En plena autopista, saltó de un camión en movimiento pero nadie imaginó lo que protegía: “Arriesgó todo por la libertad”
En plena autopista, saltó de un camión en movimiento pero nadie imaginó lo que protegía: “Arriesgó todo por la libertad”

Era una “vaca de descarte”. Después de ocho años de explotación en la industria láctea, su cuerpo, agotado por partos constantes y el arrebato sistemático de sus hijos, ya no producía la cuota de leche que el tambo consideraba necesaria. El sistema, que había registrado cada movimiento en la caravana (ese plástico en el que se encuentra la información del animal) que colgaba de su oreja, decidió que su destino final era el matadero.

Sin embargo, en plena autopista Buenos Aires – La Plata, y en un acto de puro instinto de supervivencia, saltó del camión en movimiento. Fue la única sobreviviente de las cinco vacas que intentaron la huida aquella tarde. Estaba herida, desnutrida y con la cola lastimada. Un grupo de vecinos de la zona la protegió, la escondió y le dio refugio de quienes la veían como un botín de carne y buscaban carnearla.

Lo abandonaron envuelto en un trapo y, ocho años después, un estruendo lo alejó de quienes lo habían rescatado

En paralelo, alertados por la situación, un puñado de activistas veganos pasó la noche en vela custodiándola hasta que pudo ser trasladada a un lugar seguro. “No podemos imaginar el miedo y la desesperación de ese momento, pero sabemos y fuimos testigos de que arriesgó todo por la libertad”, dice Jonatan Leguiza, al frente de santuario Salvajes, el refugio donde actualmente viven en libertad 400 animales rescatados y que se hizo cargo de la vaca.

Lo que nadie sabía, porque su delgadez extrema lo ocultaba, era que Jill, como la habían bautizado, estaba transitando su sexto mes de embarazo. Según las normas de bienestar animal del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), una vaca en gestación avanzada no debería ser transportada ni enviada a faena, pero la realidad es que los camiones suelen ignorar los manuales de lo que se conoce como “buenas prácticas ganaderas”.

La conexión entre madre e hijo fue maravillosa mientras duró.

Los primeros días en el recinto que le prepararon especialmente para ella en el santuario Salvajes, fueron para Jill de descanso y reconocimiento: por primera vez pudo dormir tranquila, sentir el calor del sol acariciar su cuerpo y caminar por el pasto o la tierra en libertad.

Jill y su ternero, Heracles.

Tres meses después del rescate de Jill, nació Heracles. “Fue el primer hijo que la vaca no tuvo que ver partir en un camión; el primero al que pudo lamer, dar calor, amamantar y ver crecer sin que la industria se lo arrebatara”, cuentan Clarisa y Victoria, voluntarias en el santuario.

Jill tenía8 años cuando llegó al santuario, pero la explotación de la industria láctea le pasó factura.

Según la investigación que la publicista y activista por los derechos de los animales, Malena Blanco, recoge en su libro “Carroñeros, a quiénes matamos cuando matamos animales”, en el tambo, las madres (despojadas de sus terneros) ingresan -tentadas con comida- a una especie de trampa que las inmoviliza. “Así logran enchufarles las máquinas a los pezones, un invento del humano que se acopla al pezón, imitando la succión de una cría, y extrae la leche que sus cuerpos crearon para sus terneros”.

Jill pasó al sector de cuidado de adultos mayores del santuario.

Pero Jill y Heracles ahora estaban escribiendo su propia historia. Durante años, compartieron el pastoreo en familia, hasta que el tiempo empezó a cobrarle a Jill las facturas del maltrato pasado. Aunque solo tenía ocho años (podría haber vivido diez más), su cola tuvo que ser amputada, la artritis y el desgaste de una vejez prematura la obligaron a pasar al sector del geriátrico del santuario.

En el santuario Salvajes, Jill pudo disfrutar de la libertad que no había conocido.

La conexión entre ambos, sin embargo, rompió cualquier cerco físico. “En los últimos días de Jill, cuando su salud ya estaba muy desmejorada, sucedió lo inexplicable: Heracles saltó la valla de su corral de toritos jóvenes y se instaló al lado de su madre. Nadie sabe cómo lo hizo, pero se quedó allí, firme, durante sus últimos cuatro días de vida. La acompañó en el silencio del pasto hasta que Jill pudo, finalmente, descansar en paz”, recuerda emocionado Jonatan.

Hoy, Heracles es un joven toro que comparte su vida con Luciano, Lisander y Falu, otros sobrevivientes que, como su madre, escaparon del matadero. La libertad, para Heracles, no fue una conquista, sino un derecho de nacimiento que su madre le regaló al saltar aquella tarde del camión.

A Heracles lo llaman, de forma cariñosa,

*Actualmente, el santuario Salvajes está en riesgo de cierre por falta de voluntarios y recursos económicos. Para quienes quieran conocer a Heracles y al resto de los habitantes, el próximo 22 de marzo se realizará una visita abierta para recaudar donaciones y visibilizar el trabajo de amor y resistencia. Para colaborar o asistir: toda la información se encuentra en su cuenta de Instagram @santuariosalvajes. Ayudar a que el santuario siga abierto es permitir que la historia de Heracles, el hijo de la libertad, siga siendo una prueba de que otra vida es posible.

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