“Era el lunes 19 de octubre de 2015, un día lluvioso en el que me desperté temprano para ir a trabajar como cadete en una obra. Agarré mi moto, el casco, y salí para que me dijeran qué hacer ese día. Al mediodía pasé por casa a almorzar; mi abuela me pidió que le hiciera un favor hasta Liniers, fui, volví, y de paso pasé por la casa de mi novia —estaba enferma— para ver si necesitaba algo, estuve 15 minutos y salí rumbo a la obra. Siempre doblaba a la derecha en la esquina para tomar el centro de Caseros, pero ese día, sin saber por qué, seguí derecho cuatro cuadras. Vi un camión estacionado y un auto frenando delante; yo frené, y en ese instante una moto con dos tipos me cortó. El de atrás se bajó, me apuntó, y mi instinto fue escapar: aceleré con todo, pero el disparo me pegó por la espalda. Caí al suelo sabiendo que algo grave pasaba en mi columna. Tirado ahí, el mismo tipo me apuntó de nuevo, gatilló… pero la bala no salió. Se llevaron mi moto y me dejaron. Esperé una hora la ambulancia, inmóvil en la vereda bajo la lluvia, mientras la policía impedía que los vecinos me cargaran en una puerta para llevarme al hospital. Todo se nublaba; dos semanas antes había perdido a mi abuelo, mi figura paterna, y mi tío —que llegó al lugar— me arengaba para no rendirme. Estaba exhausto, a punto de soltarme… hasta que por fin llegó la ambulancia y me llevaron al Hospital Posadas”.Damian Dimare recuerda ese período como un “limbo” en su vida: recién había terminado el secundario y no sabía hacia dónde apuntar, sin nada que realmente lo apasionara. Claro que entrenaba y jugaba al básquet, pero no podía dedicarse de lleno a eso.Estaba bastante renegado con su realidad: desde chico, su situación familiar había sido conflictiva, y cada trabajo le duraba poco porque le resultaba insoportable la idea de estar encerrado, trabajando para otro.“Es una sensación que te hiela la sangre”Una vez ingresado al Hospital Posadas, donde le salvaron la vida, surgieron indicios de una posible lesión medular. Sin embargo, no pudo hacerse la resonancia en ese momento porque tenía puesto el tubo de drenaje y, además, su tamaño lo impedía —el equipo era angosto—.Finalmente, consiguió un turno en el Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires para la resonancia. Una semana después, con los resultados en mano, consultó a un especialista del mismo hospital junto a su mamá, y ahí confirmaron la lesión medular.Es una sensación que te hiela la sangre, un escalofrío que recorre todo el cuerpo y cala hasta el alma: un sacudón brutal de realidad. No fue solo procesar el diagnóstico; casi pierdo la vida en un trauma que me marcó para siempre. Es digerir eso y mucho más —llevo años en eso, y algunas heridas seguirán sanando con el tiempo—.¿Cómo fue su rehabilitación?Damián destaca el rol que cumplió su mamá en el momento más difícil de su vida. “Se bancó muchísimas cosas, siempre hizo todo lo que pudo con lo que tenía al alcance. Se puso al hombro la decisión de llevarme a una clínica contra mi voluntad, más tarde entendí el valor que tuvo eso para mí y lo fundamental que fue”, se emociona hoy al recordarlo.En la clínica de rehabilitación, Damián aprendió a convivir consigo mismo a través de una introspección profunda que lo transformó por dentro. Adoptó el hábito de la lectura, compartió momentos con otros pacientes —algunos en situaciones similares, otros distintos— y se rodeó de personas con discapacidades que se inspiraban mutuamente, mientras absorbía conocimientos médicos técnicos y reeducaba su cuerpo paso a paso.La silla de ruedas, desde el primer día, se convirtió en su aliada al permitirle moverse sin esfuerzo y entender que, sin ella, no podría disfrutar del mundo que tanto anhela explorar.¿Una beta inesperada?Aunque los tatuajes siempre le llamaron la atención desde chico —a los 13 ya tenía el suyo y soñaba con cubrirse entero—, Damián los rechazó al principio tras su lesión. Sin rumbo en la vida, esta oportunidad llegó casi a la fuerza como un renacer: lo asustó por lo nuevo y frustrante del camino largo, pero hace seis años que vive de lo que ama, agradecido con Dios por ese giro que le salvó el alma. Su primer diseño fue un cofre de oro en el tobillo de su amigo Augusto —otro tatuador que confió en él—; no quedó perfecto siendo el debut, pero fue el comienzo de todo.“Los tatuajes me salvaron la vida, sin lugar a dudas. Creo que una de las actividades que recuerdo desde que tengo un poco de razonamiento es dibujar. Siempre fue un cable a tierra para mí. Empecé a tatuar casi por obligación, estaba muy perdido con respecto a que hacer con mi vida a mis 23 años. Entre charla y charla con Fabiana (la Directora de la clínica de rehabilitación en la que estuvo internado), ella me propuso la idea de tatuar, yo estaba bastante reacio al principio. Y cuando le agarre la mano fue un camino de ida. Es el único amor que me duró tanto tiempo”.Además de los tatuajes, en esa etapa de redescubrimiento Damián volvió a surfear por primera vez ya en silla de ruedas, durante el verano de 2025 con Lucas Rubiño de MardelSurf —campeón nacional que armó la única playa adaptada de Mar del Plata para personas con discapacidad.Su profesor lo impulsó aún más: al salir de la playa, Damián comentó que hacía mucho no se subía a una moto; lo alzaron, le ataron las piernas, le pusieron primera… ¡y salió andando solo, riéndose a carcajadas!“Siempre busco primeras veces en todo, porque esa actitud le dice a mi cerebro que estoy vivo, cambiando y creciendo, despertando esa neuroplasticidad que tanto necesitaba. Cada experiencia nueva que me apasiona me inunda de una gratitud inmensa, al correr mis límites un poquito más allá y sentir, de corazón, que el mundo entero vuelve a ser mío, lleno de posibilidades que nunca imaginé”.¿Qué adaptaciones usás y cómo superaste el miedo inicial poslesión?Mi casa está en planta baja, no tengo muchas adaptaciones más que la silla de baño y la de ruedas. Y con el pasar del tiempo y de los años me voy curtiendo cada vez más con la lesión y voy haciendo cada vez más consciente a mi cuerpo.¿Qué sensaciones físicas y mentales recuperaste en esos deportes?Creo que lo que más rescato es la posibilidad de hacer, de estar agradecido a mi cuerpo, más allá de la condición que tenga, que me permite hacer todo lo que me propongo.A los 31 años, Damián lleva hoy una vida tranquila y plena, fiel a su naturaleza serena. Ama lo que hace como tatuador —pudiendo gestionar sus tiempos a su antojo—, se dedica con pasión al trabajo que le pagan, entrena con disciplina, come sano y prioriza relaciones de calidad. Cuida su energía con esmero, eligiendo con quién compartirla, y disfruta muchísimo de pasar tiempo con amigos y comer rico, saboreando cada instante.¿Pensabas en los días posteriores al disparo que ibas a tener la vida que tenés hoy?Claramente no, todo lo que soy hoy lo fui construyendo poco a poco. Tuve muchos procesos complejos que pasar.¿Qué objetivos tenés?A corto plazo dar un seminario de Letras Cursivas que es al estilo que me dedico tatuando, ya tiene forma fecha y lugar. A mediano plazo, me gustaría poder volverme cada vez un poco más rentable y así generar más posibilidades en cuanto a mi trabajo como viajar y otras conexiones alrededor del mundo. A largo plazo me encantaría formar una familia. Navegación de entradas“Métanse en la cereza, el pistacho, tengan vacas”: el impactante giro en una provincia históricamente ligada al vino Segunda vuelta en Texas hoy: a qué hora cierran los centros de votación este martes electoral