Gioia mia – Un verano en Sicilia: una historia sensible sobre la despedida de la infancia
Gioia mia – Un verano en Sicilia: una historia sensible sobre la despedida de la infancia

Gioia mia – Un verano en Sicilia (Gioia Mia, Italia/2025). Dirección y guión: Margherita Spampinato. Fotografía: Claudio Cofrancesco. Edición: Davide Cuccurugnani. Elenco: Marco Fiore, Aurora Quattrocchi, Martina Ziami, Camille Dugay Comencini, Concetta Ingrassia, Renata Sajeva, Clara Salvo. Duración: 90 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: buena.

El debut en el largometraje de la italiana Margherita Spampinato se apoya en una premisa mínima: un niño se ve obligado a pasar el verano en Sicilia con una tía abuela de la que sabe poco y nada. Sin embargo, encuentra en ese vínculo una gran densidad emocional, algo que queda muy bien reflejado en la película, gracias al excelente trabajo de sus protagonistas.

La faena de Marco Fiore -un niño de 13 años oriundo de Pescara- es de una naturalidad desarmante. Para decirlo en pocas palabras: Fiore parece habitar el tiempo de la película. Interpreta a Nico, un jovencito que, como todos los de esta época, vive hiperconectado, pero de pronto debe cortar esa convivencia permanente y adictiva con la tecnología. Su reacción oscila entre la resistencia, la curiosidad y una fragilidad apenas perceptible.

Palmo a palmo con él, Aurora Quattrocchi, de 83 años, compone un personaje entrañable y con matices: Gela es una figura que oscila entre la aspereza y la voluntad protectora. Esa relación entre los dos, que podría haber quedado estancada en un simple contraste generacional, se transforma en uno de los motores del relato.

Nico llega del norte de Italia, opulento, moderno, muy distinto al sur de ese país, menos próspero en términos económicos y, para bien y para mal, detenido en el tiempo en muchos aspectos. Sus padres quedan fuera de campo. Y no son los únicos: en Gioia mia…, la generación intermedia (los que no son niños o adultos mayores) está prácticamente ausente de la trama.

En la casa de Sicilia a la que llega Nico no hay wifi, aire acondicionado ni demasiadas urgencias. Allí encuentra, en cambio, rituales y supersticiones. Una relación con lo invisible que bordea lo mágico, en suma. De ese modo, Gioia mia… se inscribe en una tradición del cine italiano que piensa la infancia como un espacio de descubrimiento (con diferentes características, son parte de ese linaje Ladrones de bicicletas, Cinema Paradiso y Lazzaro felice).

Spampinato se inclina por una puesta en escena que privilegia la cercanía y la observación. Recurre con buen criterio a la cámara en mano y los contrastes de luz para delinear el universo sensorial de la historia. También apela a una estructura narrativa clásica que, eso sí, tiende hacia cierta previsibilidad.

Hay, además, momentos en los que la película parece acomodarse en un tono demasiado amable -como si temiera tensar más su conflicto central- y una clara idealización del mundo que retrata, una especie de burbuja en la que la infancia puede desplegarse sin la interferencia real de los adultos. Esta última elección, que en general potencia la dimensión poética del film, también peca por momentos de simplificadora.

En ese tránsito cambiante y revelador para Nico aparece también Rosa, interpretada por Martina Ziami. Y con ella, la curiosidad por el otro, el despertar de sentimientos nuevos, todavía imprecisos. No se trata de un romance en sentido estricto, sino de una experiencia más difusa, hecha de gestos y silencios, que refuerza esa idea de pasaje, de umbral que la película trabaja con mucha delicadeza.

Spampinato logra construir una ópera prima que se mueve con ligereza entre la melancolía y la alegría, entre la pérdida y el descubrimiento. Hay una sensibilidad particular en su manera de registrar cada sensación, cada emoción, por mínima que sea, de sus personajes. En algunos pasajes, esa apuesta pierde algo de tensión. Pero cuando acierta, esta realizadora debutante deja la impresión nítida de haber captado con una admirable empatía ese momento en el que la infancia empieza a transformarse en otra cosa.