En un mundo acelerado, la sensibilidad y la empatía de quienes se atreven a mirar más allá de sus narices pueden cambiarlo todo. Son personas comunes que, con un gesto de voluntad, construyen puentes hacia los olvidados, transformando carencias en oportunidades y silencio en risas. Esa fuerza humana, capaz de empatizar con el dolor ajeno, ilumina realidades invisibles y siembra esperanza donde más se necesita.Martín Mosiewicki y Sebastián Kahansky se cruzaron por primera vez en sala de 2, hace 38 años, cuando la vida era pura magia infantil. Uno de sus juegos favoritos era Cigarrillo 43, y recuerdan reírse a carcajadas junto a sus maestras de Nivel Inicial;. A medida que crecían, los partidos de fútbol fueron ocupando el primer lugar en sus intereses hasta convertirse en rituales inolvidables forjando un lazo que el tiempo no ha podido romper.“Tenemos muchos recuerdos juntos, momentos compartidos, cumpleaños que festejamos juntos, la ceremonia de nuestros Bar Mitzvot. Su familia es como la mía y viceversa. Me pasa con él que lo conozco tanto que ya se lo que va a decir antes de que lo diga, con una mirada me entiendo más que con nadie”, expresa Sebastián.“Hicimos un tridente muy fuerte”A Maia Wiernik la conocieron a los 12 años, cuando se fusionaron las dos escuelas a las que asistían. “Desde ese momento los 3 pegamos una onda increíble y al día de hoy, con nuestra familias, seguimos estando juntos, disfrutando la amistad. En Séptimo Grado, íbamos mucho a los shopping de Villa del Parque y Devoto. Tenemos el recuerdo de mirar el Mundial de Fútbol de Francia 98 en el cole. Hicimos un tridente muy fuerte”, afirma Martín.Mientras su amistad florecía día a día, los tres descubrieron un lazo profundo: compartían una sensibilidad única, esa empatía que los impulsaba a detenerse y mirar con el corazón a quienes más lo necesitan.Con el tiempo, esos sentimientos se transformaron en algo grande, en Verte Reír Federal (VRF): todo empezó apadrinando la Escuela Rural 808 “Antártida Argentina” en Pampa del Indio, Chaco, un rincón estatal olvidado en el departamento Libertad General San Martín. De ahí, la misión se expandió por todo el país: un proyecto socio-educativo que llega provincia por provincia. “Nos motivó agrandar el sueño al conocer esa realidad dura, llena de obstáculos, pero rebosante de esperanza pura”, cuenta Martín con esa chispa en los ojos.En estos años, han tejido redes de solidaridad que cambian vidas. En Chaco, juntaron fondos vía un concurso en un programa de radio y crowdfunding para una plaza de juegos enorme: “Enviamos los materiales desde Buenos Aires con el alma en vilo y los padres, con manos callosas de tanto trabajar la tierra, pusieron la mano de obra: fue un abrazo colectivo que unió distancias imposibles, lágrimas de gratitud y la promesa de infancias más felices”, recuerda Sebastián, con la voz quebrada por el recuerdo de esos ojos brillantes que por primera vez conocieron la alegría de un subibaja o un tobogán.“No voy a llegar tan cansado a la escuela”En la Escuela Rural Nº 81 “Mariano Moreno”, paraje La Escondida (a 30 km de Venado Tuerto), 11 alumnos caminaban kilómetros por caminos áridos. Un 2 de septiembre, Martín, Maia y Sebastián entregaron bicicletas por el Día del Niño, más juguetes y golosinas.“Recuerdo ese día como si el polvo todavía siguiera pegado a mis zapatillas. Cuando llegamos a la escuela, los chicos ya nos estaban esperando, algunos descalzos, otros con las manos metidas en los bolsillos para pelearle al frío. Yo tenía miedo de que las bicicletas fueran solo eso: fierros nuevos en un lugar donde faltaban tantas cosas. Pero cuando vi a uno de los alumnos tocar el manubrio como si fuera algo frágil, casi sagrado, entendí todo. Un nene me dijo bajito que ahora iba a tardar menos en llegar a la escuela y que así no iba a llegar tan cansado. Me lo dijo como quien confiesa un sueño enorme. Ahí se me apretó el pecho”, se emociona Maia. Y agrega: “Vi a una nena subirse a la bici y pedalear unos metros por ese camino árido que antes caminaba sola, y sentí que no habíamos llevado un regalo, sino una posibilidad. Ese día aprendí que la esperanza no siempre hace ruido: a veces pasa en silencio, sobre dos ruedas, levantando un poco de polvo, y te cambia para siempre la forma de mirar el mundo”.“Ser solidario es el mejor tiempo invertido”En La Pampa (Escuela 138), crearon un laboratorio de ciencias y excursiones. En Río Negro (Escuela 209, Comico, Línea Sur), con Club de Leones y Servicio Penitenciario, impulsan talleres de radio y plaza de juegos.“Ser solidario es cuestión de voluntad, el mejor tiempo invertido. Impagable el cariño de los alumnos; sus recibimientos, indescriptibles. Entramos en un mundo de tiempos distintos y amor inmenso. La brecha educativa no aislará a estos niños”, reflexiona Martín.¿Qué cosas fueron aprendiendo a lo largo de estos años?Tuvimos la suerte de entrar en un mundo nuevo, desconocido, donde no imaginábamos el aprendizaje emocional y mental que nos encontraríamos tan rápidamente. Aprendimos que los tiempos son diferentes, las necesidades son otras y el amor que tienen es inmenso.Somos transparentes. Todo lo que hacemos lo compartimos en las redes. Disfrutamos lo que hacemos. Nos hace bien. Somos el nexo entre el que quiere ayudar y el que necesita ayuda. En este caso, observamos que las escuelas rurales quedaron aisladas y los chicos y chicas no tienen por qué sufrir la brecha educacional que crece año tras año.¿Qué le dirían a la gente en relación a involucrarse con la solidaridad?Es una sensación que todos deberían experimentar. Simplemente, hay que ponerse en el lugar del otro, empatizar y pensar que cualquiera podría necesitar ayuda. En el país, vemos que somos muy altruistas, pero habría que mejorar el altruismo de lo que no vemos. Estamos en una etapa en la que las redes sociales cumplen un rol fundamental para la solidaridad y para cambiar la cabeza de la gente. Es momento de pensar a mediano y largo plazo si queremos mejorar a futuro.Este año, Verte Reír Federal celebra 10 años acompañando a más de 300 alumnos y alumnas de distintas provincias de nuestro país. De cara a 2026, tienen un objetivo muy concreto: acompañar y cubrir las necesidades básicas de la Escuela N.º 300, ubicada en Chamical, La Rioja, donde asisten 52 chicos y chicas.A lo largo del año van a llevar a cabo distintas campañas solidarias: alimentos, útiles, higiene personal, abrigo, Día de las infancias y Navidad. Además, como los caracteriza, trabajarán en conjunto con la comunidad en un proyecto socioeducativo que genere un impacto real y sostenible.“Diez años después, cierro los ojos y veo esas primeras sonrisas en Chaco, esos abrazos que nos cambiaron para siempre. Hoy, mirando a los 52 chicos de la Escuela 300 en Chamical, siento que cada lágrima de esfuerzo se transforma en esperanza viva. Juntos, hagamos que 2026 sea el año en que ningún niño rural se sienta solo”, cierra Sebastián. Navegación de entradasLas plantas y los incendios: por qué el bosque patagónico hoy se quema distinto Ángel de Brito contó que Facundo Arana estuvo al borde de la muerte tras el accidente de su hija