“Desde que aprendí a caminar me la pasaba bailando con un piano pequeño de acá para allá. Años más tarde cuando comencé formalmente danza clásica de inmediato supe que quería dedicarme a ello. Fue a través de mi hermana que pude conocer esta disciplina: una tarde que mis padres trabajaban la acompañé a una de sus clases y, a partir de ese instante, quise comenzar mi formación. Es difícil describir lo que sentí al bailar, fue amor a primera vista, cuando llegaba la hora de ir a mis clases era el momento más feliz de mis días”.A los seis años Aldana Vaulet empezó en la Escuela Municipal de Danzas José Neglia, en Morón. Desde el primer día destacó: ese mismo año le entregaron el diploma a la mejor alumna. Al año siguiente, una profesora que la había visto bailar le sugirió postularse al Teatro Colón. Aldana no sabía bien qué implicaba, pero intuyó que allí podría convertirse en bailarina profesional, así que habló con sus padres y les pidió que la inscribieran en las audiciones.Las pruebas eran eliminatorias, pero fue superándolas una a una hasta lograrlo: finalmente ingresó como alumna al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón.“Los primeros años fueron una maravilla. Desde el primer ciclo de formación me contrataron en el ballet estable del Teatro Colón para mi primer rol. Los maestros asistían a nuestras clases y nos elegían para distintas funciones. En esas experiencias predominaba la disciplina: no hablar, no jugar, no reír, evitar comer antes de la función; era un ambiente tenso, obsesionado por la perfección y donde el error no se toleraba. Aun así, lo vivía como parte del sistema que yo había decidido integrar, y asumía la exigencia con la excelencia que el contexto pedía”, recuerda.“Las exigencias físicas llegaron luego de que mi cuerpo se desarrollara”La vida de una bailarina clásica en formación difiere mucho de la de otros niños. La profesionalización temprana exige un gran esfuerzo de quien la practica y de toda su familia. Los padres de Aldana, que hasta entonces trabajaban jornadas dobles, tuvieron que reorganizarlo todo: cada mañana la trasladaban desde Ituzaingó a la ciudad, en hora pico, mientras sus hermanos iban al colegio cerca de casa. Ella salía apurada con un bolso enorme repleto de ropa para el entrenamiento, temiendo llegar tarde porque entonces no la dejarían entrar a clase. Más adelante, aun siendo niña, se mudó a la ciudad con compañeras de estudio para poder dormir mejor y quitarles esa carga extra a sus padres.“Las exigencias físicas llegaron luego de que mi cuerpo se desarrollara. En ese momento usaba un corsé para corregir mi columna que tenía escoliosis. Mi cuerpo estaba siendo parte del cambio biológico propio de cualquier adolescente de mi edad, pero eso no estuvo bien visto por un docente. Fue entonces que aparecieron los factores que detonarían Trastornos de la Conducta Alimentaria entre niñas en formación. El ambiente por sí solo ejercía una presión constante por sobre los cuerpos con comentarios frecuentes acerca de las modificaciones de hábitos alimenticios o de nuestro cuerpo por parte de los mismos docentes. No teníamos ningún tipo de acompañamiento nutricional para tal desgaste físico ni para alcanzar los requerimientos de los docentes para estar “en forma”, esto sucedía en un contexto de gran vulnerabilidad, como lo es la etapa de desarrollo integral del cuerpo y la propia identidad”.-Entre la cintura y las rodillas tenés un problema. Si no bajás 5kg para febrero, estás afuera -le dijo una vez un profesor a Aldana, que estaba con su madre.-Los controles médicos de Aldana están muy bien y sus notas son de las más altas del curso -le respondió la mamá. -Los parámetros de los médicos acá no interesan, los míos sí -cerró la charla, en forma abrupta, el docente. “A partir de ese día mi vida cambió para siempre. Se internalizó en mí el comentario sobre lo mal que estaba mi cuerpo y que por más esfuerzo, perseverancia y constancia que tuviese, debía cumplir las expectativas de este docente a cualquier costo para no alejarme de mi sueño como bailarina. Tenía un mes y medio para bajar de peso. Durante ese lapso que debería descansar, comencé a entrenar todo el día en el gimnasio y a comer muy poco. Aprendí las calorías de cada cosa que ingería y me pesaba de manera constante estando pendiente de mi cuerpo. Cuando volví al Colón me dijeron que estaba hermosa y que continuaba, pero era una bomba de tiempo. Estaba sosteniendo la delgadez a costa de mi salud y no tardaron en aparecer las consecuencias reflejadas en el cansancio, la fatiga muscular y las lesiones”, asevera Aldana.¿Una lesión que llegó justo a tiempo?A los 27 años, tras una carrera intensa, Aldana tuvo que dejar de bailar: una decisión dolorosa porque la danza había sido su vida y porque no imaginaba desempeñarse en otra actividad. Todo empezó después de un ensayo, cuando comenzó a perder sensibilidad en una pierna y sintió un dolor profundo en la ingle y la cadera. A pesar de las lágrimas, volvió a entrenar por la disciplina que la había formado desde niña, hasta que la intensidad del dolor la obligó a acudir a una guardia.Los estudios revelaron una ruptura bilateral del labrum y falta de cobertura acetabular en ambas caderas. Los médicos recomendaron cirugía, aunque advirtieron que, con o sin operación, la danza clásica de alto impacto ya no sería compatible con su cuerpo: no podría realizar movimientos de impacto, levantar pesos ni elevar las piernas por encima de ciertos límites. Fue el momento en que aceptó frenar y empezar a escuchar realmente a su cuerpo.Una investigación que cambió su vidaTras su retiro de la danza, Aldana decidió indagar qué había provocado su lesión, que parecía propia de alguien mucho mayor: artrosis precoz y desmineralización ósea. La investigación confirmó sus sospechas: la combinación de bajo peso durante la etapa de crecimiento y entrenamientos intensivos de alto rendimiento actuaron como factores detonantes. Además, el entorno de trabajo contribuía a fomentar trastornos de la conducta alimentaria y, a la vez, descartaba a las bailarinas que no podían sostener esa exigencia. El duelo por lo perdido fue profundo; la contención de su círculo cercano fue clave para atravesarlo y empezar a buscar respuestas.“Decidí estudiar Psicología impulsada por esa experiencia y por la necesidad de aprender a ayudar desde otro lugar. Sentía que, aunque la danza desde afuera parecía impecable, por dentro había tensiones y ausencias de acompañamiento integral que perjudicaron a muchas compañeras. Mi propia carencia —no haber contado con ese apoyo cuando más lo necesitaba— me señaló la dirección: quería formarme para ofrecer contención y recursos que, si hubieran existido, quizá habrían cambiado el final de muchas historias”.“Decidí involucrarme a fondo”Un comentario en clase —que para hacer ciencia bastaba seguir rigurosamente el método científico— no era del todo cierto, pero sí fue el empujón que necesitó para ponerse en marcha. Aldana quiso saber si su caso era aislado o parte de un problema mayor entre los bailarines argentinos, y junto al docente Maximiliano Preuss emprendió una investigación inédita en el país: “Autoestima, malestar psicológico y riesgo de padecer trastornos de la conducta alimentaria en bailarines clásicos argentinos”. Evaluaron a 987 bailarines de entre 18 y 74 años, recorrieron el país y pasaron meses analizando datos, leyendo estudios y procesando información hasta dar con resultados alarmantes: 67% presentaba baja autoestima y 95% mostraba niveles elevados de malestar psicológico y riesgo de TCA.“Decidí involucrarme a fondo porque necesitaba respuestas y no quería que esos números quedaran en una estadística más. Mientras mi familia me veía pasar horas con la computadora, sentí la responsabilidad de transformar esos hallazgos en algo útil: denunciar que el problema existe, cuestionar la normalización del daño y buscar formas de intervención que acompañen de verdad a quienes viven ese entorno. Contra los comentarios tradicionalistas de ´si no te gusta, dedicate a otra cosa´, me propuse actuar y utilizar la evidencia como base para el cambio”.Tras publicar los resultados en Instagram, la Honorable Cámara de Diputados la convocó para dialogar y le propuso elaborar un proyecto de ley. Aldana propuso dos ejes: formación pedagógica para docentes, para evitar prácticas que dañen la salud física y mental, y la implementación de equipos interdisciplinarios en el alto rendimiento. El proyecto se presentó y figura en la página oficial del gobierno, donde además su investigación fue propuesta para declaración de interés.“Escribirlo fue para mí como desnudarme en cuerpo y alma”Danza con lobos es un libro que Aldana hubiera querido encontrar en su adolescencia. Relata con honestidad su formación artística, mostrando tanto los logros como las sombras del sistema, e incluye ocho microrrelatos basados en casos reales dentro del mundo de la danza. El título alude a una dinámica donde se danza movida por un temor constante alimentado por el propio entorno. Con la obra busca poner en debate los métodos de enseñanza, el papel de los docentes en la formación, lo que ocurre detrás del prestigio, la instrumentalización del cuerpo y la cultura de la delgadez entre niñas y adolescentes; es, en suma, una invitación incómoda pero necesaria a repensar prácticas que ya no responden al contexto sociocultural actual.“Escribirlo fue para mí como desnudarme en cuerpo y alma: mostrar mis vulnerabilidades y nombrar lo que muchos callan. Sentí que, frente a los resultados de la investigación, era imprescindible levantar la voz; el ambiente suele cerrarse y generar temor a la exclusión si uno cuestiona. Habiendo salido del círculo, me pareció una deuda hacerlo por quienes vienen detrás, para que puedan transitar la carrera desde otro lugar y con un acompañamiento integral”.Mientras concluye sus estudios de Psicología, Aldana impulsa de forma constante proyectos ligados a la salud mental, la danza y el alto rendimiento. Su trabajo incluye investigaciones científicas, talleres y charlas, junto a actividades de divulgación y programas orientados a la prevención de trastornos de la conducta alimentaria y al cuidado integral de bailarines y deportistas.¿Volviste a bailar alguna vez, aunque no sea de manera profesional? Durante muchos años la danza ocupó un lugar central en mi vida, pero también dejó huellas físicas importantes. Hoy elijo escuchar a mi cuerpo y cuidarlo de una manera diferente.Es por eso que no volví a bailar y lejos de sentirlo como una pérdida, encontré nuevas formas de vincularme con la danza y poder resignificarla y fue a través de la investigación, la docencia, la escritura y el trabajo para mejorar las condiciones de quienes hoy transitan ese camino. Mi relación con la danza ya no pasa por el escenario, sino por el compromiso de generar cambios positivos dentro de ese mundo que sigue siendo una parte muy importante para mí.¿Qué mensaje les darías a las personas que se encuentran pasando momentos complejos dentro de la danza?Es importante recordar que no existe prestigio, reconocimiento, ni logro artístico, que pueda estar por encima de la salud y el bienestar de los niños, ni del enorme esfuerzo que realizan sus familias para acompañarlos en su formación. Ningún éxito justifica poner en riesgo su desarrollo físico o emocional.También creo que es importante recordar que alzar la voz para pedir que se respeten los procesos de crecimiento de los niños y adolescentes es una responsabilidad de los adultos. Muchas veces, el miedo a ser desplazados de las instituciones o a perder oportunidades lleva al silencio, pero ese temor puede empezar a disminuir cuando nos animamos a cuestionar prácticas que ya no responden a las necesidades actuales.La danza puede ser una fuente inmensa de crecimiento y aprendizaje. Mi deseo es que cada vez más niños, adolescentes y jóvenes puedan vivirla en espacios que cuiden no solo su talento, sino también a la persona que existe detrás del bailarín. Porque antes que artistas o atletas, son niños y adolescentes en crecimiento y desarrollo. Navegación de entradasEckhart Tolle, autor del bestseller El Poder del Ahora: “El momento presente es todo lo que uno tiene; por eso, hay que hacer del Ahora el foco primario de la vida” Tiene 24 años. Futura reina europea, debutó en un banquete de Estado y deslumbró con una tiara con 631 diamantes