Cuántos dolores de cabeza se habrían evitado Estados Unidos y el mundo si la psicopatía ofreciera signos inequívocos. Los estadounidenses han llevado a la Casa Blanca, a pesar de las señales que había dado en su primera gestión, a un presidente que no sabe reprimir sus deseos ni calibrar las consecuencias de su compulsión por satisfacerlos. Enamorado de sí mismo, el megalómano no registra al otro. Por eso Donald Trump no exhibe ninguna moderación -ni siquiera la dictada por el pudor o la más elemental vergüenza- a la hora de expresar sus deseos y sus ambiciones, que siempre remiten a su propia persona. Y, lo que es más grave, después va por ellos.Por temor a despertar su furia o alguna reacción intempestiva, tendemos a complacer al psicópata con el que estamos obligados a convivir. El miedo es su arma. “Normalizamos” su conducta y apenas lo calificamos de “disruptivo”. El problema es que cada concesión confirma a estos sujetos en su poder sobre el entorno y sobre quienes los rodean, y así la psicopatía se afirma y crece. Por fin el primer ministro canadiense, Mark Carney, alertó en Davos sobre esta bola de nieve. No solo llamó a reconocer de una vez por todas la ruptura del orden mundial, sino también a emanciparse del poder extorsivo que Trump ejerce sobre los países de la Unión Europea para subordinarlos. Fue, a un tiempo, un gesto de autodefensa, bien pragmático, y una apelación principista.Trump es el acelerador de un caos iniciado antes, que fraguó las condiciones que permitieron su llegada al poderLa disyuntiva es clara: la fuerza versus la ley. “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”, advirtió Trump, un modo inequívoco de decir que no reconoce nada que esté por encima de su voluntad. La disyuntiva es vieja como el mundo, fuerza y ley están siempre en tensión. Lo nuevo es que se instaló en el corazón del Occidente de posguerra, y nada menos que por acción del presidente de los Estados Unidos, hoy la mayor fuente de inestabilidad global.La fuerza es el yo. La ley, el nosotros. Y Trump es el yo. O la ley misma, como dijo de manera inmejorable el psicólogo Miguel Espeche en un artículo publicado en el suplemento Ideas de este diario: “En tal sentido, el Mundo, así con mayúsculas, es un anexo del propio ego, no un ‘otro’ con el que se interactúa”. Lo que quiere, en cuanto puede, Trump lo toma. Y va por todo. Difícil de olvidar la imagen hecha con IA en la que Venezuela, Canadá y Groenlandia aparecen pintadas con la bandera de los Estados Unidos, lanzada por el mismo magnate a las redes. Ya se quedó, de modo patético, con el Nobel de la Paz de María Corina Machado. Y quiso quedarse también con la ONU, mediante ese Consejo de la Paz al que nuestro país suscribió junto con lo peorcito del mundo, en el que se reserva la última palabra. “La guerra es la paz”, propalaba el Gran Hermano en 1984, la novela de George Orwell.Pero Trump no es el caos. Es el acelerador de un caos iniciado antes, de un cambio de civilización que fraguó las condiciones que permitieron su llegada al poder a través del voto. En ese cambio se conjugan, entre otras cosas, una gran desigualdad social que viene de arrastre y el poder desintegrador del algoritmo en las redes, que potencia el odio tribal y obtura el diálogo, mientras la IA disuelve la consistencia de la realidad multiplicándola artificialmente. En este clima de época signado por la tecnología y la falta de empatía irrumpen los líderes influencers, que llegan al poder a través del uso frenético de las redes y apelan a ellas para imponer su voz en medio de la confusión general.Los líderes influencers, del que tenemos un ejemplo muy cerca, replican en el mundo real la ausencia de jerarquías que impera en el mundo digital y desacralizan todo lo que importa a fuerza de banalizarlo. Incluso principios universales legados por lo mejor del pensamiento ilustrado, que fueron construidos a lo largo de siglos y son la base del liberalismo político. ¿Por qué es importante preservarlos? Porque, a diferencia de las verdades reveladas que buscan imponer estos líderes, se trata de principios que van a las formas, y no al fondo; en lugar de establecer cómo hay que pensar, proponen las condiciones para que quienes piensan distinto puedan convivir, partiendo de la dignidad y la autonomía que todo ser humano tiene y merece por el mero hecho de serlo. El liberalismo, más allá de lo que estos influencers en el poder digan, no es más que un sistema de convivencia basado en la preeminencia de la ley.Hoy ese sistema, en medio de la ruptura del orden global, está amenazado. Lo dijo clarito Carney, a quien Trump, celoso de que le quitara protagonismo en Davos, o porque ya ve a Canadá como una provincia propia, llamó “gobernador”. Carney vaticinó además que el viejo orden internacional no volverá. Sin embargo, lejos del pesimismo, dijo que a partir de esa ruptura se puede construir algo mejor, “más fuerte y más justo”. Nos sabemos cómo, pero vale el intento, que empieza sin duda por ponerse del lado correcto de la disputa entre autoritarismo y democracia.“Lo que necesitamos es refundamentar la Ilustración, preservar la herencia del pasado pero sometiéndola a la revisión crítica y confrontándola lúcidamente con sus consecuencias, tanto las deseables como las no deseadas”, escribió en 2006 Tzvetan Todorov, que acaso se la veía venir. Yo pondría el ojo en las no deseadas, aunque tal vez una forma de resistir el embate del caos sea volver a sacralizar los principios básicos que nos permiten reconocer a nuestros semejantes y dotar al mundo de una imagen inteligible. Navegación de entradasDe Tokio a Lisboa, las librerías más extravagantes del mundo El horóscopo de hoy: sábado 31 de enero