Quiso adoptar un Golden pero el destino lo cruzó con una perra especial: “No avisó sobre la gravedad de su dolor”
Quiso adoptar un Golden pero el destino lo cruzó con una perra especial: “No avisó sobre la gravedad de su dolor”

Corría noviembre de 2012 cuando una familia en San Martín de los Andes comenzó a pensar seriamente en sumar un integrante de cuatro patas al hogar. Pensaban en un perro de pelaje dorado, tal vez un Golden, que corriera entre la nieve y los lagos cordilleranos.

Pero el destino tenía para ellos otros planes y vestía un abrigo completamente diferente: el de una perra mediana, tipo Schnauzer, de un negro tan absoluto que su nombre, días después, caería por maduro.

Desorientado, se subió al subte, viajó siete estaciones y en una plaza, un paseador cambió su destino: “Con su mirada me decía todo”

La historia comenzó por uno de esos puentes invisibles que teje el azar. Florencia, una docente de la zona con una sensibilidad especial para los animales en situación de riesgo, la había rescatado en las inmediaciones de una escuela barrial. La hizo esterilizar y buscaba para ella un hogar responsable.

Fue entonces cuando Pablo Matilla—pampeano de General Pico, comunicador social y vecino de San Martín desde hace casi tres décadas— se enteró de su existencia a través de un amigo. De inmediato, la inquietud se transformó en palabras:

—Hay una perrita recién castrada. Parece que estaba abandonada y Florencia busca una familia responsable. ¿La adoptamos?, preguntó a su familia.

—Bueno, dale —fue la respuesta unánime.

Las marcas del pasado y el juego del futón

El ingreso de la perra de pelaje negro, a la que llamaron Morena, al hogar estuvo marcado por la cautela. Entró con temor, asustada, cargando un equipaje invisible de ruidos que la sobresaltaban. “Nunca supimos por cuánto se multiplicaba el miedo en su cuerpo cuando sonaba un cohete o un grito en la calle. No le alcanzaban las patas para buscar refugio cerca nuestro”, recuerda Pablo. Tenía que haber tenido un pasado con familia, porque era educada y sumamente limpia, pero la calle también había dejado sus huellas de desamparo.

Con el paso de los inviernos, Morena dictó sus propias reglas de adaptación con una timidez que pronto se volvió complicidad. Descubrió que la lluvia se toleraba, que la nieve era genial para correr con los chicos, pero que nada superaba el calor del hogar. Y, sobre todo, descubrió el futón.

“Esquivaba sillas, obstáculos, lo que fuera; pero cuando todos dormíamos se iba al futón”, cuenta Pablo con una sonrisa que desafía al tiempo. “Nos levantábamos y, sigilosamente, para que nadie la escuchara, volvía a su colchón. Y la escuchábamos. Ponía cara de póker y, si alguien le preguntaba: ‘Morena, ¿vos estabas en el futón?’, miraba para cualquier lado. Era todo actuado. Sabíamos que se daba cuenta de que no había forma de zafar, pero se tornó un juego”.

Con los años, cuando las canas empezaron a ganarle terreno a su negrura y entendió que la casa era su territorio, Morena se adueñó del futón sin culpa. Su familia tenía algo claro: a los adultos mayores no se los molesta con pequeñeces.

Una viajera incondicional

Morena se transformó en una “granadera” silenciosa. Custodiaba la sagrada ceremonia del chulengo en el patio: se paraba firme al lado de Pablo mientras la leña se hacía brasa y la carne se doraba en la parrilla, esperando con santa paciencia su premio a cambio de la compañía irrenunciable que ofrecía.

Fue, además, una copiloto de rutas extraordinaria. Viajaba a General Pico, donde se convertía en la nieta malcriada de la abuela; corrió libre en las dunas de Claromecó, donde el mar le pertenecía; y hasta conoció el asfalto porteño de Núñez cuando la familia acompañó al hijo mayor a iniciar sus estudios universitarios. Aunque el cemento de la gran ciudad la agobiaba tras una vida de montaña, Morena caminaba con la distinción de una reina negra.

Ni siquiera los cambios profundos de la vida humana alteraron su esencia. Cuando Pablo y su exesposa Rosana se separaron en 2021, la madurez y el afecto mutuo hicieron que la perrita siguiera siendo el centro de gravedad de todos. De manera fluida, Morena pasaba fines de semana en el departamento de Pablo. No había patio, pero la costanera del lago y las caminatas por la plaza Güemes alcanzaban para desatar una furia de mimos sobre la cama. “Era el ser más bueno y adaptable que conocí. Su mirada, su actitud, transmitían paz”, describe él.

La última enseñanza

Fiel a su naturaleza discreta, Morena no avisó sobre la gravedad de su dolor. Hacia el final, Rosana lo llamó a Pablo advertida por una debilidad inusual en la perra. Las imágenes médicas arrojaron un diagnóstico inexorable: un cáncer avanzado con metástasis.

El 30 de enero de 2023, la familia que se había fundado y transformado a su alrededor tomó la decisión más difícil y amorosa: evitarle el sufrimiento. Los cuatro —Pablo, Rosana y sus dos hijos, Jerónimo y Albertina— estuvieron allí, rodeando su débil salud en el final, exactamente de la misma manera en que la habían recibido aquella tarde soleada de noviembre, once años atrás.

La recuerdo como un ser que llegó a mi vida para enseñarme cosas que probablemente, y aún con mis 54 años, deba repensar siempre: no hacerse problema por cosas banales, ser feliz con lo que te toca, sentirte amado incondicionalmente a través de una mirada o un gesto típico de ella como apoyar su cabeza en mis piernas cuando estaba sentado”, reflexiona Pablo, con un dolor que persiste pero se ha vuelto luminoso.

Morena descansa ahora en su patio patagónico. Dejó huellas anchas en la tierra y la promesa eterna de un reencuentro en algún cielo sin dolores, donde una pata peluda vuelva a apoyarse en la falda para decir que todo va a estar bien.

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