Ian Svetliza todavía recuerda el sonido exacto de su primera mañana en Israel, aunque en realidad no fue una mañana cualquiera sino el inicio de una vida completamente distinta a todo lo que había conocido hasta ese momento, una vida atravesada por sirenas, refugios subterráneos y la sensación constante de que algo puede pasar en cualquier momento. Había llegado el viernes 27 de febrero por la tarde, con una valija cargada de expectativas y la idea de empezar de cero en un país que conocía por su hermano, que vive allí desde hace cuatro años, pero al día siguiente, cuando apenas estaba empezando a acomodarse, todo cambió de golpe.“Tenía pasaje para el 27 de febrero de llegada. Y bueno, el conflicto comenzó el 28. Quizás fue un poco de suerte, porque si me hubiese pasado antes se hubiese cancelado el vuelo y no hubiese podido venir. Ya sabía que había tensión, pero no sabía exactamente cuándo iba a ser el detonante”, cuenta.Esa primera noche durmió como pudo, entre el cansancio del viaje y la ansiedad de lo nuevo, pero la mañana siguiente no le dio margen para procesar nada. “Llegué un viernes a la tarde y el sábado a la mañana empezaron a sonar las sirenas de que teníamos que ir a refugiarnos porque habían lanzado misiles desde Irán. Me tuve que levantar de golpe, eran las 7.30, 8 de la mañana, y salir corriendo con mi hermano y su mujer al búnker que está en el subsuelo del edificio”, relata.De aterrizar a correr a un refugioEse momento, casi cinematográfico, fue también el punto de partida de una realidad que no se parece a nada de lo que había vivido en Argentina, porque desde ese instante Ian no conoció otra cosa que un país en guerra. No hubo tiempo para entender cómo es la vida cotidiana en Israel en condiciones normales, no hubo transición ni adaptación progresiva: pasó directamente de aterrizar a correr hacia un refugio.“Llegué en un punto crítico. No tuve dimensión de lo que era la vida normal acá, porque constantemente sonaban las sirenas”, explica, y en esa frase se condensa una experiencia que lo marcó desde el inicio. A diferencia de quienes llevan años viviendo allí y pueden comparar etapas, él no tiene ese parámetro, no hay un “antes” en su historia personal dentro del país, solo este presente atravesado por el conflicto.En las afueras de Tel AvivInstalarse en Ramat Gan, una ciudad ubicada en las afueras de Tel Aviv, implicaba en su cabeza empezar una nueva etapa, buscar oportunidades laborales, reconstruir su camino después de haber dejado inconclusos sus estudios de ingeniería civil en Argentina. Sin embargo, la guerra impuso otras reglas, otras prioridades.“Estar en un lugar donde se vive una constante alerta genera estrés. Si bien me siento bastante seguro, porque hay sistemas de defensa muy buenos en Israel y las probabilidades de que caiga un misil son muy pequeñas, el día a día cambia completamente. Tenés que acostarte y levantarte constantemente, porque cada vez que suena la sirena tenés que ir a un lugar seguro”, describe.Ese “lugar seguro” es, en la mayoría de los casos, un búnker o una habitación reforzada diseñada para resistir impactos o esquirlas, espacios que forman parte de la arquitectura cotidiana pero que adquieren otro significado cuando se vuelven necesarios varias veces al día. “Son para protegerte de la onda expansiva o de las esquirlas de los misiles que son interceptados en el aire”, explica, con un nivel de naturalización que impacta.“Te movés en las zonas donde sabés que hay refugios”Durante el primer mes y medio, su vida se redujo a un radio muy acotado, una especie de mapa mental donde cada movimiento estaba condicionado por la ubicación de los refugios. “Me movía con mucha cautela. La mayoría hace eso: te movés en las zonas donde sabés dónde están los refugios, no te alejás mucho de tu casa, porque si suena la alarma tenés que saber cómo manejarte rápido. Eso te quita un poco el estrés”, cuenta.Pero ese “un poco” no alcanza para borrar la tensión constante, sobre todo cuando las alertas pueden sonar en cualquier momento del día o de la noche. Para anticiparse, Ian hizo algo que hoy es parte de la rutina de miles de personas en Israel: descargar aplicaciones que envían notificaciones cada vez que se detecta el lanzamiento de misiles.“Lo primero que hice fue descargar aplicaciones que me mandan alertas al celular. Entonces recibís una notificación de alerta extrema y sabés que tenés unos minutos para prepararte. Esa es la primera alerta. Después está la sirena de la calle, que es la alerta final, la que te indica que queda muy poco tiempo”, explica.Esa combinación de tecnología y sonido crea una especie de cuenta regresiva permanente que atraviesa cada jornada. “Mi día a día era intentar dormir lo máximo posible en mis tiempos libres, porque lanzaban misiles en cualquier horario. A las doce de la noche, a las tres de la mañana, a las cinco y media, a las ocho… no llegabas a conciliar el sueño”, dice, y en ese detalle aparece otra dimensión del conflicto: el desgaste psicológico.Porque más allá de los sistemas de defensa, que interceptan la mayoría de los proyectiles, el objetivo de esos ataques intermitentes también es generar estrés, interrumpir el descanso, alterar la rutina, mantener a la población en un estado de alerta constante. Y eso, a largo plazo, deja huella.En ese contexto, la tregua llegó como una pausa necesaria, una especie de respiro que le permitió, por primera vez desde su llegada, experimentar algo parecido a una vida normal. “Recién en el período de cese al fuego empecé a hacer cosas que antes no había podido. Fui a Tel Aviv, a la playa, caminé más, me tomé el colectivo… cosas simples que antes no hacía por el miedo a que sonara la alarma”, cuenta.Ese cambio, aunque temporal, le permitió dimensionar todo lo que había estado condicionado durante semanas. “El miedo te condiciona mucho. A veces tenés ganas de hacer algo y no lo hacés pensando en que puede pasar algo. Entonces directamente ni salís”, admite.El fin de la tregua y la amenaza de una nueva escaladaSin embargo, esa sensación de normalidad es frágil, casi ilusoria, porque depende de un acuerdo que puede romperse en cualquier momento. De hecho, en los últimos días volvió a aparecer con fuerza la posibilidad del fin de la tregua, y con ella, la amenaza de una nueva escalada.“La verdad es que estos últimos días fueron muy distintos a mis primeros días de llegada, porque nos movemos con total normalidad. Me había olvidado de la guerra, no se me cruzaba por la cabeza, hasta que me preguntaron por el tema y que en el trabajo empezaron a hablar de que se acercaba el fin del cese al fuego”, cuenta.Y ahí vuelve la incertidumbre, ese factor que atraviesa toda la experiencia. Porque en un contexto así, la calma nunca es definitiva, siempre está condicionada por lo que puede pasar.Ian también pone el foco en otro aspecto que considera clave: la forma en que se interpreta el conflicto desde afuera. “Creo que el problema es mucho más complejo de lo que la gente piensa. Hay mucha negligencia y depende mucho de la fuente por la cual te informás. Entonces cada uno arma su propia conclusión en base a eso”, reflexiona.Para él, vivirlo en primera persona cambia completamente la perspectiva. “Son realidades totalmente distintas a las que uno vive en Argentina. Es muy fácil leer un artículo y opinar, pero no sabés si es verídico o no, y no tenés la experiencia de lo que se vive acá”, agrega.Esa distancia entre lo que se ve desde lejos y lo que se experimenta en el lugar es, en su caso, aún más marcada, porque su llegada coincidió exactamente con el inicio del conflicto, lo que lo dejó sin referencias previas. No hay recuerdos de una Israel en calma, no hay comparaciones posibles: su experiencia está atravesada, desde el primer día, por la guerra.Y sin embargo, en medio de ese escenario, intenta construir una vida. Trabaja, se adapta, aprende a moverse en un entorno que exige atención permanente, incorpora rutinas que hace unos meses le resultaban ajenas y que hoy forman parte de su cotidianeidad.La historia de Ian tiene algo de azar —haber llegado justo el día anterior al inicio del conflicto— pero también revela cómo, en cuestión de horas, una decisión personal puede quedar atravesada por un contexto global que lo cambia todo. Lo que iba a ser el comienzo de una nueva etapa en busca de oportunidades se transformó en una experiencia marcada por la incertidumbre, el miedo y la adaptación constante.Hoy, mientras la tregua pende de un hilo y la posibilidad de una nueva escalada vuelve a instalarse, su vida sigue en ese equilibrio inestable entre la rutina y la alerta, entre la normalidad momentánea y la amenaza latente. Y en ese escenario, hay algo que atraviesa todo su relato: desde que pisó Israel, nunca conoció otra cosa que un país en guerra. Navegación de entradas“Pura improvisación”. Cuando los militares condenaron a los que condujeron la Guerra de Malvinas y el informe que “sugirió” pena de muerte Novia de un famoso actor: tiene 31 años, es actriz, periodista y pianista y participó del concurso Miss Universo Argentina 2026