Una guerra entre tres familias
Una guerra entre tres familias

El Presidente explora la salida del laberinto en el que está. Esa infame dificultad la crearon sus propios allegados, no su opositores fragmentados ni sus amigos complacientes. Sea como fuere, en los últimos días pareció abrirse un tiempo en el que los protagonistas de la interminable lucha interna decidieron jugar a todo o nada. Javier Milei es impotente ante esas discordias: no quiere prescindir de su principal asesor, Santiago Caputo, porque el jefe del Estado reconoce cierta dependencia política y electoral con respecto de su colaborador, y porque nunca excluirá del gobierno libertario a su todopoderosa hermana, Karina, que es en los hechos la jefa política de la administración.

Ellos son los generales de la batalla perpetua. En la única franja del gobierno federal donde Karina no manda es en la economía, un territorio exclusivo y excluyente del propio Milei y de su ministro de Economía, Luis Caputo. Tampoco Santiago Caputo se atrevió nunca a hurgar donde mandan el Presidente y su tío. Por eso, es entre las costuras política donde se libra la guerra interna entre uno de los hombres más fuertes de la administración y la no menos influyente hermanísima. Dicen quienes hablan con Santiago Caputo que este se cansó de que el karinismo anduviera difundiendo su próxima finitud política. Fue él quien decidió meterse en el campo de batalla para matar o morir.

Las últimas escaramuzas los involucró indirectamente a los dos principales protagonistas de la batahola, aunque ambos se escondieron detrás de la figura de Martín Menem, el karinista presidente de la Cámara de Diputados. Un mensaje en X atribuido al asesor Caputo reveló que la cuenta @PeriodistaRufus, también de la infaltable X, es controlada por el titular de Diputados y que en ella se hacen frecuentes críticas a la marcha de la situación económica y varias diatribas más contra las gestiones políticas de Patricia Bullrich, de Sandra Pettovello y del propio ministro Caputo.

Menem había asegurado en esa supuesta cuenta suya que Santiago Caputo está en “caída libre” y calificó de “impresionante el liderazgo” de Karina Milei, a quien responden políticamente tanto el presidente de la Cámara de Diputados como su primo, Eduardo “Lule” Menem, el principal colaborador de la secretaria general de la Presidencia. Martín Menem aseguró luego que esa cuenta no le pertenece, a pesar de lo que dice Santiago Caputo (o de lo que diría).

La guerra civil del mileísmo se dirime entre tres familias políticas: los Milei, los Caputo (Santiago y su hermano, Francisco) y los interminables Menem. El resto de los mortales no sabe nunca qué cuenta de X es de quién ni, a veces, qué es lo que se quieren decir. Las versiones insisten y se repiten: es Caputo el sobrino quien decidió jugar a todo o nada, cansado ya de que anuncien su funeral político. Pero sabe dos cosas. Una: que es poco probable que el Presidente lo eche de sus cercanías. La otra: que la batalla con Karina no terminó ni terminará en un tiempo previsible.

Santiago Caputo es la única persona que se atrevió a desafiar a la hermana presidencial sin morir en el intento. Por mucho menos, otros funcionarios fueron eyectados de la administración; también es cierto que Karina Milei es el único integrante del Gobierno que se animó a desafiar al omnipotente asesor. De hecho, uno de los motivos por los que Guillermo Francos debió abandonar la jefatura de Gabinete fue porque le había recordado públicamente a Santiago Caputo que el poder conlleva el requisito de la responsabilidad administrativa. En síntesis, Francos dijo que Caputo no tenía firma en el Gobierno (es empleado solo por un contrato como asesor monotributista), pero contaba con mucho poder en varias dependencias de la administración.

Versiones inmejorables señalan que el Presidente le hizo a Francos el reproche de haber difundido esas verdades en la definitiva conversación política que tuvieron, durante un sábado de la última primavera. Como se ve, es una lucha condenada en principio a no tener vencederos ni vencidos. Pero, ¿fue Menem el autor intelectual de semejante empujón político al amigo presidencial o no lo fue, como él asevera? Fuentes de la Cámara de Diputados que ni siquiera pertenecen al partido gobernante aseguran que la deducción de Santiago Caputo es cierta.

“Esa cuenta de X es de Martín y sus administradores cometieron un error garrafal que los dejó expuestos”, señalaron. La inferencia entonces es demasiado clara: Santiago Caputo sabía que le estaba hablando a Karina Milei cuando arremetió contra Martín Menem, y este sabía que estaba anunciando la caída política del asesor, a quien Milei calificó en su momento de “verdadero arquitecto” de su triunfo electoral, que no tolera a Karina Milei.

Vale la pena hacerse una pregunta: ¿qué sucede con Karina Milei para que despierte tantas y tan grandes emociones políticas? Silencio. De ella no se habla en los pasillos del palacio, salvo en los lugares donde manda Caputo, pero este lo hace a través de vicarios y contra vicarios.

Santiago Caputo, Karina Milei, los Menem y los trolls que supuestamente responden al influyente asesor son los soldados de un enfrentamiento que se permite todo, menos matar. El tío Caputo anda entreverado con sus propias contradicciones; el canciller Pablo Quirno trata de inyectarle una dosis de coherencia a la política exterior; Pettovello es la ministra más eficaz de la administración, pero hizo votos de silencio y es ajena a cualquier guerra, sea entre propios o contra ajenos, y Bullrich, dueña de un fino olfato político, está presintiendo que las cosas pueden no salir bien.

La senadora, que tiene un cargo político encumbrado en el Congreso con mandato inamovible por seis años, ya no depende de un decreto de Milei para tener poder. Tal vez por eso se siente capaz de pedir públicamente que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, explique cómo consiguió cuantías de dinero que antes no tenía. Adorni es un recluta de Karina Milei. Pero la lucha interna de Patricia Bullrich es otra lucha, que nada tiene que ver con la guerra entre Karina Milei y Santiago Caputo, aunque la senadora no fue cercana nunca a la hermana presidencial.

Fuentes seguras de la Casa Rosada afirman que la senaduría de Bullrich fue una maniobra perfecta de Karina Milei para sacarla de las vecindades del Presidente y sacársela ella de encima. El problema de Karina es que la senadora Bullrich tiene razón cuando reclama que Adorni rinda cuentas de su patrimonio frente a la sociedad. Su silencio y sus rodeos no pueden durar mucho más tiempo sin correr el riesgo de despertar la indignación social. Pero el caso Adorni, su peculio y sus viajes forman parte de otra batalla dentro de la guerra que desgasta al mileísmo.

No hay paz y, para peor, esas hostilidades entre militantes de un mismo espacio político suceden ante una sociedad asediada por la inopia económica, por la pérdida de confianza en el futuro y por cierta decepción ante la gestión presidencial. Todo tiene su explicación. ¿Por qué sucede todo eso, entonces? Milei no tiene una oposición sólida.

El peronismo es un archipiélago que carece de liderazgo, de proyecto serio y, por primera vez, de ambición de poder; el Pro de Mauricio Macri ya explicó que coincide con las políticas fundamentales de la administración y que sólo se dedicará a marcar los errores que se cometen dentro de esas líneas gubernamentales, y el radicalismo con más predicamento nacional (el de Mendoza, con la jefatura del gobernador Alfredo Cornejo, o el cordobés) está más dispuesto a estar cerca que lejos de Milei.

¿Es por eso que Milei zamarrea al periodismo un día sí y otro también? Tal vez. Pero más allá de lo que dice sobre el periodismo, que es reiterativo aunque cambie o intercale sus ofensivas palabras, importa lo que acaba de señalar sobre la presunta inocencia de José Luís Espert en el caso de complicidad con Federico “Fred” Machado, quien confesó ante la Justicia norteamericana que es culpable de lavado de dinero y de estafas millonarias. Machado hizo esa confesión (después de haberse declarado “no culpable” de ningún delito) a cambio de que no lo acusen de complicidad con el narcotráfico. Milei insultó al 95 por ciento del periodismo, según aclaró con precisión, porque la prensa había señalado la sospechosa cercanía de Espert con alguien acusado de pertenecer al narcotráfico.

Espert es un economista liberal que en su momento refutó con coraje al kirchnerismo durante el auge de este, pero eso no lo convierte en inocente, como dice el Presidente. Si el juez norteamericano aceptara la confesión de Machado (cosa que todavía debe definirse en la justicia norteamericana), Espert habrá sido cómplice de alguien que lavó dinero, mal habido por naturaleza, y cometió importantes estafas. Espert cobró 200.000 dólares de Machado por razones que nunca se aclararon y, según constató la Justicia argentina, viajó al menos 35 veces en aviones del encartado en los Estados Unidos.

Es probable que Espert no haya sabido de las correrías de Machado y que este haya hecho todo eso a espaldas del frustrado candidato libertario a diputado nacional. Sin embargo, un político (o un economista en este caso) tiene el deber de averiguar de dónde sale el dinero que recibe, aunque se trate de honorarios por trabajos privados. Cualquier santo hubiera desconfiado de tanta generosidad.

Quizás nadie le explicó al jefe del Estado que lavar dinero y perpetrar estafas son delitos graves y que, por eso, la causa judicial abierta en la Argentina contra Espert no se cerrará. No era momento de defenderlo, todavía al menos. Frente a tantos errores autoinfligidos y a tantos equívocos en las epístolas presidenciales, la opción electoral que existe hasta ahora es el único estímulo del oficialismo. Esa deducción también es muy probable. Un sector significativo de la clase media prefiere a Milei y sus errores si la alternativa es regresar a lo que ya fue.