Pasaron 10 años desde Río, algunas de cuyas sedes se deterioraron rápidamente. Pero cada deportista que transitó la Villa Olímpica, pisó los distintos escenarios para competir detrás de un sueño o simplemente alentar a otro atleta, recordará cada instante de una experiencia única. Como el primer día que Phelps se cruzó con Djokovic en la Villa, sonrieron y se estrecharon las manos. O los ignotos representantes olímpicos formando fila en los restoranes detrás de Nadal, pidiéndole selfies. O Bolt visitando la favela de Mangueira y sacándose fotos con los chicos. Cracks marcados por la historia. ¡Y qué decir de los argentinos! Si acababan de gestar una de las mejores actuaciones globales olímpicas. Ellos también quedaron marcados para siempre. Que lo desmientan si no. Navegación de entradasBoca derrotó a Estudiantes con gol de Ascacíbar y logró su primer triunfo en el Torneo Clausura Nahuel Molina deja Atlético Madrid y es nuevo futbolista de la Roma