De norte a sur, las imágenes de árboles de todo el país, recopiladas en un libro
De norte a sur, las imágenes de árboles de todo el país, recopiladas en un libro

Acacias, alerces, arrayanes, ceibos, jacarandás, abedules, abetos, cipreses, fresnos, gomeros, olmos, pinos… La lista de ejemplares que pueblan Árbol, el nuevo libro de la fotógrafa y paisajista Ángela Copello, es tan amplia como federal en el intento de incluir especies de todo el país. “Entiendo al árbol como un individuo vivo, testigo silencioso del paso del tiempo. Creo que es resistencia y cambio, es refugio, es fuente de inspiración. Los árboles son guardianes de historias y símbolos de la conexión profunda entre todos los seres vivos”, escribe Copello en las primeras páginas de su libro.

La autora, que allí exhibe la belleza de las más variadas especies nativas y exóticas que crecen de norte a sur del país, recorrió un camino en el que sus dos pasiones la acompañaron desde chica y se unieron hace ya tiempo. El amor por la naturaleza y por captarla en imágenes está en su ADN. A lo largo de los años también se especializó en fotografía de cocina de autor. Entre sus libros publicados se encuentran Argentina- Parques y jardines, Hadas en la cocina, Un año en el jardín y Panadería Argentina, entre otros.

En las 173 páginas de Árbol, más que una recopilación de especies con su explicación científica, Copello expone su belleza y acerca al lector a un mundo, para muchos, desconocido. “Este libro busca no solo identificar especies, sino también despertar conciencia. Al observar cada árbol, su origen y sus particularidades, comprendemos que nuestro espíritu bebe en las mismas fuentes que el suyo”, escribe Copello a modo de introducción.

-¿Qué significa para vos un árbol?

-Yo estudié paisajismo cuando terminé el colegio. La fotografía me acompañó siempre, pero trabajé incluso de paisajista. Considero a las especies vegetales como animales, como seres. Siempre la gente le da más importancia al perro, al gato, a la vaca.

-¿Te referís no al árbol como ser vivo, porque ya sabemos que lo es, sino a que son seres con un alma?

-Sí, como una individualidad.

-¿Algo más allá de la materia?

-Exactamente. Leí bastante de filosofía vegetal, y cada vez más está siendo comprobado por la ciencia eso.

Sorbus aucuparia

-¿Qué está siendo comprobado?

-Que los árboles son comunidad, que pueden comunicarse entre ellos, muchas veces por hongos que viven en sus raíces; que cuando uno los ve de arriba advierte que se cuidan; que cada especie cumple una función, no solamente para su propia familia, sino para las otras; que no se invaden el espacio aéreo. Si uno mira desde arriba puede ver que cada uno conserva su lugar, que se necesitan unos a otros. Más allá de eso, los considero bellísimos. El mundo vegetal para mí tiene el problema de que nace en un lugar y ahí tiene que quedar, no puede migrar, y entonces por eso también los respeto mucho.

-¿Cómo empezaste a fotografiar árboles?

-Hace años que fotografío árboles, trabajé mucho tiempo en la revista Jardín; con Angélica Thays, hicimos un libro que se llamó Argentina, Parques y Jardines. Es algo que me interesa mucho.

-¿Y las fotos de Árbol?

-Tenía hecha una buena selección de fotografías de árboles. Cuando vino la propuesta para este libro, empezó siendo “pongamos lindas fotos de árboles con poesía”. Yo estudié bastante en la facultad y después trabajé mucho y me pareció interesante que la gente conociera las especies -por ejemplo, todos a las coníferas le dicen pinos-. Por eso elegí los árboles más representativos de la Argentina. También hay fotos de Chile y de Uruguay.

Lapacho

-En el libro hay algo más que una recopilación y una explicación científica. Vos estás transmitiendo algo.

-El libro es 90% fotográfico. A mí la parte bella del asunto me interesa mucho y quería mostrar el árbol en todo su esplendor. Yo vivo en Santa Rita, cerca de Boulogne, y cada tanto propongo hacer una recorrida y ver cómo la gente no cuida los árboles de la calle, o los podan de cualquier manera. Me interesa mucho el cuidado. Si la gente conoce, cuida, si no conoce, no.

-¿Hay una intención didáctica también en el libro?

-Sí, claramente sí. Por eso en la última parte del libro se explica el origen de la especie y hay algunos consejos. Por ejemplo, si querés tener un árbol, no plantes en un jardín chiquito un tilo porque a la larga lo vas a tener que estar podando todos los años, y la verdad es que el árbol, a no ser que sea para producción de fruta, no necesita poda. Pero yo no quise hacer el libro para enseñar. Acá te muestro el fruto, la flor, la hoja. Quería hacer algo bello. Siempre me interesó que el árbol se mostrara bien como individuo. Su silueta. Si después querés saber más, averiguás.

-¿Cómo fue la elección del árbol para la tapa del libro?

-Elegí un árbol que estaba muerto en realidad. Es uno de los árboles de Carhué, de la inundación de 30 años bajo agua salada. Lo elegí como una forma de homenaje. La editorial quería poner un árbol verde y frondoso, y al final me dejó hacer lo que yo quería.

Ceibo

Con un padre apasionado por la fotografía, los recuerdos de la infancia de Ángela Copello son a través de las diapositivas. “Muchos domingos nos sentábamos a verlas y era como una celebración que se hacía”, recuerda. Cuando terminó el colegio, con los primeros ahorros que tuvo, se compró una cámara de fotos. Ya estaba trabajando en un estudio de abogados y había elegido publicidad como carrera.

-¿Tu primera elección no tenía nada que ver con vos?

-No, pero después me di cuenta de algo. Todos nuestros veranos, de diciembre a marzo, los pasábamos en una casa que tenían mis abuelos en Córdoba, en la sierra, y la casera de esa casa tenía mano verde. A mí me divertía mucho ir atrás de ella. Así que supongo que por ahí vino. Nosotros vivíamos en un departamento, en la zona de Retiro, y mamá tenía dos macetas, que cuidaba también un montón. Ponía tacos de reina, y si encontraba en la calle un gajito lo ponía, pero me parece que lo mío viene más por esta señora Lidia, que nos enseñó un poco de todo.

-¿La fotografía te acompañó siempre, y después el paisajismo arrancó como carrera?

-El paisajismo empezó un año después. Me di cuenta de que publicidad no era lo que yo quería y, si me decís por qué la elegí, no sé: era corta, en mi casa había que trabajar sí o sí, no había posibilidad de estudiar solamente. Tenía que pagar yo la facultad de publicidad en El Salvador, y entonces trabajaba para pagarla. Por eso creo que solté publicidad, y esta carrera me permitió salir a trabajar enseguida.

-Pero después ganó la fotógrafa.

-Durante años hice fotografía, hasta que nacieron mis hijas.

Ñandubay

-¿Qué tipo de fotografía hacías al principio?

-Hacía fotografía para mí, retratos familiares, era como la fotógrafa de la familia. Después empecé a hacer fotos en los jardines de infantes. Cuando mis hijas empezaron jardín de infantes, le propuse a la directora hacer algo diferente que el chico sentado y mirando para un lado, y me dijo que sí. Me iba tres veces por semana a sacar fotos a los chicos en el recreo. Los agarraba sin que se dieran cuenta y unas fotos preciosas quedaron.

-¿Cómo siguió el tema?

-Después conocí a la que fue mi socia durante mucho tiempo, Inés Miguens, e hicimos fotos publicitarias para Coniglio, cuando la marca de ropa de chicos era enorme. Y en la facultad yo estaba con Angélica Thays. Con ella arrancamos sacando fotos en esta zona y se las presentamos a Ediciones Larivière. Les encantó el proyecto y nos lanzamos a fotografiar parques y jardines de la Argentina. Ahora miro esas fotos y bueno, se sacaba lo que había, si había sol, se sacaban con sol.

-¿Cambió la técnica?

-Mi mirada cambió muchísimo. Yo hoy en un día de pleno sol no salgo a sacar fotos de jardines. A partir de ese primer libro empecé a trabajar en la revista Jardín, y tuve acceso a conocer lugares increíbles.

-¿Y la fotografía le ganó al paisajismo finalmente?

-Fui soltando. El paisajismo se puso muchísimo más profesional, y la verdad es que la fotografía es una gran compañera, no te permite aburrirte nunca. Y, por lo menos para mí, es como que vivo dos veces las cosas. Lo vivo cuando lo vivo, y lo vivo cuando vuelvo a ver las fotos.

-También apareció la fotógrafa de cocina de autor.

-Sí, y lo disfruto mucho. Tuve mucha suerte de encontrar parejas de trabajo con las que me llevo muy bien. En jardinería, a Clara Billoch le fotografié todos sus libros. Y con Pía Fendrick, en la parte de cocina, hicimos un gran equipo. Empecé a trabajar con ella en la revista Sophia, fotografiando la parte de cocina, y empezaron a salir proyectos.

-¿Libros?

-Sí, libros que disfrutamos mucho haciendo juntas. Lo hacemos todo nosotras: la producción, llevamos la mesa, ponemos el mantel y sacamos la foto. Todo a pulmón. Estamos con un proyecto, necesitamos más producción.

Espinillo

-¿De qué se trata?

-Algo a nivel país. Ahí la acompaño a Pía. Tuve mucha suerte de cruzarme con gente con quien congenio en un montón de cosas, pero además son un motor. Pía es como un Scania de frente, igual que Clara. Y yo soy buena partner. Muy buena. Sé amoldarme a los gustos y también dar lo mío.

-¿Tus cursos y talleres apuntan a profesionales o a aficionados de la fotografía?

-En realidad es más para aficionados. Mi curso pretende que salgan profesionales y que puedan trabajar de eso, pero me he dado cuenta con el tiempo de que la gente que termina quedándose no quiere trabajar de fotógrafa. Quiere la fotografía como un costado más para expresar. Y se forman grupos lindísimos. Soy muy fanática de enseñar la técnica, de entender bien la herramienta, que eso después te permite hacer lo que realmente tengas ganas. Hoy en día el celular es maravilloso y para captar cosas en cualquier lugar es increíble. Pero cuando querés hacer algo específico, el celular por ahora no te lo permite al 100%.

Laurel del cerro

Entre una cosa y otra, el amor de Ángela por la naturaleza y, particularmente, por los árboles, la fue llevando a fotografiar aquellos que la iban impactando. “Yo tenía carpetas y carpetas de fotografías de toda mi vida”. Un día le llegó la propuesta de la editorial de hacer un libro con árboles y poesía. “Les dije que sí. Me hice medio la boba el primer año, y al año siguiente me dicen, ‘che, el libro este de árboles…’. Hasta que dijeron ‘queremos que hagas el libro’. Yo, por supuesto, esos dos años seguí fotografiando ya con más visión. Pero, la parte de poesía a mí no me enganchaba tanto”, confiesa.

Entonces la editorial le permitió llevar adelante su idea, que es la que finalmente se plasmó. Con su selección de fotografía, debía reunir a las personas que escribirían los textos. “Convoqué a Pablo Demaio para los árboles nativos. Él es un ingeniero agrónomo que vive en Catamarca y es profesor de la facultad. También a Ignacio Van Heden del vivero (Van Heden) de Mar del Plata, que es tercera generación de viveristas. Los dos se entusiasmaron con el proyecto y les di a los dos el listado de especies que quería poner. Ignacio me dijo ok, vas bien. Y Pablo Demaio me dijo que era un listado poco federal, ‘Es bien de porteña’. Me clavó una flecha en el corazón. Le pregunté cuáles especies faltaban. El último año hice tres viajes para buscar esas especies, a Jujuy, a la Yunga jujeña, a Chaco y a Catamarca”.

-¿Cómo hiciste la selección de los otros autores de textos que están en el libro?

-Clara (Billoch), bueno…

-La compañera de siempre.

-La compañera de siempre. Y Josefina Casares, en principio iba a ser otra persona a la que quiero mucho y admiro un montón, que se llama Piti Navajas, pero no podía. José Casares y Martina Barzi tienen una escuela de paisajismo apoyada por John Brookes de Inglaterra. Están haciendo que el paisajismo se profesionalice. Gracias a ellas creo que ya se ve el paisajismo como diseño, más allá de las especies que pongas o no. Yo sabía que Josefina escribe muy bien, entonces la convoqué para que escribiera la introducción.

Palo borracho

-¿Tenés un árbol nativo y un árbol exótico preferidos?

-Sí, diría que sí, la pata de buey, o bauhinia. Yo creo que los árboles preferidos vienen por cosas que te pasaron en la vida, no solamente por lindos. Cuando pasábamos veranos enteros en Córdoba, jugábamos a la verdulería. El pimpollo de la bauhinia es como una bananita. Entonces esas eran nuestras bananas. Y la flor es muy linda, es como una orquídea blanca grande,

-¿Y de los exóticos tenés favoritos?

-El roble es un árbol increíble. Hay de todos lados, americanos, europeos y asiáticos. El roble vive años de años. Puede vivir 300 años.

-¿Cuál sería uno que vive poco?

-La acacia julibrissin, que tiene unos pompones rosados que en verano tienen forma de sombrillita. Es linda, pero es muy corta su vida. No la quiero nada, por ahí vive 10, 15 años. Tiene que ver mucho nuestro clima de Buenos Aires, es muy húmedo y eso hace que por ahí el árbol crezca rápido, pero tenga vida más corta. En cambio, más en el sur hay árboles muy añejos. Hice un viaje para fotografiar los alerces. El alerce crece de la nada misma por año, creo que medio centímetro por año, pero vive miles de años. Ese es autóctono, nuestro y chileno. Del lado chileno los cuidaron más, la verdad.

-Hay una tendencia que se inclina por los jardines silvestres, ¿se ve hoy una revalorización del árbol nativo?

-Las grandes paisajistas hoy están con esa ola y se está valorizando árboles que nadie plantaba. Se vuelven locos. Por ejemplo, el curupay, que es un árbol precioso. De Corrientes me traje uno que se llama palo blanco, que está en el libro, que es un cilindro blanco y solamente tiene arriba hojas y acá me están dando bárbaros. También hay que ver, si vivís en la mitad de la provincia de Buenos Aires, se te hiela todo. Hay que entender que Buenos Aires no tenía árboles cuando llegaron los españoles. Como mucho había algunos talas y cortaderas. Toda la parte de ombúes es más de Buenos Aires hacia el norte.

palo borracho

-¿Cuál es el error más frecuente a la hora de plantar un árbol?

-Plantar uno sin saber cuál es el tamaño final, al que va a llegar. Después, no tutorarlo y apretar tanto que lo ahorcás; o determinadas podas. Por acá están todos los cables por el aire y viene Edenor y los mocha, en vez de podar algunas ramas y dejar que los cables pasen por el medio. Hay que entender que al árbol en dos horas lo tiraste abajo después de quince años de tratar de que crezca.

-¿Hay especies que crecen con menos requerimiento de cuidados?

-Si, pero también tiene que ver con elegir el árbol para el clima donde estás. Cuando empezó Nordelta contrataron una empresa que puso cualquier cosa. Puso cedro, coníferas en un lugar que era un bajo donde era imposible que crecieran. Los pusieron enormes y quedaron ahí como macetas. Cuando Costantini hace Puertos, se pensó desde otra concepción, por haber aprendido. Hicieron una plantación increíble. Nordelta Puertos es todo lo que está bien. Dijeron “acá tenemos cinacina”, que es un arbustito chico, “tiene que haber viraró de río” y las usó paisajísticamente muy bien.

-¿El maximalismo que se ve ahora en decoración se traducirá también en el paisajismo?

-El paisajismo necesita de mucho cuidado. Uno tiene que hacer un jardín entendiendo que no hay muchos jardineros y, si la dueña de casa no es una apasionada, más vale plantar poquito.

-Escribiste libros y plantaste árboles. ¿Tenés algún pendiente?

-Y tengo dos hijas maravillosas. No tengo pendientes. Tuve una vida linda y el pendiente es poder disfrutar más de todo lo que tengo, sin pedir más. A veces uno no se da cuenta del privilegio. Está bueno tener proyectos, pero también hay que saber disfrutarlos. El disfrute es mi pendiente.