Valentino en la ópera, un figurinista de lujo
Valentino en la ópera, un figurinista de lujo

Hablaba por teléfono con mi amigo mexicano Arturo Chacón-Cruz, uno de los mejores tenores del mundo. Querido por el público argentino que en la temporada pasada celebró tanto la belleza vocal, la potencia y la pasión de su canto en la ópera Werther, como la gracia y la simpatía con que sorpresivamente, desde una butaca en el final de la platea, se unió a la sección de bises de Jonathan Tetelman. ¡Un frenesí el dúo de los tenores abriendo el Ciclo Aura en el Teatro Colón!

Me contaba Arturo sobre los ensayos de Tosca (a la que de paso le enviamos un Toi-Toi-Toi, como se desea la suerte en alemán) porque estrena esta noche, viernes 30, en Pamplona. Una reposición de la puesta creada por el regisseur argentino Mario Pontiggia para el Teatro Massimo de Palermo, una puesta célebre por su verosimilitud y opulencia, por la mirada clásica y la monumentalidad de sus decorados.

Pero, más que nada y a propósito de la reciente muerte de Valentino, le pregunté por el último trabajo del “Emperador de la moda”: el vestuario que diseñó para La Traviata en Roma bajo la dirección de Sofia Coppola — ¡vaya dupla si de lujo se habla! —, y la participación del propio Arturo en el rol de Alfredo. Privilegio merecido para quien canta como los dioses.

Sin embargo, la llamada del modisto más elegante del mundo, convocándola para dar vida a su proyecto desde la dirección escénica, la convenció al instante

La historia empezó con un Valentino deslumbrado ante el refinamiento y la exuberancia de Marie Antoinette, ese film desesperante de tanta belleza. Desesperante porque el ojo no da abasto en el placer visual de esa delicia escrita y dirigida por Sofia Coppola, de la que, no en vano “el emperador” se enamoró. Película que —voilà!— obtuvo el Oscar al mejor diseño de vestuario. Diez años pasaron desde aquel entonces hasta que, en 2016, en un come back sorprendente que lo llevó de las pasarelas a los escenarios de la lírica, Valentino volvió. Y lo hizo a lo grande, con un gesto de la moda hacia la ópera que se convirtió en el digno adiós a su arte y trayectoria.

La cineasta nunca se había imaginado dirigiendo una producción operística. Sin embargo, la llamada del modisto más elegante del mundo, convocándola para dar vida a su proyecto desde la dirección escénica, la convenció al instante. Y así fue. Un debut y una despedida, una mezcla del París de Dumas, de Verdi, de Hollywood y de Marie Antoinette. ¡Y del “Rosso-Valentino” por supuesto! que vistió a Violetta en la fiesta de Flora cuando la soprano, humillada, clama “¡Alfredo, Alfredo! Sabrás un día todo lo que te he amado”. La ópera se estrenó en Italia y luego en España con la presencia de la reina Sofia y una constelación de celebrities empezando por Francis Ford Coppola, Monica Bellucci y Keira Knightley, hasta Kim Kardashian y su esposo rapero.

Pero volviendo al género, Arturo Cruz relataba que, en ambas ocasiones, tanto en Roma como en Valencia, tuvo oportunidad de hablar con él, de colaborar y ser testigo de su genialidad, en el sentido de que nada escapaba a su conocimiento y buen gusto. “Durante los ensayos —recordó en nuestra charla—, se sentaba en la platea y tomaba notas no solo del vestuario, sino también de las luces, las posiciones, las coreografías, los movimientos…. Claro que Sofia era nuestra directora de escena, pero los consejos de Valentino redundaban en el brillo del espectáculo.” Y un par de anécdotas que compartió conmigo. Una, cuando posaban para las fotos de la producción y Valentino —devenido en un figurinista de lujo para la historia del vestuario escénico—, advirtió un rollito en la cintura del cantante. “¡Epa! —le dijo— ¡Cuidado por ahí!”. Arturo, acostumbrado a cuidar su figura y estampa, como un tenor, no como un modelo, pensó: ¿Será que lo dijo por la salud? No. No lo dijo por la salud. Lo dijo por la caída de sus trajes. “Entonces —hablando de trajes le preguntó— ¿podría quedarme con la bata y las pantuflas del segundo acto?”. A lo que, con esa expresión indolente entre divo y soñador eterno, Valentino le respondió: “Las piezas que llevan mi firma, Arturo, ya son parte de un museo”.