Recuperó con su padre un almacén abandonado de más de 100 años y se encendió una chispa: “Tenía la certeza de que era acá”
Recuperó con su padre un almacén abandonado de más de 100 años y se encendió una chispa: “Tenía la certeza de que era acá”

El filósofo alemán que indagó en la voluntad humana Friedrich Nietzsche tenía miradas tenebrosas sobre el mundo. Sin embargo, Agustina Idoyaga Molina parece haber encontrado una con un estilo raramente soleado. “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”, solía decir el pensador. Agustina la adoptó sin proponérselo mientras su vida se armaba y desarmaba al ritmo de una búsqueda persistente.

Desde chica se movió entre ciudades y silencios, entre la intensidad afectiva de su padre Martín y la distancia inevitable de su madre Graciela. Nació un 22 de abril de 1988 en el hospital de Arrecifes, con 4.200kg y un pelo negro azabache que la baña hasta hoy. Su historia comenzó entre mudanzas y aprendizajes tempranos, un escenario donde la infancia se volvía un territorio movedizo. “Siempre digo que nací grande”, recuerda, como si aquel impulso por comprender el mundo hubiese aparecido mucho antes que las certezas.

En Arrecifes y en San Isidro, donde pasó sus primeros años, la figura de su padre se convirtió en un faro. “Mi devoción por él siempre fue inmensa”, sostiene. Lo veía levantarse de madrugada para ir al mercado, emprender oficios distintos, reinventarse sin perder su esencia. Él, que siempre buscó su propio camino, dejó una marca profunda en su modo de estar en el mundo. “Papá jamás siguió el rebaño”, afirma, una frase que funciona como espejo de su propia identidad.

“Si querías algo ibas a tener que ponerte ingenioso”

Mientras tanto, la casa no siempre ofrecía el sostén esperado. “Mis viejos no fueron los más maduros, me hubiera gustado tener una infancia más contenida”, confiesa sin rencor. Ese vacío interior la empujó a adelantarse a su tiempo, a fijarse metas concretas desde muy chica. A los diez años organizaba ventas con una amiga para comprarse su primera bicicleta, un proyecto que recuerda como un primer gesto de autonomía. “Si querías algo ibas a tener que ponerte ingenioso”, era la regla tácita en casa, y ella la adoptó como filosofía de vida.

Los años siguientes transcurrieron al ritmo de una búsqueda incansable. Entre estudios, trabajos y nuevas ciudades, intentó descubrir dónde encajaba. Probó trabajo social, se mudó a Buenos Aires, viajó a Brasil, hizo planes para España, retomó Brasil. El movimiento era constante, casi necesario. “Aunque me equivoque siempre voy a ser de las que prefieren arriesgarse”, apunta, y esa decisión vital parece explicar cada cambio, cada camino iniciado sin miedo al desconcierto.

Hasta que un día llegó un llamado que alteró su mapa entero. Su padre le propuso volver a Arrecifes para recuperar una propiedad abandonada desde hacía quince años. Aquel treinta de octubre de 2017 regresó con él al campo y encontró un paisaje casi devorado por el monte. “Entramos abriendo paso literalmente”, recuerda. Lo que ante otros habría parecido ruina, para ella se transformó en una chispa de sentido. “No sabía nada, pero tenía la certeza de que era acá”, dice. Ese día, entre ramas y polvo, empezaba sin saberlo la historia que cambiaría su vida.

Se abrieron entre maleza para llegar al lugar, pero nunca abandonaron la intención de recueprarlo

El llamado del paraje

El trabajo comenzó con una intensidad que desbordaba cualquier previsión. Padre e hija avanzaban entre malezas, abriendo senderos donde antes solo había abandono. “Faltaban sanitarios, chapas, cañerías tapadas, una tapera”, recuerda Agustina. Lo que parecía imposible empezó a transformarse a fuerza de horas, de machete, de manos sobre la tierra. Ella sentía un entusiasmo difícil de explicar, una certeza que la empujaba incluso cuando el cansancio asomaba. “Yo estaba encantada, apenas frenábamos para comer”, rememora, como si cada avance le confirmara que ese territorio tenía un significado íntimo.

Las primeras mejoras dieron paso a un pequeño almacén, un espacio que intentó convertir en punto de encuentro. Preparaba empanadas, sándwiches y productos varios mientras esperaba a los clientes, una escena cotidiana que recuerda con una mezcla de empeño y paciencia. “Tengo grabado en la retina el pasar de días enteros esperando que lleguen”, cuenta. Aun así, algo empezaba a moverse. Vecinos curiosos se acercaban, ciclistas frenaban a descansar, grupos de a caballo preguntaban si el viejo lugar volvería a funcionar. La respuesta llegaba sola, cada vez que veía las miradas emocionadas de quienes reconocían la historia del paraje. “Ojos brillosos, anécdotas e historias empezaban a tocar mi corazón”, argumenta.

Organizó un locro y la gente se sumó sin dudarlo, sobre todo aquellos que preguntaban si el almacén iba a reabrir

El impulso se consolidó cuando organizó un locro para un grupo que llegaba con sus caballos el 25 de mayo de 2019. “Y no paramos”, afirma. La propuesta creció hacia tardes culturales, artistas locales, encuentros espontáneos en medio del campo. La pandemia de 2020 alteró los planes, aunque le abrió una puerta inesperada. Creó De campo, El Nacional, un emprendimiento de miel, semillas y legumbres que distribuyó por mayor en distintos negocios. “Me empezó a ir muy bien, sumé productos, viajaba sin parar”, relata. El proyecto se expandía, sostenido por su constancia y por un vínculo profundo con el lugar que estaba recuperando.

Esa etapa luminosa se quebró en junio de 2021 con la muerte de su padre. “Fue un golpe muy grande”, dice con una serenidad que llega después de atravesar la tormenta. Aun así, decidió volver al paraje y continuar lo que habían comenzado juntos. Pintó, cambió puertas, reorganizó el interior y recuperó el pulso del espacio con la misma determinación que lo había puesto en pie. “Estaba muy enfocada, sentía las fuerzas y las ganas de poder continuar”, afirma. Durante ese tiempo el lugar volvió a recibir gente, aunque la gran obra, la restauración completa del histórico almacén de ramos generales, quedaba aún fuera de alcance, esperando su momento.

La muerte de su padre fue dura, pero sigue con su proyecto en Arrecifes

El quiebre y la intemperie

Con el paso de los meses, el esfuerzo empezó a volverse cuesta arriba. Las aperturas dependían del clima, el espacio era pequeño y la energía que Agustina ponía para sostenerlo todo no alcanzaba para equilibrar cada frente. La soledad del proyecto, el duelo reciente y una separación sentimental terminaron por desestabilizarla. “La vida me había atravesado por completo”, admite. En ese estado frágil comenzó un proceso de repliegue, una rendición necesaria ante un cansancio que ya no podía disimular. “No sabía cómo seguir, no sabía qué quería para mi vida, no sabía nada”, indica. Sostener el lugar, aunque fuera apenas, se convirtió en su manera de mantenerse de pie.

La tristeza se volvió una presencia cotidiana. “Creo que tuve depresión”, dice con una honestidad que desarma. Pasaba los días cumpliendo sólo con lo indispensable, aferrada a una rutina mínima y a la compañía silenciosa de sus animales. “Sobrevivía”, confiesa. Aun así, intuía que aquella pausa dolorosa tenía un sentido, que el tiempo iba a abrir una salida. “Siempre supe que eso iba a pasar”, afirma, como si debajo de la sombra persistiera un hilo firme que la guiaba hacia adelante.

El punto de quiebre llegó una noche, cuando encontró en su teléfono una payada anónima con un mensaje de muerte y al llegar observó a uno de sus perros sin vida frente a la puerta. “No sabía si era un sueño o un cuento de terror”, relata. Esa escena la dejó sin aliento y sin refugio. No pudo volver a su casa durante mucho tiempo y se vio obligada a irse de un día para otro del lugar al que había dedicado cada parte de sí. “Estaba en shock”, dice. Sin embargo, con la distancia comenzó a comprender que ese desplazamiento forzado la ayudaba a mirar su tristeza desde otro ángulo, a reconstruirse sin la presión de sostenerlo todo al mismo tiempo.

Con el tiempo recuperó fuerzas, volvió a escucharse y permitió que la intuición volviera a marcar el rumbo. “Sabía que la gente lo esperaba”, reflexiona sobre la reapertura del espacio, un deseo que sigue llegando cada semana en forma de mensajes y muestras de cariño de la comunidad del paraje. A medida que pudo, retomó tareas pequeñas, compartió avances, imaginó otra vez el futuro de ese almacén que conserva más de cien años de historia.

La confianza aún se mueve en un equilibrio delicado, aunque Agustina aprendió a aceptar ese vaivén. “Decidí soltar el control”, reconoce, consciente de que el tiempo propio no siempre coincide con las urgencias del mundo. En ese aprendizaje descubrió que volver a abrir el lugar implica también abrirse a sí misma, un gesto íntimo y a la vez colectivo. “No estoy dispuesta a rendirme en este sueño”, asegura, con la misma determinación que la acompañó desde el primer día entre el monte y el polvo.

Mientras avanza paso a paso, siente que este proyecto es más que un espacio físico. Es su reparación, su diálogo con el pasado, su manera de honrar una historia compartida. “La que está detrás soy yo, es mi trabajo personal, son mis heridas y también mi sanación”, dice.

Cuando piensa en esta nueva etapa, imagina algo más que una puerta que se abre. “Es como abrir nuevamente mi corazón”, afirma. En esa frase, luminosa y sencilla, se adivina el final y el comienzo de una misma historia, esa que sigue escribiendo en el centro del campo, donde aprendió a resistir, a reconstruir y a volver a elegir su propio camino.

El emprendimiento sigue en pie