Un amor prohibido y un auto baleado como advertencia: el romance oculto de Carmen Barbieri que escandalizó a la farándula y pudo terminar en tragedia
Un amor prohibido y un auto baleado como advertencia: el romance oculto de Carmen Barbieri que escandalizó a la farándula y pudo terminar en tragedia

Alfredo Barbieri no podía entenderlo. Quizás no eran los celos los que le anulaban la razón sino más bien la traición, que está claro: nunca viene de un enemigo. Inesperada, esta vez procedía de un viejo conocido con quien, a lo largo de los años, había compartido infinidad de momentos, tanto en el trabajo como en la vida personal. Tan cercanos eran que este colega hasta conocía a su hija desde pequeña: sí la había tenido en sus brazos cuando era una beba…

Es cierto: no eran amigos. Es simple: Jorge Porcel no los tenía. Y sin embargo, a Don Alfredo le dolía en las entrañas lo que a Carmen Barbieri le alegraba el corazón.

A mediados de los 70, Carmen debutaba en el teatro cuando culminaba su adolescencia. Siguiendo la luminosa estela de su padre artista, se abría camino en el espectáculo como una vedette de belleza encantadora y gracia magnética. Brillaba sobre el escenario del mismo modo que deslumbraba al descender de las tablas. Y aún conservaba cierta inocencia: el mundo no había hecho de las suyas en ese espíritu jovial y veinteañero.

Carmen Barbieri en su debut teatral, junto a su padre, Alfredo Barbieri (Foto: Archivo)

En aquella época prolífica en capocómicos, el Gordo Porcel era uno de los principales. Todavía no había consolidado esa dupla con el Negro Olmedo que pasaría a la historia, pero ya se lucía como un gran humorista. Su nombre y apellido encabezaba las marquesinas de las obras teatrales. Adorado por el público, resistido por el medio, la simpatía que Porcel exhibía como actor encontraba su contrapeso en el trato personal: era un tanto hosco, serio, distante, autoritario. Famoso como era, no tenía buena fama.

Eso sí, a las mujeres les resultaba encantador. Seducía con la inteligencia, también con el destacado lugar de poder y reconocimiento que ocupaba en el ambiente artítisco. Y estaba maravillado con esa jovencita -la misma a quien conocía de bebé- que hacía sus primeras armas bajando las escaleras con las plumas de su traje. Por eso, el Gordo pasaba cada vez más seguido por el teatro Maipo solo para verla: le regalaba libros de arte y la envolvía con sus conocimientos sobre diversos temas.

Hasta que en un momento -aunque ni ella podría precisar cuándo- Barbieri se enamoró perdidamente. Cuando quiso acordarse, ya vivía un romance apasionado con Jorge Porcel.

Carmen Barbieri y Jorge Porcel (Fotos: Archivo)

Pero la relación se enfrentaría a varios contratiempos. Uno era el tiempo, justamente: Porcel era casi 20 años mayor. Otro era el estado civil, no el de Carmen -que nunca había presentado un novio en casa- sino el del Gordo: estaba casado y tenía un hijo extramatrimonial de seis años (quien más adelante se ganaría algún reconocimiento mediático como Jorge Porcel Jr).

Para peor, no era fiel en su engaño. Porcel no solo mantenía encuentros furtivos con Carmen sino también con otras mujeres, muchas famosas, pocas anónimas. Y encima jugaba con su amante, se aprovechaba de su vulnerabilidad: jamás cumplía con la promesa -constantemente renovada- de que dejaría a su esposa para formalizar el vínculo clandestino. La joven vedette disfrutaba tanto del romance con el capocómico como la atormentaban sus desplantes. En cambio, ella sí lo cuidaba. A su lado, el Gordo logró un marcado descenso de peso, de más de 50 kilos.

Jorge Porcel con su hijo, Porcel Jr (Foto: Archivo Paparazzi)

A la relación furtiva también se le presentaba el escollo de la familia Barbieri: sus padres, Alfredo y Ana Caputo, con quienes Carmen todavía vivía, se opusieron al affaire apenas se enteraron. No aceptaban a Porcel, menos aun sus actitudes groseras, como desconocer a su hija en cualquier aparición pública, négandola, escondiéndola, avergonzándola. Para Ana, su yerno -o como pudiera definirse- era una “porquería”; así, sin más.

Pero a Carmen todo le daba igual. Comprendió muy pronto -y lo reconocería muchos años más tarde- que Porcel era su gran amor. Y continuó la relación pese a todo, y contra todos: su romance con el Gordo generaba un gran revuelo en los camarines de los teatros y los pasillos de los canales de televisión. Sobraban los incrédulos. Y no faltaba quien temiera la furia de Don Alfredo.

Que cierta noche se liberó como una tempestad.

Cuenta la leyenda que un domingo Alfredo Barbieri regresaba de una gira teatral cuando le pidió un favor al chofer del micro que trasladaba al elenco: que lo dejara en la puerta de su casa, aprovechando que sería una parada de camino. El cambio de planes hizo que su llegada fuera sorpresiva. También lo fue para Don Alfredo encontrar el auto de Porcel estacionado en la puerta de su domicilio. Supo así que cada fin de semana que salía con el teatro, el Gordo usaba la ocasión para verse con su hija.

Carmen Barbieri (Archivo)

Don Alfredo habría tomado entonces una decisión más impulsiva que racional, tan peligrosa como repentina: buscó un revólver, apuntó al coche y disparó con rabia. Las seis balas perforaron la carrocería del lujoso Mercedes Benz de Porcel. La ira se le pasó un rato más tarde. El romance clandestino, también.

Después de casi cuatro años de amor prohibido Porcel rompió su juramento una vez más para permanecer al lado de su esposa. Al fin, nunca quiso a una Carmen sufriría la ruptura como ninguna otra, y que luego buscaría consuelo en un prometedor humorista: Beto César.

Carmen Barbieri y Beto César (Foto: Archivo)

“Tuve varios amores, pero el más importante fue Jorge Porcel -recordó Barbieri tiempo atrás, en una entrevista con la revista Gente-. Fue el más puro, genuino, sin condicionantes. Yo era una nena, tenía 19, 20 años. Finalmente, (Porcel) muy bueno conmigo no fue. Fue egoísta, mentiroso“.

“El Gordo era un enfermo por la plata: le gustaba mucho contarla y guardarla -agregó-. Pero confiaba en mí: he llegado a tener tres o cuatro palos verdes en el banco a mi nombre para que la mujer no se enterara. ¡Ni en las películas volví a ver tanta guita! Ese hombre ganaba fortunas. Y nunca me regaló nada“.

Transcurrió medio siglo, y Carmen Barbieri parece no superar su romance con Jorge Porcel. Tal vez porque el único amor que perdura y permanece en el idilio es aquel que nunca llega a concretarse.

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