Historia inspiradora: cómo la peluquería se convirtió en una herramienta de inclusión social
Historia inspiradora: cómo la peluquería se convirtió en una herramienta de inclusión social

El roce metálico de las tijeras y el zumbido constante de las máquinas de corte marcan el ritmo de la jornada. En la esquina de la calle 7, entre 64 y 65, en la ciudad de La Plata, la escena se repite día tras día. Carlos Eduardo Íñiguez, un jubilado de 65 años que trabajó toda su vida como chofer, viaja desde Florencio Varela para llegar a la peluquería. “La mayoría de las veces voy en bicicleta hasta la estación, tomo el tren hasta Berazategui, hago trasbordo a La Plata y luego cruzo la ciudad pedaleando hasta la fundación”, relata. Para Carlos, que desde la pandemia no tiene un ingreso fijo y debe afrontar el pago de un alquiler, el encuentro con la peluquería impactó en su vida. “No voy a olvidar el primer día. Juan (Martorelli) estaba en la puerta, me vio atando la bici a un poste y me dijo: ‘¡Corte gratis para jubilados!’. Uno se va satisfecho con un muy buen corte y la ayuda de la mercadería”, explica Carlos, quien hoy asiste regularmente junto a su esposa.

En la Fundación abundan historias como la de Valeria Pocai, una odontóloga de 55 años que en 2019 sufrió un aneurisma cerebral. Hoy, en silla de ruedas, recuerda el día en que pasó frente al salón y la voz de los barberos la invitó a ser parte de algo más grande. “Ir todos los miércoles se convirtió en una linda rutina. Es una iniciativa noble y empática”, asegura Valeria. En ese mismo espacio de espejos y capas de peluquería, la solidaridad tomó forma material: ella misma donó una silla de ruedas ultraliviana a Claudia, otra asistente de la fundación que hoy siente que está recuperando su vida. “La iniciativa es un golazo”, dice Claudia mientras se toca el cabello recién cortado. “Que ayuden a los pibes y a los jubilados es lo más. Le diría a los barberos que sigan, que van a llegar bien alto”. Para otros, como Rubén González, que vive en la calle y supo colaborar con el Papa Francisco en su etapa en San Lorenzo, las tijeras son un símbolo de algo más grande. “Estos chicos son ángeles. Piensan en el país y ayudan a la gente a ser barbero. Son un verdadero ejemplo”.

Todo este despliegue de voluntades y herramientas tiene como motor a la Fundación Argentina de Barberos Solidarios, una entidad civil que ya lleva dos décadas de trayectoria ininterrumpida, y ha logrado consolidar la peluquería y la estética como herramientas de intervención social de impacto masivo. El equipo, coordinado por Juan Martorelli -quien en otra vida supo ser el peluquero de figuras como Diego Maradona y Ricardo Fort-, nuclea hoy a más de 15.000 profesionales a lo largo y ancho del país. Organizan jornadas de corte, manicuría, maquillaje y capacitación gratuita para sectores en situación de extrema vulnerabilidad. Si bien su base de operaciones está en La Plata, su alcance es federal y llegan con sus maletines a provincias como Córdoba, Santa Fe, Jujuy, Tierra del Fuego y Misiones. Con al menos tres jornadas semanales y eventos masivos que movilizan a miles, la fundación busca garantizar que la higiene y la imagen personal dejen de ser un privilegio para convertirse en un derecho que devuelve la dignidad perdida.

“Nuestra meta es colaborar con los que menos tienen, pero también con los que quieren salir adelante capacitándose y aprendiendo el oficio. Brindamos una atención solidaria a más de 200 jubilados por lunes y más de 300 niños con autismo y personas con discapacidad. Además, entregamos mercadería que nos provee Desarrollo Social de la municipalidad de La Plata”, cuenta Martorelli, presidente de la fundación.

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El récord de las tijeras

La historia comenzó hace más de 20 años, cuando un grupo de jubilados se acercó a pedirle un corte de pelo. Ese fue el detonante para que Juan decidiera volcar su profesión a la calle. Los números que maneja la institución hablan por sí mismos: llevan realizados 60.000 cortes gratuitos.

Llevan realizados 60.000 cortes gratuitos

Solo en La Plata, 4000 barberos están listos para actuar, y a nivel provincial la red se extiende a 15.000 voluntarios, con jóvenes que se inician en la labor desde los 12 años. En cada jornada, participan equipos de entre 40 y 50 especialistas, incluyendo manicuras y maquilladoras que deben trasladar máquinas, tijeras y cabinas de manicuría en transporte público, a veces caminando o dependiendo de la voluntad de quienes organizan las jornadas en los barrios. “Mucha gente quiere verse bien, pero la situación no se lo permite. Trabajamos día a día porque verse bien es sentirse bien”, apunta Juan.

A pesar de las dificultades de traslado, el “backstage” de cada salida es una muestra de entusiasmo. Los barberos se organizan a través de grupos de WhatsApp, donde cientos de profesionales se postulan para participar, obligando a veces a realizar una selección debido a la alta demanda de voluntarios. La jornada se vive como una fiesta, donde no faltan las galletitas y el budín para compartir con los vecinos de los barrios más carenciados, como Altos de San Lorenzo. Allí, las tendencias también mandan: los hombres buscan degradés modernos como el fade V o los cubatas, mientras que los niños piden diseños artísticos en sus cabezas y las mujeres optan por cortes en capas. “Están volviendo los clásicos”, cuentan los barberos, consultados sobre los cortes más requeridos, que no dudan en agregar horas extras a la jornada si todavía queda gente esperando en la fila.

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Lo que comenzó con los cortes de pelo luego se extendió un poco más allá. Juan recuerda el caso de una niña que llegó con papelitos pegados en las uñas fingiendo que eran postizas; esa imagen fue la que impulsó la creación del área de manicuría profesional para niñas y adultos. “Detrás de una necesidad material, hay una necesidad humana y solidaria”, reflexiona. Esta visión integral permite que los barberos se conviertan en “familia”, “mejores amigos” para las personas que asisten. Incluso en los contextos más complejos, como el de un alumno que continuó cortando el pelo dentro de la cárcel para luego, al recuperar la libertad, montar su propia barbería, el oficio demuestra ser una llave de reinserción invaluable.

Organizan jornadas de corte, manicuría, maquillaje y capacitación gratuita para sectores en situación de extrema vulnerabilidad

La mirada de la fundación está puesta ahora en el futuro y en la educación masiva. Ya han capacitado a más de 9000 personas y tienen el ambicioso plan de llegar a 200.000 jóvenes en todo el país. “Necesitamos apoyo no solo del gobierno, sino de las empresas, para que los jóvenes tengan su propia herramienta de ingreso económico; no se puede vivir solo de la ayuda”, sostiene Martorelli. El sueño no se detiene en las capacitaciones: proyectan un museo de sus jornadas solidarias -donde guardan recuerdos como la atención a 800 niños en el Estadio Único- y mantienen la esperanza de que Lionel Messi firme la bandera argentina que los acompaña en cada barrio, esa misma bandera que despliegan al final de cada jornada para el aplauso ritual.

De esta manera, en cada corte realizado a pulmón, en cada charla de sillón y en cada joven que encuentra en las tijeras un futuro, se teje una red de contención contra la marginalidad. Como bien dice Martorelli, “no son solo barberos; en los barrios donde la asistencia no llega, ellos eligen ser los héroes de la solidaridad, convencidos de que cambiar la imagen de una persona frente al espejo es el primer paso para cambiarle la vida”.